Capítulo 1

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Narras tú:

  Todo el mundo sabe que soy perfecta. Mi vida es perfecta, la ropa que visto es perfecta e incluso mi familia es perfecta. Y me he dejado la piel en guardar apariencias y hacer que los demás lo crean así, aunque todo sea una farsa. Esta imagen de ensueño se desvanecería si saliese la verdad a la luz. Estoy en pie frente al espejo del cuarto de baño, mientras la música suena a todo volumen en los altavoces, y por tercera vez, tengo que borrar la raya torcida que he trazado en el parpado interior. Me tiemblan las manos, maldita sea. El comienzo del último curso del instituto y el rencuentro con mi novio después de un verano separados no son motivos para angustiarme de esta manera, pero hoy me he levantado con el pie izquierdo. Primero, el rizador de pelo ha empezado a echar humo antes de dejar de funcionar. Luego se me ha caído el botón de mi camisa favorita. Y ahora el lápiz de ojos parece haber cobrado vida. Si pudiera elegir, me quedaría en la cama todo el día, comiendo galletas de chocolate recién horneadas.

- ______ baja -grita mi madre desde el vestíbulo sin que apenas pueda oírla. Mi primer impulso es no hacerle caso, pero eso no me ha traído otra cosa que discusiones, dolores de cabeza y más gritos.
- Ahora mismo bajo -respondo, esperando que el lápiz de ojos me de tregua y pueda acabar por fin.
Tras conseguirlo, lanzo el lápiz de ojos al armario y compruebo mi aspecto en el espejo hasta tres veces. Acto seguido, apago el equipo de música y bajo corriendo al vestíbulo.
Mi madre me espera al final de nuestra espléndida escalera para estudiar mi atuendo. Me pongo recta. Lo sé. Lo sé. Tengo 18 años y no me tiene que importar lo que opine mi madre de mí, pero no saben lo que es vivir en casa de los Miori. Mi madre tiene ansiedad, y no es el tipo de ansiedad que se pueda controlar fácilmente con la ingesta de unas pastillas de color azul. Y cuando ella se estresa, todos los que estamos alrededor sufrimos las consecuencias. Creo que esa es la razón por la que mi padre se marcha a trabajar antes de que se despierte, para no tener que lidiar con... bueno con ella.
- Los pantalones son horribles, pero me encanta el cinturón -confiesa, señalando ambas prendas con el dedo índice-. Y ese ruido al que llamas música me estaba provocando jaqueca. Menos mal que la has apagado.
- Buenos días a ti también, mamá -respondo antes de bajar los últimos escalones y darle un beso en la mejilla.
El olor de su perfume es tan fuerte que me cuesta respirar cuando me acerco a ella. Lleva un vestido de Ralf Lauren de tenis que le hace parecer una ricachona. Pero, claro, nadie se atrevería a señalarla con el dedo y criticar su vestimenta.
- Te he comprado uno de esos bollos que tanto te gustan para tu primer día de instituto -añade tras mostrar la bolsa que escondía en la espalda.
- No gracias -contesto echando un vistazo a mi alrededor, buscando a mi hermana- ¿Donde está Shelley?
- En la cocina.
- ¿Ha llegado ya su nueva cuidadora?
- Se llama Baghda, y no, no llega hasta dentro de una hora.
- ¿Le has dicho que la lana le provoca picores? ¿Y qué le tirará del pelo en cuanto se despiste? -pregunto.
Mi hermana no soporta la sensación de la lana al contacto con la piel y suele hacérselo saber a los demás mediante pistas no verbales. Ahora le ha dado por tirar del pelo a los demás, y ya ha causado algún que otro desastre. Los desastres en mi casa son tan frecuentes como los accidentes de tráfico, así que es de vital importancia evitarlos.
- Sí y sí. Le he soltado un buen sermón a tu hermana esta mañana, _______. Si sigue dando guerra, llegara un día en que no haya cuidadoras dispuestas a encargarse de ella.
Me dirijo a la cocina. No me apetece escuchar a mi madre una y otra vez de los arrebatos de ira de Shelley. Mi hermana está sentada en la mesa, en su silla de ruedas, intentado comerse su comida triturada, porque aunque tenga 20 años, sus limitaciones físicas no le permiten masticar y tragar como el resto de la gente. Como de costumbre, se ha manchado de comida la barbilla, los labios y las mejillas.
- Oye Shelley -digo inclinándome hacia ella y limpiándole la cara con una servilleta.- Es mi primer día de clase. Deséame suerte.
Mi hermana extiende sus vacilantes brazos y me lanza una sonrisa ladeada. Me encanta cuando sonríe.
- ¿Quieres que te de un abrazo? -le pregunto, aunque conozco la respuesta de antemano.
El médico nos dice que cuanto más interactuemos con Shelley, mejor se sentirá.
Mi hermana asiente. La estrecho entre mis brazos procurando que no pueda alcanzarme el pelo con las manos. Cuando me incorporo, mi madre suelta un grito ahogado. Para mí, es como el silbato del árbitro que detiene el curso de mi vida.
- _______ no puedes ir al instituto así.
- ¿Así como?
- Mírate la camiseta -insiste negando con la cabeza y dejando sacar un suspiro de desesperación.
Bajo la mirada y veo una enorme mancha húmeda en mi camiseta de Calvin Klein. Ups. La baba de Shelley. Un simple vistazo a la fatigosa expresión en la cara de mi hermana me dice lo que no puede expresar con palabras.
- No pasa nada -digo, aunque en el fondo creo que ha arruinado mi aspecto perfecto.
Mi madre humedece una toallita de papel en el fregadero y frota la mancha a conciencia, con una expresión ceñuda. Me hace sentir como si tuviera 2 años.
- Sube a tu cuarto y cámbiate.
- Mamá, sólo es melocotón -digo andándome con pies de plomo para que mi respuesta no desencadene un autentico combate a gritos. Lo último que quiero es hacer que mi hermana se sienta peor.
- Es una mancha de melocotón. No querrás que la gente piense que descuidas tu aspecto.
- Bueno -cedo. Ojalá este fuera uno de los días buenos de mi madre, de esos en los que no me fastidia por tonterías.
Le doy un beso a mi hermana en la coronilla para asegurarme que no piense que me he enfadado con ella por mancharme de baba.
- Te veo después de clase -digo intentando mantener el entusiasmo matinal- Acabaremos nuestra partida de damas.
Subo los escalones de dos en dos. Cuando llego a mi habitación, miro el reloj .Oh no. Son las 7:30. Mi mejor amiga, Sierra, se va a poner como loca si llego tarde a recogerla.
Cojo una bufanda azul cielo del armario; estoy segura que me servirá. Si la coloco estratégicamente puede que nadie repare en la mancha.
Cuando bajo de nuevo la escalera, mi madre me espera en el vestíbulo para estudiar mi aspecto por segunda vez.
- Me encanta la bufanda.
¡¡¡¡Uf!!!!
Al pasar por su lado, me pone el bollo en la mano.
- Cómetelo por el camino.
Acepto el dulce. Mientras me acerco al coche, le hinco el diente sin mucho entusiasmo. Por desgracia, no es un bollo de arándanos, mi favorito. Es de plátano, pero está demasiado cocido. Me recuerda a mí, con aspecto exterior perfecto pero hecho papilla por dentro.

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