Creí haber enterrado del pasado, pero solo había aprendido a desenterrarlo.
Lucifer Morningstar
Como si esas noches en las que sostuve con pasión a Alastor hubieran sido una brisa ligera ante el calor de un momento, me vi acostado a su lado, ahora en la cama matrimonial que nos había acompañado durante estos once años de casados.
Alastor respiraba calmado, sin regulaciones, simplemente acostado sobre mi brazo mientras sus delgadas manos reposaban en mi pecho y sus piernas se envolvían en las mías. Era una posición grandiosa.
Él yacía tranquilo ante todo, como si hace unos días no hubiéramos pasado por un infierno más infernal que nuestro propio reino.
No supe cómo, ni en qué pensamiento, decidí alejarme de él. No porque quisiera, sino por necesidad; la necesidad de lidiar con lo que me ha estado atormentando desde hace varios días.
La razón por la que —espero que no sea así— se desmayó, por la que perdió y seguía perdiendo a cada uno de nuestros hijos. Recobré el sentido en el momento en que lo vi soltar un quejido, buscándome con las palmas de sus manos en la cama, palpando cada lugar tratando de encontrarme cerca de él.
—Puedes volver a dormir —llamé. Él se levantó risueño, parpadeando una y otra vez, acostumbrándose a la luz—. Tengo trabajo, regresaré enseguida...
Me miró por un momento y asintió, deprimido. Me acerqué a él, tomé sus mejillas y lo acurruqué en el calor de mis manos. Pareció gustarle el acto, ya que se acomodó en ellas, placentero. Me agaché a la altura de su frente para darle un beso y luego probar sus labios, que rápidamente cedieron a algo más.
—Basta... —dije entre risas, mientras él mordía mi labio, reacio a soltarme—. Debo irme, querido.
—¿Por qué? —respondió con un puchero adorable—. Puedes hacer el trabajo después... No te vayas.
Sus palabras chocaron en mi corazón. Estaba decidido a entrar de nuevo a la cama, a su lado, pero me detuvo el golpe de una de mis barreras alrededor de la casa, recordándome por qué me estoy alejando de él.
—Debo hacerlo, querido —mis palabras lo hicieron estremecer, al borde del llanto—. Pero regresaré... lo más pronto posible.
Esperé una respuesta vocal, pero él solo suspiró, tomó mis manos y, cerrando los ojos con fuerza, apartó mi cercanía de su rostro para acostarse dándome la espalda.
—Está bien... —murmuró con la voz quebrada, tratando de mostrar indiferencia.
—Alastor... —volví a llamar, acercando mi mano a su cuerpo cubierto por la manta, pero antes de siquiera tocarlo, otra punzada estimuló la barrera.
Apreté los puños, harto de esta situación. Cerré los ojos con tanta fuerza que el tacto de Alastor tuvo que despertarme. Me miró con una sonrisa tranquilizadora, como si supiera lo que pasaba y aún así me apoyara, pero yo sabía bien que no era así.
—Ve, amor.
—Querido —lo volví a llamar. Él me depositó un beso en los labios con un amor infinito.
—Si es tan importante ese "trabajo", no puedo detenerte... —desvió su mirada, dándome un poco de consuelo, y se alejó de mí—. Estaré aquí... esperándote.
