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Entraron al restaurante y la chica permanecía con la vista gacha. Una suave sonrisa creíble surcaba su rostro y su tía la guiaba por el lugar.
-Buenas noches. -saludó y Elizabeth subió la vista topándose con cinco jóvenes. Cinco chicos que eran conocidos mundialmente. Miró a su tía sorprendida y aterrada a la vez y esta hizo una mueca.
-Buenas noches.-saludaron ellos.
-Yo te conozco.-dijo William Crane, el de los ojos azules y los cabellos castaños sobre los ojos.-Sos la chica de esta tarde.
La joven apartó la mirada en un intento de ocultar que le había dolido.
-Elizabeth...-susurró Ruth pero la chica negó e intentó irse. Su tía la tomó del brazo deteniéndola.- Vamos, linda.
-¿Por qué trajiste a esta chica a la cena, mamá? -cuestionó William, molesto.
-Porque tengo algo que decirle a los dos.-la chica la miró atónita.- Tengo que irme un tiempo y no puedo llevarla. Es momento de que ustedes vuelvan a estar juntos.
-No. Me quedo en el club.-dijo ella.- O en la casa.
-Vendí la casa, Elizabeth.
-En mi cabaña. Tía, por favor.
-¿Tía? -preguntó William confundido.- ¿Elizabeth James? Mamá explícame que está pasando.
-Pasa que tenes que llevarte a tu prima porque no puedo llevarla conmigo.
Los otros cuatro integrantes de la banda los miraban en silencio. El pánico se apoderaba de ella.
-Me dijiste que ella no... que había muerto en el parto igual que la tía.
Y esas fueron las palabras que lograron que ella se desintegrara por completo y saliera corriendo del lugar sin pensarlo siquiera. No quería estar allí, no quería escuchar el por qué de su vida o de que su primo la ignorara por completo.
-Elizabeth. -susurró la mujer viendo como se alejaba y luego tomándose el rostro entre las manos.-William, necesito que lo intentes.
-¿No se te ocurrió decirme que ella estaba viva? Mamá no tiene sentido lo que hiciste.
-Si lo tiene. Porque ella no es como vos, William. Era preferible que no la conocieras, que nadie la conociera. No tiene la fuerza de soportar los rumores, los insultos. Es mas chica de lo que parece, es cariñosa y sensible. Y si no fuera absolutamente necesario, no le abriría las puertas de tu mundo.
-Hay que ir a buscarla.-dijo Harold, el de los cabellos por los hombros y los ojos esmeralda.
-No. Hay que dejarla sola. Ella siempre lo prefiere así. Le gusta estar sola.
-No voy a dejarla sola.-dijo William, furioso, y se fue por el lugar que se había ido ella.
Sin reparo alguno entró en el baño de mujeres y la vio apoyada contra una pared con sus ojos cerrados. La vio pequeña y frágil y se preguntó como es que jamás se había cuestionado el hecho de que en ese parto hayan muerto ambas.
-¿Estás bien?-preguntó. Ella no respondió. Intentó pasar por su lado pero él no se lo permitió.- Elizabeth no lo sabía. Yo no lo sabía.
-Por favor.-suplicó ella con un susurro.
-No.-le cortó.- No voy a dejarte sola. Sé que no sabemos nada el uno sobre el otro y que... yo no sabía que vos...-se detuvo al notar que sus palabras le hacían daño.- A lo que voy es a que quiero que vengas conmigo, quiero conocerte. Y no quiero, bajo ningún concepto, dejarte sola.
Ella clavó la vista en el suelo y él, luego de unos segundos de indecisión, la rodeó con sus brazos, dejándola reposar su cabeza en el pecho de él.
-¿Volvemos a la mesa?-preguntó él y ella no respondió.- Voy a sentarme al lado tuyo, no vas a estar sola.
-Está bien.-murmuró ella.
Él sonrió y le tomó la mano, saliendo del baño y llevándola hacia la mesa para seguir con esa cena incómoda en la que había metido a sus amigos.

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