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Cayó y su cabeza golpeó el duro asfalto produciendo un ruido seco. Plutón, el Rey del Inframundo, se llevó las manos a la cabeza y aulló de dolor.
—¡Maldita loca endemoniada! —exclamó airado—. ¡Te vas a enterar, repelente arpía!
Se irguió sobre sus largas piernas y miró hacía atrás. Una expresión de sorpresa se le pintó en la cara tras apreciar su alrededor. No tenía ni idea de dónde estaba, pero, desde luego, en su casa no. En el Inframundo el cielo era rojo como el fuego y los terrenos de roca negra como la noche. No obstante, ahora veía nieve blanca y pura por todas partes, luces de colores adornando las calles y miles de personas sonrientes caminando con bolsas a cada lado. Plutón se pasó la mano por su cabello oscuro y se rascó en un gesto de duda. ¿Qué había pasado?
—¿Prosepina? —preguntó en un murmullo y pronto, comprendiendo que había sido ella quien le había mandado allí, alzó la voz—. ¡¿Prosepina?! ¡¿Prosepina, dónde narices estoy?!
En ninguna de las ocasiones en las que pronunció el nombre de su amada esposa, obtuvo respuesta alguna. Plutón tenía su rostro, habitualmente pálido y cadavérico, rojo e hinchado. Sus manos se encerraron en puños e hizo rechinar sus dientes blancos.
Entonces sintió una mirada clavada en él y Plutón, que nunca había sido bendecido con el don de la paciencia, dirigió sus ojos negros sin pupilas hacía la criatura que le observaba.
—¡¿Qué miras tú, ser inmundo?! —espetó—. ¿Acaso nunca has visto al Rey del Inframundo maldecir a su esposa? ¡Pues pasa más a menudo de lo que desearía! ¡Largo de aquí, bicho nauseabundo!
Tan centrado en su ira estaba que no se paró a pensar en lo extraño que era aquel individuo y cuanto desentonaba en el lugar en el que se encontraba. El ser era horroroso y hubiera aterrorizado a cualquiera, aunque no al gran Dios de la Muerte, que estaba más que acostumbrado a tratar en sus dominios con monstruos todavía más despreciables. El que tenía frente a él era muy alto, con extremidades largas y delgadas. Vestía ropa de cuero ajustada y llevaba unas plumas de cuero sobresaliendo a su espalda. Lo más sorprendente, sin embargo, era su rostro alargado y gris, con un par de ojos de pupilas rojas y sin párpados, una nariz achatada casi imperceptible y una espeluznante sonrisa púrpura que le llegaba hasta las orejas y exhibía una hilera de colmillos afilados.
Le miraba fijamente. El monstruo permanecía quieto, observando silencioso.
—Bueno, ¿eres sordo o qué? —dijo Plutón con antipatía—. ¿No me escuchas?
—Te escucho perfectamente —contestó con voz de ultratumba.