capitulo I: la niña

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Desde aquella mañana sentí que la vida misma había perdido sentido incluso cuando más que nunca tengo hoy motivos para tener una, pero tal vez sea el sentimiento que me aqueja el creer que mil razones para despertar no son suficientes para incentivarme cada mañana a levantarme.

Estoy de nuevo en aquel lugar tan familiar y que me cuesta reconocer cada que lo visito, un prado repleto de flores amarillas y árboles frondosos cuyas puntas eran bañadas de color dorado por el sol del mediodía mientras el viento silbaba melifluo desde el norte. Si me lo preguntan, no me importa lo bonito que pudiera parecer ese sitio, lo único a lo que miraba fijamente era su figura corriendo delante mío, como si estuviéramos ambas jugando.

Mis sentimientos en aquellos momentos solo podían ser sinonimos de alegría, tranquilidad y paz, mismas vibras que desprendía ella en su sonrisa cuando volteaba a ver detrás suyo y notar si estaba cerca de atraparla, y vaya que lo estaba, solo unos pasos de diferencia habia entre mi amada y yo.

Siempre que estaba distraída en casa ella venía y se abalanza sobre mi espalda con un abrazo, cosa que iba a replicar en aquel instante cuando mis piernas dieron un último gran esfuerzo para acercarme a ella y dar un ligero brinco en su dirección, pero ya lo recordé, hice memorias de aquel sitio cuando atravesé sin más su figura y caí al suelo, y fue solo gracias a las flores que acolchonaron mi caída que no me dolió irme de pecho contra la grama.

Di un trompicón rápido para levantarme del suelo, sintiendo otra vez ese vacío en el pecho que desde hace tiempo me aquejaba mientras volteaba a todas las direcciones buscándola desesperadamente, pero era en vano, me hallaba ya completamente sola en aquel sitio, su figura como un fantasma se había desvanecido en el instante que la toqué (si es que atravesarla se podía considerar como tal), dejándome sola gimoteando su nombre, siendo esas flores en mi cintura las únicas que escuchaban aquel llamado que se convirtió en gritos mientras dejaba caer ya mis lágrimas.

Caí de rodillas sollozando, berreando su nombre una última vez antes de abrir mis ojos finalmente. Me encontraba tendida en mi cama, mis ojos estaban bañados en lágrimas y mi mano derecha apretaba fuertemente una parte de la cama que, con mucho pesar en mi corazón, veía vacía todos mis despertares desde hace unas semanas.

A mi izquierda, en una cunita, mi hija lloraba también, ¿la habré despertado con mi llanto? Era posible, o a lo mejor solo tenía hambre y me pedía alimentarla. Solo suspiré buscando dejar salir ese sentimiento de aquel sueño y me dirigí a mi pequeña Isabella

—Aquí estoy, Ella —le dije melosa a mi hija, poniendo su pechito contra mi hombro para cargarla hasta la cocina por su biberón.

Gracias a la rutina de todas las mañanas desde que Ella nació, decidí remodelar un poco la casa de forma que me quedara más cerca lo que esta necesitara, ¡No la vean cómo se pone cuando pasan veinte minutos que despertó y aún no ha desayunado!

Cada mañana es lo mismo, Ella llorando en mi hombro mientras los pasillos me recuerdan lo que hacía hace casi dos meses donde las noticias dieron informe en vivo de lo que sucedía y en cómo estas fueron las únicas aparte de ella que me escucharon llorar desconsolada mientras observaba los edificios incendiados en la tele.

Gracias al tiempo que cuidaba a Ella aprendí a preparar rápido su biberón y cesar su hambre y su llanto. La recosté sobre mi brazo de modo que me viera fijamente mientras comenzaba a chupar la tetina de la pacha. Amaba mucho a Ella, pero como ustedes sabrán yo no soy su madre biológica, Ella es más bien mi hijastra y lo último que mi más grande amor me dejó aquella mañana de septiembre antes de partir de este mundo.

Siempre que pienso en esa mañana mis lágrimas empiezan a brotar de mis ojos, sintiendo a la vez un dolor enorme en el pecho al ver a Ella a los ojos, mismos que me miraban con el más sincero amor que pudiera una bebé de apenas meses darte, y mucho más dolor sentía cuando miraba sus pupilas verdes como los de su madre, mirándome con la misma ternura y amor con los que me veía su madre cuando vivía.

Aquellos ojos esmeralda - JenlisaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora