CAPITULO I

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Estancia Arrollo Seco, Sierras de Cordoba. Enero de 1961.

Apostada en la loma que dominaba el maizal, Francesca penso:《siempre amare este lugar, aunque pasen años, aunque nunca mas pueda verlo》. Bajo corriendo y, por la alameda, tomo el camino que conducia al casco de la estancia. 《¿Y por que no he de volver a verlo?》, se pregunto.
Reconocio de lejos al señor Esteban Martinez Olazabal, que, montaba en su alazan, impartian ordenes a don Civico, el capataz. No se oculto del patron y continuo caminando; le tenia aprecio, siempre habia sido bueno con ella.
-¡Eh, Francesca! -se sorprendio Martinez Olazabal-. No te esperabamos hasta el sabado.

-Buenas tardes, señor. Buenas tarde, don Civico.

-Niña -respondio el hombre, y se quito la boina.

-Los planes eran q llegara el sabado -retomo Francesca-, pero mi tio Alfredo me dio permiso y pude volver hoy.

-!Ese Alfredo si que te hace trabajar! -comento Esteban, risueño.

-Me gusta mi trabajo, señor -aseguro Francesca, y la respuesta complacio a Martinez Olazabal, que le palmeo la mejilla.

-¿Como andan las cosas por Cordoba?

-Todo bien, señor. No hay ninguna novedad en la casa; excepto Onofrio, que...

-¿Que le paso?

-Por fortuna, nada grave, señor. Mientras arreglaba las pizarras sueltas del techo, resbalo y...

-¡Dios mio! ¡Se cayo!

-No, señor, pero, al aferrarse a la cornisa, se lastimo la muñeca y hubo que enyesarsela.

Martinez Olazabal saludo con premura y espoleo el cabello, que se perdio en direccion al casco.

-¡A la perinola, que te me has puesto mas guapa! -exclamo Civico, despues de saber lejos al patron.

Francesca le dedico una sonrisa antes de arrojarse a los brazos del hombre que queria como a un abuelo.

-Ya contamos los dias con la Jacinta, para que llegara rl sabado,digo. La niña Sofia -explico Civico, refiriendose a la menor de don Esteban- nos mando avisar que venias ese dia. ¡Cosa buena que te hayas aparecido antes!

Se encaminaron a la casa de don Civico, que, pese a la remozada de años atras, con materiales seguros y de calidad, no habia podido sacarse el mote de 《rancho》. Blanqeada a la cal y tejas española, envuelta en un eterno caos de gallinas, perros y cosas viejas arrumbadas, constituia para Francesca unos de los recuerdos mas gratos de su infancia. Entraron, apartando el trapo que servia para mantener en raya a los insectos, y ensequida los envolvio el aroma a pella caliente y a tortas fritas. Jacinta, la mujer de Civico, arrojo los pedazos de masa a la olla con grasa hirviendo y canturreana en voz baja.

-¡Dignate a mirar, mujer! -le pidio el hombre.

-¿Pa'que? ¿Pa've a un fulero como vo'?

-¡No, que va! -repuso el capataz -. Mira a quien te traigo.

Jacinta, con las manos llenas de amasijo y la frente manchada de harina, se dio vuelta finhiendo un disgusto que se de esfumo nada mas ver a Francesca en medio de la pieza. Apenas atino a limpiarse con el repasador antes de abrazarla y llenarla de elogios. Se sentaron a la mesa; el mate cimarron, como le gustaba a Civico, comenzo la primera vuelta, mientras que las tortas fritas desaparecian del plato.

-Contanos, Panchita, que es de tu vida -inquirio Jacinta.

-Nada nuevo. Sigo trabajando en el diario, con mi tio fredo. Me prometio que este año va a darme una columna.

-¿Una que?

-Me va a dejar escribir algo y publicarlo.

-¡Miramela vos, che Jacinta! ¡Si se nos va a hacer importante la mocosa!

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