La gloria de tenerte cerca, vale más que cualquier dolor, y aunque mi corazón se desgaste, me envuelvo en el orgullo de este amor.
Azrael
Los minutos se habían convertido en una eternidad tallada en ansiedad. Sabía que pronto partiríamos hacia el infierno, guiados por el hijo de Adán, ese nuevo ángel exterminador cuyo propósito me importaba tan poco como el polvo de estrellas muertas. Lo había dejado todo por esto. Por este día.
Finalmente volvería a verlo. Finalmente estaría frente a él. Aunque la idea de ir, de presentarme ante los Dos Reyes, hacía que mi corazón-ese órgano inútil y persistente-se contrajera como un puño. Porque tendría que verlo. A Lucifer. Junto a Zazel. Mi mente, traidora, ya pintaba la escena: él, el Portador de Luz, reprochándome cada error con una sonrisa de ácido, tomando la mano de mi amor en la suya, o quizás, con una crueldad casual, besaría los labios que por derecho son míos. Sabía que lo haría. Sabía que cada gesto de su amor por Zazel se convertiría en una daga girando en las entrañas de mi esperanza.
Y aun así, quería ir. Necesitaba ir. Porque en mi pecho, bajo las capas de dolor y tristesa infinita se escondía la insistente y ardiente pizca de fe diminuta y terca, una pizca de que tal vez al verme, Zazel me reconociera, haría que todo esto valiera la pena. Si por un momento él me recordara y me viera allí frente a él, con el mismo amor con el que me conoció, él desearía volver, dejaría a Lucifer, y entonces yo lucharía contra Padre. No me arrepentiría ni dudaría, como lo hice la última vez. No habría duda en nada de lo que podría hacer, y no me rendiría tan fácil. No dejaría que poseyera el cobarde de la última vez. Nunca jamas
No como hace ocho años.
Hace ocho largos años, Lucifer pidió un alma pura del cielo -mejor dicho, quería a Zazel- Su petición estaba envuelta en poesía venenosa: pedía un alma pura del cielo, alguien que aplicara la voluntad divina, un redentor que purificara a los perdidos para que ascendieran. Todos sabíamos que era una mentira. Dios lo sabía. Yo lo sabía. Todo el maldito, hipócrita cielo lo sabía. Pero ¿Quién puede negarle algo al hijo predilecto, caído o no?
Claro. Claro que no quería la rendición. Lucifer nunca rinde. No es su naturaleza. Rendirse implicaría aceptar un límite, reconocer una autoridad por encima de su propio deseo. Y él, el primer serafín, el hijo de la luz propia, el pecado de su mismo orgullo, no conoce ese verbo.
No quería la rendición de Zazel. Él quería lo que yo tanto protegía y amaba. Como siempre lo ha hecho. Es el patrón inmutable de su existencia: ver algo brillante, puro o amado en las manos de otro, y decide que debe ser suyo. Porque si algo brilla, esa luz debe iluminarlo solo a él. Si algo es valioso, debe adornar su corona. Si alguien es amado... ese amor debe ser su trofeo supremo.
Él no comparte. El es un maldito envidioso donde todo lo que ve y desea es suyo sin titubear.
Así deseó a Zazel. No con la pasión desesperada que nace del verdadero amor, sino con la avaricia fría del coleccionista que ve la pieza central de su vitrina en poder de otro. Yo era ese "otro". Y para Lucifer, los "otros" no tenemos derecho a nada. Solo somos obstáculos temporales en el camino de su apetito.
Y no se rindió. Por supuesto que no. Acechó. Tejió su mentira de redención ante el trono de Padre. Ofreció monedas de almas y promesas falsas. Jugó con la culpa divina y la nostalgia de su propia caída. Fingió un propósito noble para ocultar el robo más visceral.
Hasta que lo tuvo.
Esas cuatro palabras resumen toda su eternidad. No importa el costo, la traición, el dolor que deje a su paso. Lo único que importa es el momento final en que cierra la mano y siente, bajo su posesión, lo que una vez le perteneció a otro.
