Capítulo 26.

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Se quedó paralizada por un tiempo indefinido, hasta que Jimena volvió a tocar la puerta.

—¡¿Deborah?!

Se llevó las manos a la cabeza, indecisa. Un siseo en el pasillo de las habitaciones la hizo girar en redondo. Allan tenía medio cuerpo asomado y la hostigaba con señas para que abriera de una vez la puerta.

Ella se acercó, nerviosa, pero antes de abrir, cerró los ojos y respiró hondo.

—Vaya, pensé que no estabas —le dijo Jimena al verla. La mujer alzó las cejas y la detalló de pies a cabeza. Debby recordó que llevaba puesta la ropa de Allan.

—Hola... ¿Qué..., qué haces aquí? —balbuceó. Su amiga la miró con dureza, luego pasó por su lado y entró a la casa contoneando su delgada y curvilínea anatomía, enfundada en un vestido gris que se le ceñía al cuerpo. La cabellera larga y castaña la batía con cada paso. La mujer observó la cabaña como si buscara algo.

—Quedé preocupada después de nuestra conversación de anoche.

Debby estaba desconcertada. Con dificultad recordó la conversación telefónica, que había sido interrumpida por el ave que intentó entrar al baño. Se mordió los labios, enfadada consigo misma, había gritado el nombre de Zack al huir y sin haber apagado el teléfono.

—Estoy bien. No tenías que haber venido.

Jimena se giró hacia ella y volvió a repasarla de pies a cabeza.

—¿Y esa ropa? —Debby no supo qué responder. Lanzó una mirada de angustia al pasillo de las habitaciones mientras elucubraba una justificación—. Es de Brian, ¿cierto?

Amplió los ojos, no esperaba utilizar esa excusa tan barata como coartada, pero debía valerse de cualquier cosa para ocultar la presencia de Allan en la cabaña. Bajó la cabeza para asentir. Jimena suspiró con pesadez y se dirigió a la cocina para dejar sobre la encimera la cartera en forma de sobre que tenía en la mano.

—Lo sabía. Estás obsesionada con él —dijo mientras echaba una mirada al pasillo de las habitaciones.

—Es mi esposo... lo... amo —expresó con palabras forzadas. Jimena se giró hacia ella y apoyó las manos en las caderas.

—Dijiste que no harías nada. Que estabas cansada de luchar contra la corriente —reprochó.

—Anoche, lo pensé mejor.

—No deberías. Por tu seguridad lo mejor es que dejes eso así.

Debby decidió meterse de lleno en su papel. Ese tema podía ayudarla a que Jimena creyera que ella aún estaba afectada por la separación y necesitaba más tiempo en soledad. Tenía que sacarla cuanto antes de la casa.

—No puedo. Lo amo. Es mi derecho luchar por él.

El rostro de la mujer se llenó de ira, se acercó a Debby con pasos lentos y decididos al tiempo que la fulminaba con su mirada.

—Si lo haces, será peor para ti.

Debby se sorprendió ante las palabras amenazadoras de su amiga. Abrió la boca para reclamarle, pero un fuerte sonido la silenció. Jimena pegó un grito y se giro para mirar con terror el cuadro que había caído al suelo. Era el que estaba sobre la chimenea.

—Maldita sea —expresó. Tomó su cartera y salió de la cabaña.

Debby quedó por un momento atontada. Luego la siguió. La mujer se apresuraba por llegar a su auto y marcharse.

—¿Te vas?

—En esta maldita casa siempre pasan estas cosas. —Jimena abrió la puerta y lanzó la cartera al asiento del copiloto, pero antes de entrar, si giró hacia Debby sin apartar su mirada temerosa de la cabaña—. ¿Cómo has podido vivir aquí?

—Es... la primera vez que pasa —le mintió. Observó con el ceño fruncido cómo su amiga se estremecía—. ¿Habías estado aquí antes?

Jimena sonrió sin ganas, pero pareció calmarse. Levantó el mentón antes de responder.

—Sí. Vine un par de veces, cuando vivía Allan Kerrigan.

Debby se sobresaltó, sin embargo, supo disimularlo.

—¿Allan?

—El hijo de los Kerrigan que murió hace dos años. Fuimos amantes. —La noticia le cayó a Debby como un balde de agua fría—. Era un hombre divino. Hacía el amor como nadie.

El estómago se le revolvió. Cruzó los brazos en el pecho e hizo un esfuerzo por no reflejar ningún tipo de emoción.

—¿Por qué te pones así? La única puritana aquí eres tú, que se empeña por salvar un matrimonio falso en vez de buscar otro hombre que te quiera de verdad.

Aquellas palabras amargas le perforaron el alma a Debby. Retrocedió un paso y trató de mantenerse firme mientras Jimena se regodeaba en sus recuerdos.

—Lamente su muerte. Era un hombre romántico y detallista, pero un cobarde. Al menos, me hizo pasar buenos momentos en la cama.

La rabia enloquecía a Debby y le volvía la sangre más líquida de lo normal.

—Olvídate de Brian. —La orden de su amiga la regresó a la realidad—. Hablo enserio, esta situación tiene que llegar a su fin —dijo Jimena con una mirada desafiante clavada en ella.

—Lo intentaré, pero no te garantizo nada.

Jimena se subió a su auto sin apartar la vista de ella. Debby la vio marcharse con la mandíbula apretada. Cuando estuvo lejos, entró a la cabaña como un vendaval. Con la mente nublada por la furia.

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora