Me diste tu apellido por ley, pero fue tu voluntad la que me enseñó a llevarlo con orgullo.
Lázaro Hartfelt
— A partir de ahora, muchacho, tu nombre será Lázaro Harfelt —confirmó el gran señor de traje rojo, mirándome con una sonrisa de complicidad y una compasión en los ojos muy diferente a como lo pintaban los rumores.
El demonio tomó mi mano, mientras con la otra sostenía el documento de mi adopción. Antes de salir, se volvió hacia mí, sonrió, y se agachó para quedar a mi altura. Dejé de mirarlo desde abajo y, por primera vez, lo vi como a un igual. Deslizó sus dedos puntiagudos hacia mi cabello negro para luego acariciar, si puede decirse, los bordes de mis ojos dorados, rozando las pequeñas plumas que empezaban a crecer de forma acelerada. Soltó una risa divertida antes de levantarse y desordenar el cabello que él mismo había peinado unos momentos antes.
— Será mejor que guardes tus alas, querido... —susurró. Inmediatamente, las escondí bajo la capa que me había colocado antes de salir de la oficina de Satanás.
Caminamos con pasos lentos pero firmes, adaptándose a mi ritmo, mientras los curiosos nos observaban con intriga. Él los ignoraba por completo, manteniendo su sonrisa imperturbable. Al llegar a la salida, nos encontramos con unas puertas dobles decoradas con la imagen de un árbol sin hojas y perillas doradas que brillaban con intensidad, una decoración lujosa y sobrecargada.
Miró la puerta y tomó una gran bocanada de aire, apretando su agarre en mi mano.
— A partir de ahora, estás bajo mi cuidado... ¿está bien? Nadie se atreverá a hacerte daño, te lo prometo.
Lo que siguió fue un estallido de luces blancas que cegaron el dorado de mis pupilas. Alarmado, me escondí detrás de la gran figura de mi "padre". Él rio por lo bajo y puso su mano sobre mi cabeza, acariciándome suavemente. El gesto me calmó lo suficiente como para asomarme de nuevo, solo para encontrar una multitud que nos rodeaba. Él permanecía sereno, pero yo me sentía como un pájaro al que le hubieran atado las alas para ponerlo en exhibición.
— Esta es una decisión tomada por mí, Alastor Harfelt, el Demonio de la Radio. Yo decido a quién integrar en mi árbol genealógico —declaró con firmeza, cuando un demonio entre la multitud le preguntó por la opinión de su "alteza", el rey del infierno, respecto a mi adopción. Yo no lo entendía... ¿qué tenía que ver el rey con todo esto? — Si me disculpan, debemos retirarnos —concluyó, alzándome entre sus brazos.
De inmediato, un humo rojo nos envolvió y, de repente, estábamos en una sala de color crema, con muebles rojos y pinturas de trazos confusos. El señor Harfelt me bajó al suelo y colocó sus manos sobre mis hombros. Al mirar hacia adelante, distinguí la figura borrosa de alguien que bajaba las escaleras con elegancia y autoridad.
— Así que al final... lo hiciste —dijo el hombre de ojos rojos, visiblemente molesto—. Me desafiaste de nuevo.
Sentí que las manos del señor Harfelt se tensaban en mis hombros, pero, de algún modo, esa presión me transmitía protección.
— Creí haberte dicho que tú no tomas decisiones por mí. Yo elijo a quién tener a mi lado, Lucifer, y que seas mi prometido no interfiere en mis elecciones como persona independiente.
El otro se detuvo en seco. Después de un silencio cargado, el señor Harfelt volvió a hablar, esta vez con un tono más dulce, casi inquisitivo.
— Le debo un favor a su familia. Después de su muerte, no podía dejarlo solo... sería traicionar mi propia voluntad.
El señor de las escaleras giró para subir de nuevo, pero Alastor soltó un resoplido frustrado y cansado. Sin embargo, recuperó la mirada cuando el otro hombre habló nuevamente, justo antes de perderse en los largos pasillos de aquel "hogar".
