Uno

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La imprenta, como oficio, es una mierda.

Papá lo hace ver bien con sus miles de cuentos acerca de las primeras fotocopiadoras o sobre lo extasiado que estaba cuando presionó el botón "imprimir" por primera vez a través de un ordenador. Pero yo sé que lo dice sólo porque siente muchísima lástima por sí mismo. Papá detesta su realidad. Odia que mamá lo haya dejado por ser un perdedor, odia que yo no lo respete por ser un perdedor. Odia haber nacido en Summit y a sus cuarenta y dos años, seguir en Summit. Odia el hecho de haber dejado la escuela en noveno grado porque su papá estaba convencido de que ya sabía todo lo que necesitaba saber para no ser un iletrado, y que el oficio de fotocopiador era mil veces más importante que las cosas que enseñaban en las universidades, porque ellos habían estado ahí desde que las primeras copias habían comenzado a realizarse. Lo cual es una farsa, porque dudo que esas máquinas lleven más de medio siglo en funcionamiento.

Papá es un infeliz, creo que está claro. Y yo temo convertirme en uno.

Tengo veintitrés años y logré estudiar un semestre de Ingeniería en Sonido antes de descubrir que no era tan genial como los sonidistas de las bandas de rock lo hacen parecer. Luego estudié Psicología, pero es una absoluta mierda y no soporté más de un semestre ahí. Y luego otro semestre de Enfermería, también lo dejé. Seguido a eso vino un año libre para ordenar mis ideas y reevaluar mi futuro. Hasta ahora llevo dos años libres... y sigo sin tener absolutamente nada claro. Sólo sé que no quiero convertirme en mi padre, pero es difícil no mimetizarme con él cuando paso absolutamente todo el día con él. E incluso de noche. Sus malditos ronquidos superan con creces el grosor de las paredes de nuestro hogar. Mi padre siempre tiene rostro melancólico y se expresa con cortés indiferencia para con todo el mundo. Escucha conversaciones de las que luego no puede recordar ni una sola palabra, y no puede comer nada que contenga mucha sal por culpa de sus cálculos a la vesícula. Su cabello está comenzando a caerse, sus arrugas son profundas y tiene pie de atleta. Pero es un buen tipo.

Yo en cambio soy... siempre me he considerado un poco idiota. Estoy seguro de que si mamá no se hubiese marchado cuando niño, me habría llevado correctamente a los controles médicos y habrían descubierto un buen par de anomalías en mí. Pero he ido al doctor como dos veces en mi vida, y por tanto no tengo idea. En internet me identifiqué bastante con el Trastorno del Déficit Atencional, algo que aclararía bastante bien el por qué abandoné tres carreras luego del primer semestre. Quiero decir, culpar a un diagnóstico es mil veces mejor que culparme a mí mismo. Por otro lado, soy inmaduro. Soy un adulto con alma de niño, aunque no soy tan adulto, ni tan grande. En la adolescencia logré alcanzar el metro con sesenta y pocos centímetros, y ahí me quedé estancado. Siempre flacucho, siempre pálido, ojeroso y enfermizo, siempre el más bajito de todos. Siempre insignificante.

Llegando aquí, mis múltiples perforaciones y tatuajes tienen lugar. También incluso el pequeño mohicano sobre mi natural castaño oscuro, con esas mechas rubias que cuando tengo el cabello despeinado me hace lucir como uno de los Back Street Boys se justifican con ese último punto. Pero son puras patrañas. La perforación del labio es porque se siente genial jugar con ella cuando estoy aburrido, la de la nariz es porque me agrada como luce, la dilatación de la oreja derecha es por... porque me agrada. Lo mismo con los tatuajes. Hasta el momento he conseguido cinco, pero espero hacerme más. Uno en mi cuello por mi signo zodiacal, otro en la parte superior de mi espalda por Halloween, también por el día de mi cumpleaños, otro en uno de mis antebrazos y creo que no necesito explicar por qué rayos tengo tatuado a Frankenstein. Otro en una de mis piernas, sólo debo decir una palabra: Misfits. El otro es la pequeña ancla tatuada unos centímetros sobre Frankenstein, bastante significativo si piensas en mi actual situación.

platonic ・ frerard¡Lee esta historia GRATIS!