La Silla

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Ellos, seres humanos, me miran con desconfianza, desprecio, pero sobre todo, con hipocresía, absurda y patética hipocresía... Ellos, seres humanos, han decidido husmear por toda la habitación... Pero, lo que ellos no saben, es que somos tal cual...

Vestidos de trajes blancos, con mascarillas en sus bocas y escobillas, acompañados de hombres vestidos de negro, caminan de cabo a rabo en este ambiente. Sus pasos me ponen ansiosa. Traquetean desde lo más profundo de mi ser. Mientras más se aproximan, más parece que sus pasos se profundizaran, como si retumbaran en un eco interminable hasta romper en mí, quebrándome en miles de astillas hasta hacerme pulverizar por completo.

‹‹¡Basta!››, quiero gritarles, pero ellos me ignoran. Siguen andando por todo el lugar, y el eco en mi interior que provocan no me quiere dar tregua alguna. Rechinan desde lo más profundo de la astilla con la que estoy hecha, hasta desgarrarme por completo y sentir que mi existencia siempre fue vana... indudablemente vana.

Siento que voy a estallar y ninguna de esas personas repara en mi desdicha. ¿Es que acaso ignoran la empatía? ¿Es que acaso al pasar desapercibida para ellos, no tengo derecho a tener una pequeña tregua? ¿O simplemente, porque no soy como los demás muebles de esta habitación, es que ningunean mi desgracia?

Sé que nací distinta al resto. Mi creador siempre lo decía. Él me fabricó con un esmero tal, en su extraño, pero perfecto taller de carpintería, que afirmaba que era una criatura única en el mundo. Y así quiso que tuviera esa idea. Sin embargo... sin embargo... eso no fue así. ¡Nunca lo fue!

Desde que vi el primer rayo del sol reposar sobre mi respaldar, en las pocas veces que mi creador abría las persianas de esta habitación, percibí que algo tan bello como sentir la vida sobre mí me estaba imposibilitado. Sólo las pocas veces, en las que mi dueño venía y se sentaba sobre mí, acariciando cariñosamente mi respaldar, podía experimentar algo de tranquilidad en mi pobre ser. Pero aquellos momentos eran tan efímeros, porque cuando algo como yo viene a este mundo, el sosiego y dicha les está totalmente vetado.

Y es que... siempre me sentí extraña... repulsiva... indeseable... y rechazada, ¡sobre todo rechazada! Y es que... es que... ¡nunca aprendí a aceptarme! ¡Nunca lo haría! Hoy menos que nunca.

Siempre experimenté asco por mí, por saberme hecha con algo que no debía venir a este mundo. Algo innatural, vejado, prohibido y pecaminoso. Porque yo nací del pecado, de la traición, pero sobre todo... ¡de la abominación!

Y hoy, cuando los demás muebles a mi alrededor me miran con petulancia y desprecio, el rechazo a mí misma se acentúa. El asco por cada una de las partículas que componen mi ser es de tal magnitud que desearía no existir... nunca haber existido. Peor aún, cuando los seres humanos han decidido escoger a aquellas otras sillas para descansar, mientras yo soy ninguneada, puedo experimentar cómo mi corazón se estruja.

La angustia se apodera de tal manera de mi ser, que el eco que se escucha debajo de mí es más profundo y constante. Porque yo los escucho a ellos... a los otros... Pero los seres humanos que me ven de reojo no lo saben. Y ese desconocimiento sólo provoca que mi ser caiga al mismísimo infierno. Porque si siguen ninguneándome como hasta ahora, permitirán que mi existencia, aquella abominable existencia continúe... y eso es algo que yo no puedo seguir permitiendo... ¡nunca más!

Cuando todos se retiran del lugar y parece ser que mis súplicas han sido en vano, uno de ellos, por fin, parece reparar en mi existir...

Él se sienta cómodamente sobre mí. Respira profundo. Acaricia amablemente el asiento y el respaldar. Con paciencia, toca lo que parece ser madera. A simple vista, pueda que me tenga cariño. ¿Quizá sea más amable que mi creador, aquel que dejó de visitarme días atrás? ¿Quién sabe?, pero... la sensación de melancolía desaparece rápidamente cuando aprecio que saca un cuchillo de su bolsillo. ¿Con qué intención?

De pronto, observo que comienza a desgarrar mi respaldar y mi asiento, provocándome un gran dolor en todas partes de mi ser.

‹‹¡Para!››, grito en mi interior. Pero mis chillidos son ahogados mudamente por el ruido que el comienzo de mi descuartizamiento provoca. ‹‹¡Detente!››, exclamo vanamente mientras una de mis patas es arrancada de mí. ‹‹Por favor... por favor, ¡detente!››, digo mis últimas palabras, antes de que las cuatro patas que me sostenían sean rotas en decenas de pedazos, para luego ser empujada a otro lado de la habitación y yacer muerta en vida...

A pesar de que este descuartizamiento me provoca un dolor sin igual, apretando cada una de las fibras que componen mi ser, la esperanza se cierne sobre mí...

¿Será que esto le pondrá fin a mi existencia? Pueda que sí. No obstante, cuando parece ser que el hombre terminará por descargar toda su furia en mí, uno de sus compañeros lo detiene, para luego ser ayudado por otro de ellos, quienes deciden desenterrar lo que mi pecaminosa figura escondía...

¿Por qué lo hace? ¿Por qué no permite que yo, un ser abominable construido a base de piel y de huesos de aquellas víctimas que mi creador asesinó, y que yacen enterradas debajo de mí, sea destruido por fin?

Porque como dije, entre ellos, los seres humanos que me rodean y yo, no hay mucha diferencia. Somo tal cual. Estamos hechos del mismo material orgánico, lleno de pecados y de anhelos muertos, que solo la codicia y locura humana pueden dar fin y nacimiento, en una cruel ironía del círculo infinito de lo que llaman muerte y vida.

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