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No puedo decir mucho sobre ella. Su nombre: Elizabeth. Su apellido: James. Su color favorito: azul. Su mayor deseo: conocer a sus ídolos. Su peor error: dejar que su sueño se volviera una realidad.

No era un misterio que Ten Eyes, la famosa banda británica, estaba en la ciudad. Lo que si era desconocido es que se encontraban en el club Nort Air esa tarde. ¿Quién podría haberlo imaginado? Nadie. Entonces, mientras las fanáticas permanecían por horas en la puerta de un hotel esperando una mínima señal de vida, ellos se encontraban en el área de la piscina, jugando y riendo.
Elizabeth enmudeció al verlos. Debía ser una broma. Sintió su piso moverse y luego no reconoció nada mas.
Toby Lowell, rubio de ojos celestes y estatura mediana, posó su mirada en ella y se acercó a ayudarla rápidamente. La chica del cabello castaño miraba el cielo en silencio, parecía perdida en la inmensidad de su mente.
-¿Estás bien?-preguntó tendiéndole su mano.
Ella negó y se levantó por su cuenta antes de salir corriendo lo mas lejos de la piscina que pudo. El rubio de los ojos celestes miró a sus amigos y estos se encogieron de hombros.
-¡Te odio!-gritó Elizabeth en un susurro y se tomó la cabeza entre las manos. Jamás había sentido tanta rabia en su vida. Nunca se había apoderado de ella tal desprecio por otro ser viviente. Acababan de arrebatarle la que, seguramente, sería su única posibilidad de conocer a sus ídolos, los integrantes de Ten Eyes.
Se dejó caer en una habitación al fondo del club, en una pequeña cabaña y abrazó la almohada con fuerza, como si eso fuera a aplacar su dolor de algún modo.

Cerca de las diez de la noche, su tía entró en el lugar y suspiró al encontrarla dormida allí. La joven de 16 años fue despertada suavemente por las cálidas manos de su tía, Ruth.
-Vení. Vamos a salir hoy. ¿Si? Quiero que te pongas un lindo vestido y vengas conmigo.
La chica se desperezo y la acompañó hasta la casa donde tomó un baño y se puso un vestido color crema sobre las rodillas. Dejó que su cabello cayera formando ondas en sus puntas.
-Te quiero. -susurró la mujer abrazándola por la espalda y besando su cabeza.
-Yo también te quiero, tía Ruth.
La mujer la miró orgullosa de la sencillez y la hermosura de su sobrina y sonrió. Le iba a costar despegarse de ella.

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