Capítulo I

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El sonido de las bombas resuena en mis oídos, puedo escuchar a la gente asustada corriendo por las calles e intentando huir de la destrucción, pero es imposible. Ante mi sólo tenía la imagen del asesinato de mi padre en la pantalla del monitor; esta vez, no sé cómo los mutantes encontraron el búnker, estaban golpeando la puerta buscando la manera de entrar a atraparme.

No sé como pero encontraron la manera de entrar, me pusieron los los brazos tras la espalda, yo estaba forcejeando pero era imposible escapar, me subieron a camión lleno de chicos de las edades que buscaban, miro alrededor buscando una cara familiar pero no había nadie. Cuando el camión se detuvo nos bajaron y nos colocaron bolsas en el rostro y a ciegas nos conducían a cada uno a un lugar desconocido, nos empujaban y nos golpeaban.

Cuando me quitaron la bolsa del rostro estaba en una especie de laboratorio, tenía mis extremidades atadas a una pared, volteo a mis costados, a mi izquierda había un niño de doce y a mi derecha una chica de veinte, y habían aún más personas atadas a esa enorme pared. Iban aplicando la inyección de uno por uno, cuando se la aplicaron a la chica a mi derecha dio unos gritos de dolor agonizante; la habitación estaba llena de gritos de dolor y se podían escuchar más gritos de las salas vecinas.

Cuando fue mi turno sentí como una enorme aguja se implantaba a través de mi piel y en lo más profundo de mi carne y un espeso y pesado líquido entraba en mi torrente sanguíneo, se sentía como ácido que atravesaba cada rincón de mi cuerpo, el dolor era agonizante, estaba gritando tanto que sentía que iba a vomitar sangre. Sentí esa metamorfósis, parecía eterno pero sólo fueron pocos minutos. Me desataron al igual que a todos los de la sala, estaba punto de desmayarme, iba caminando por un largo pasillo, no podía ni mover mis dedos, sólo me derrumbé, cuando desperté estaba en una cama de hospital, me paré de la cama, traía una bata de hospital, ya no sentía ningun dolor, caminé por la sala, a mi lado estaban en niño y la chica, estaban inconcientes al igual que todos los de la sala, ví un espejo al otro lado de la sala, camine lentamente hacia el espejo, examiné mi cuerpo, no tenía nada diferente más que mis brazos estaban más duros al igual que mis piernas y mi torso. Cuando levanté la mirada vi que mis ojos eran de color negro, el color más negro que jamás había visto. Ya era una de ellos, y al saberlo no pude evitar lanzar un grito de desesperación.

Despierto de golpe, todo había sido un sueño, más bien una pesadilla, desde que comenzó todo tengo esta pesadilla recurrentemente.

Suspiro aliviada y feliz de que la pesadilla haya terminado. Me pongo mi sudadera y observo el frio interior del búnker que se convirtió en mi hogar. Me pongo mis tenis y me levanto del duro y frio colchón para comer mi desayuno: unas pequeñas galletas de chocolate artificial que estaban en el búnker y una lechita de chocolate que tuve suerte de encontrar. Como siempre, después de desayunar me dirijo al nivel inferior del búnker en el cual esta el pequeño televisor y un sistema de radio que aprendí a dominar.

Me pongo los auriculares, activo el micrófono y salgo al aire:

—Hola, mi nombre es Leah Collins, estoy en un búnker bajo la tierra, si es que alguien escucha esto y necesita de comida y agua puede venir por lo que necesite. Si es que hay algún humano escuchando esto envíe una respuesta por favor, si es que alguien sabe de alguna base militar, si es que alguien sabe algo por favor responda, si es que no pueden venir denme sus coordenadas por favor, y se que estos son tiempos difíciles, pero nunca pierdan la esperanza.

Nunca recibía respuesta, después de enviar el mensaje sólo escuchaba estática, pero nunca perdía la esperanza, tal ves a algún día recibiría respuesta, hasta ahora no he recibido ninguna respuesta. Después de enviar el mensaje salía de nuevo a la superficie a buscar algo más de comida, agua y lo que necesito para sobrevivir.

Zona de GuerraDonde viven las historias. Descúbrelo ahora