Lauren subió las escaleras detrás de la chica pelirroja.

Nunca había subido, éste no era su piso y no podía estar allí.

Llegaron al segundo piso y la chica de pecas le indicó la puerta a la cual debían entrar.

Pero Lauren notó algo raro en su rostro.
Ese algo también lo había tenido ella, sus primeras veces en éste lugar.

Es dolor, sufrimiento, asco, impotencia, tristeza, seriedad y miedo. Todo junto.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Sí —fingió ella.

—¿Eres nueva, verdad?

—Sí, uhm... vine hace una semana —dijo tratando de retener las lágrimas dentro de sus ojos.

Lauren la abrazó.

—Saldremos de ésta —prometió sin creerlo realmente.

La pelirroja se abrazó a su torso y lloró.

Ambas reforzaron el abrazo.

Pero un ruido del otro lado de la puerta las interrumpió.

Se separaron, limpiaron sus lágrimas lo mejor que pudieron y entraron.

Allí las esperaba ese hombre que habían visto hace quince minutos abajo.
Tenía aproximadamente 30 años, la piel bronceada y los ojos azules.

—Vengan, chicas —les indicó con una sonrisa demasiado grande y falsa—. No muerdo.

Ellas se acercaron.

A su alrededor habían juguetes sexuales y objetos sadomasoquistas.

Supuso que ése era el cuarto del infierno del que había escuchado hablar.

Lauren tembló al observarlos.

Al darse la vuelta, su colorada compañera estaba siendo manoseada por ese señor.

Sintió impotencia al no poder ayudarla.

La desvistió y ella hizo lo mismo con su ropa.

El "hombre" sacó sogas y amarró los brazos de la pelirroja a un costado de la gran cama que tenía ese lugar.

Fue hacia Lauren y la colocó al lado de ella, sin atarla todavía.

Lo siguiente que el señor con la otra chica fue ponerle más sogas al punto de quedar completamente inmóvil.

Las sogas que ataban sus piernas estaban demasiado ajustadas.

El cliente sacó de su bolsa una vela y un encendedor. Lauren comprendió lo que iba a hacer.

Esperando que se caliente, aprovechó para desvestirse.

Al calentarse la vela blanca y comenzar a desprender cera, él la acercó al cuerpo de su compañera y dejó caer unas gotas sobre su pezón derecho.

La chica gimió de dolor. Lauren se tapó la boca.

Siguió con eso en el otro seno.

Lágrimas salieron de los ojos verdes grisáceos de la pecosa. El tipo le dio una fuerte bofetada en su mejilla.

—¡Deja de llorar! Bien que te gusta...

—¡NO, NO! —respondió inquieta—. ¡NO ME GUSTA, CERDO ASQUEROSO! ¡DEJAME! ¡NO, NO, NO!

Esas palabras, salvo la de "cerdo asqueroso", le recordaban bastante a la chica del sótano. ¿Y si era ella?, aunque su voz no se escuchaba igual.

La colorada recibió un puñetazo.

Ella hizo lo posible por desatarse y responder. Pero si lo hacía... ella no sabía lo que le esperaba.

En un intento para tranquilizarla, Lauren la besó.

Al terminar la sesión, Lauren se encontraba en su cama.

Estaba llena de moretones y sangre. En su piel había marcas de que una soga la habría atado fuertemente en sus tobillos y muñecas. También arriba de sus senos.

Tenía sangre en la frente y sentía como si la hubiera atropellado un camión que venía a 120 kilómetros por hora.

Y se lamentó de que ese camión no la matara.

Tras el ducto de ventilación, se encontraba Camila en su cama, despertando.

Estaba desorientada, no tenía ni la más mínima idea de lo que había sucedido.

—Ma-mi... —llamó con dificultad mientras tocaba su cabeza.

—Camila, tranqu...

—¡¿Qué es esto?! —interrumpió al ver su brazo con algo blanco y duro.

—Es un yeso, Cami. Tu brazo se portó mal, y se lo tuve que poner.

No entendía a lo que se refería con "portarse mal". Ése era un brazo, y los brazos no se portan mal.

—No me gusta —se quejó firmemente—. Quítamelo.

—No, no se puede. Tendrás que tenerlo durante un tiempo.

Camila se acostó sobre su cama, con cuidado de que el yeso no tocara la colcha.

—Vete, ¡te odio, mamá!

Sinuhe blanqueó los ojos y le hizo caso. Al irse cerró con llave.

—Geral Lauren —recordó con una sonrisa.

Se levantó y se sentó en la cama, estaba mareada. Con cuidado se levantó, apoyándose del respaldo de la cama. Se paró y se dirigió a la biblioteca.

Con la fuerza que su brazo derecho tenía, lo corrió como pudo. Lo suficiente como para escuchar, pero no para abrir la rejilla.

—¡Geral Lauren!, ¿estás ahí? ¡Geral Lauren!

Lauren escuchó unos ruidos provenientes del baño, pero no tenía fuerzas para levantarse.

—¡Geral Lauren, geral Lauren!

"¿Camila?", pensó.

—¡Geral Lauren, responde, por favor! —suplicó.

Se levantó y corrió la biblioteca con toda su fuerza del brazo derecho.

La chica del sótano intentó aplaudir, pero su mano diestra sólo chocó con el yeso.

Se acercó al ducto y abrió la rejilla.

—¿Estás ahí, geral Lauren?

No respondió, por lo que decidió meterse adentro otra vez.

Apoyó el yeso, que estaba en una posición perfecta para arrastrase, y pasó el otro brazo imitando la forma del yeso y se arrastró.

Sintió miedo al adentrarse en ese tubo obscuro, pero no le importó y siguió.

Del otro lado, Lauren intentó pararse, ahogando gritos de dolor al apoyar sus pies sobre el frío piso de azulejos.

Se paró, pero sus débiles piernas no pudieron sostener el peso de su cuerpo y cayó al piso.

Se volvió a escuchar un ruido del baño.

Entonces Lauren gateó como pudo hasta la puerta y la abrió despacio.

Entró, pero la luz estaba apagada. Se sostuvo del picaporte de la puerta para levantarse y encender la luz. Cayó de nuevo al hacerlo, aunque ahora por lo menos el cuarto estaba iluminado.

Siguió gateando mirando al piso, en dirección al ducto.

Al ver que había llegado, Lauren alzó la mirada y se encontró con unos ojos color chocolate que la miraban con un brillo especial, y una expresión de asombro.

Esos mismos ojos chocaron con unos ojos verdes como jamás había visto, era un color hermoso para cualquiera que lo viera, pero más para ella.

Se miraron por lo que parecieron ser horas, a pesar de ser unos segundos; pues, no te encuentras con la chica del sótano todos los días.

Ojos Alegría (La chica del sótano) - Camren.¡Lee esta historia GRATIS!