«Lo siento» es la enredadera silenciosa que crece en la pared del pecho, sus hojas negras ahogando el latido, sus raíces convirtiendo en piedra el aliento.
Alastor Morningstar
Los días siguientes he estado sintiendo un extraño vacío, como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada en ese mes.
Hubo cosas que pasaron, sensaciones que aún me quemaban en la piel, pero no las recuerdo a la perfección. Solo eran destellos confusos, jadeos en la oscuridad y el peso constante de un cuerpo sobre el mío.
Cuando abrí los ojos y vi a Lucifer encima de mí, la confusión fue absoluta. No lo entendí hasta que, con una voz ronca por el sueño y algo más, murmuró que mi celo, al parecer, se había alargado. Lo cual era profundamente extraño, antinatural. Nunca, en todos nuestros años juntos, había pasado de tres días. Pero esta vez, dijo, fueron casi treinta. Treinta días donde no estuve en mis cinco sentidos, donde mi consciencia se esfumó y solo quedó el instinto, un animal atrapado en nuestra cama.
Al lograr despertar como es debido, con la mente mía otra vez, aunque hecha añicos, me di cuenta de cómo Lucifer me sujetaba. Su brazo, pesado como una losa, me ceñía a mi cintura con una fuerza posesiva que estoy seguro dejaría un moretón con la forma de sus dedos. Intenté moverme y un dolor sordo, profundo, recorrió cada músculo.
No tenía fuerza alguna en los brazos, y mis piernas parecían de trapo, incapaces de sostenerme. Una languidez pesada, empapada de algo que no era solo cansancio, me anclaba al colchón. La pregunta se enredó entre mis pensamientos turbios: ¿acaso todo este tiempo lo hicimos? ¿Fue solo eso? Y luego, un resignado y amargo ¿Qué más podríamos hacer, si estoy en medio de mi ciclo? La biología es como una jaula de la que ni siquiera yo, con lo que soy, podía escapar.
Él dormía con una calma irritante, plácido, su respiración era un ritmo pausado que contrastaba con el caos dentro de mí. Mientras yo estaba molido, hecho polvo en cada rincón de mi cuerpo, él parecía en paz. Aun así, al observar su cuerpo a la tenue luz que se filtraba por las cortinas, vi el precio. Su pálida piel era un mapa de nuestra ferocidad: arañazos cruzados como garabatos de desesperación, semicírculos violáceos de mordidas profundas, y chupetones que manchaban su cuello y pecho con un morado intenso. Un examen rápido a mi propia piel, al levantar la sábana con torpeza, confirmó que mi cuerpo estaba al mismo nivel, o peor.
Dolía en lugares que ni sabía que podían doler. Una certeza incómoda, casi aterradora, se instaló en mi estómago: de verdad, no me sorprendería si en este momento me hiciera una prueba de embarazo y saliera positiva. La idea era un cable de frío que me recorría la espina dorsal.
Con un esfuerzo sobrehumano, logré deslizarme de su agarre. Fue un movimiento patético, más un arrastrarse lento y dolorido que un caminar. Salí de la cama, apoyándome en la pared, y me dirigí al baño. La puerta, para mi sorpresa, estaba rota, colgando torcida de una bisagra. No tuve que esforzarme para abrirla, pero la visión me detuvo. ¿Cómo mierda se rompió la puerta? ¿La empujamos, la derribamos...? ¿Tan intenso, tan ciego, tan fuera de control estuvo todo? El interior no ofrecía más consuelo.
Junto a los fragmentos de madera, pedazos de vidrio decoraban el piso negro como estrellas rotas. Y flotando en el aire, mezclado con el olor a productos de baño, persistía un aroma metálico y dulzón, a durazno podrido y cobre. El olor me golpeó, desencadenando una jaqueca punzante que me hizo entrecerrar los ojos con fuerza.
Con la poca fuerza que me quedaba, y moviéndome como un autómata, limpié el desorden. Un susurro de poder, casi un reflejo, y la puerta se reconstituyó, la madera enderezándose y las bisagras cerrándose con un clic suave. Pero mi mirada cayó sobre los trozos de vidrio esparcidos, los restos de una botella que probablemente es perfume. Ordené, concentré mi voluntad en que se reensamblara. Nada. Los fragmentos permanecieron inertes, opacos, muertos en mi mano. Un fallo minúsculo, pero que resonó como un grito en el silencio de mi mente.
