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Mientras los Dra'hi se enfrentaban a los soldados, el resto se dirigió a un desvalido Nathair, que refugiaron bajo unos árboles y a quien arroparon con capas con la intención de aplacar los temblores que sacudían su cuerpo.

—Nathair, al fin te encontramos —añadió Kirsten—. Hemos sabido que habías escapado del castillo y te seguían, Aileen estaba muy preocupada por ti.

—¿Ella está bien? Sé que sufristeis un ataque en la pagoda, además está, está...

—El traidor —terminó Niara—. Yo estuve con ella en todo momento y hemos estado bien. Se recuperó de sus heridas, aunque aún estaba débil para acompañarnos. Ahora debemos ocuparnos de ti.

Daksha se agachó frente al muchacho con odre en sus manos. Iba lleno de agua salada; desde que descubrieran la función de los engendros que se enroscaban alrededor del cuello y la manera de verse librados de ellos, habían añadido a sus pertenencias agua salada, por si se vieran en necesidad de usarlo.

Una vez Daksha vertió el agua sobre la gran oruga negra, esta dejó de morder la piel del Ser'hi y cayó al suelo, donde Lizard lo aplastó mientras su amigo se encargaba de la herida del chico.

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Entre tanto, Kun y Xin seguía enfrentándose a los hombres de Juraknar, de los que solo quedaban dos. Algunos, tras enfrentarse a ellos y resultar heridos, habían huido, siendo reprendidos por sus compañeros. Y en ese instante quedaban los más fieles a Juraknar, que también sabían que sería mejor morir a manos de los Dra'hi que del inmortal.

Kun y Xin estaban juntos, con las espadas desenfundadas, listos para el duelo final, cuando observaron algo extraño en sus enemigos. De la nada vieron sus gargantas segadas y la sangre comenzó a brotar a borbotones. Ambos cayeron al suelo y algo invisible comenzó a descuartizarlos, desmedrándolos, para al instante ser arrastrados a lo más profundo del bosque.

—¿Qué demonios ha pasado? —se preguntó Xin.

—¡No os mováis! —ordenó Lizard—. Aguardad en silencio y puede que salvemos el cuello.

Los Dra'hi obedecieron, sin dejar de mirar el reguero de sangre a poca distancia. Entonces observaron algo peculiar, pues unas huellas se marcaban en la nieve y caminaban hacia ellos, pero ninguno veía nada. Mientras Kun y Xin aguardaban, Lizard hurgaba nervioso en el interior de su zurrón, hasta encontrar una bolsa de un azul eléctrico que contenía unos polvos que en muchas ocasiones le habían salvado la vida. El lizman no sabía su procedencia, ni cómo se hacía, pero era tan útil como la pólvora. Solo debía lanzar la bolsa al suelo, la cual al entrar en contacto con la nieve, explosionaba. Tanto él como Daksha siempre iban cargados de esos carísimos artilugios cuando viajaban a Aquilia, pero no le hizo falta usarlo, pues sus misteriosos acechadores retrocedieron.

—Ya os hablaremos de qué son esas cosas y cómo os podéis defender de ellas —aclaró Lizard—. Ahora regresemos con los demás, hemos de alejarnos todo lo posible de núcleos boscosos cerrados.

Kun asintió y Xin hizo un mohín. De nuevo volvían a estar en manos de Lizard y Daksha y eso no le gustaba nada. Pero por el momento, debía comportarse, guardó sus pensamientos para sí y se reagruparon junto al Ser'hi.

—Nos hemos librado de ellos, aunque algo ha intervenido en la lucha —explicó Kun—. Aun así, podrían venir más. Algunos escaparon y no sabemos si irán a pedir refuerzos al inmortal, todos nos encontramos cansados del viaje y Nathair necesita descanso.

—Nos hemos librado de ellos, que es lo importante, pero debemos avanzar. Dar resguardo al Ser'hi mientras Lizard y yo inspeccionamos los alrededores —añadió Daksha—. A partir de ahora deberemos cuidar más por donde pisamos.

Hijos del dragón 3. UniónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora