A veces, Luke creía que con un beso podría resolver todo.
Quería callar las palabras con un beso y apagar la realidad de los catastróficos pensamientos con los suaves labios de la chica que amaba. Incluso cuando sabía a la perfección que las palabras eran lo que se necesitaban en ese momento.
Los ojos de Phoebe brillaban a la luz del sol; era como un tipo de magia, generalmente tan oscuros que parecían de color negro, pero un poco de luz mostraba un cálido color café, brillante. La vio reír junto a algunos chicos de la cabaña de Hermes. Pero él no tuvo la valentía suficiente para acercarse, así que le tocó apreciarla de lejos; no había logrado reunir el coraje que necesitaba para acercarse a ella y hablar; no quería que el momento se volviera a arruinar.
Sin embargo, él mismo lo estaba arruinando otra vez. Lo notó en la mirada de Phoebe ese día y lo notaba ahora. Era como si ninguno supiera qué hacer y decidieran perderse en el silencio.
Phoebe seguía pensando que Luke actuaba raro, pero no podía culparlo; tampoco pensaba que era un idiota. Ambos eran niños que no sabían qué hacer; a ninguno de los dos le habían enseñado cómo querer.
Así que se perdía en la distancia, deseando perderse en la cercanía de Luke.
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Había noches en las que Luke no podía conciliar el sueño; antes se quedaba despierto consumido por sus pensamientos y la oscuridad de la cabaña. Luego hubo noches en las que Phoebe se pasaba a su cama y le susurraba historias inventadas que hacían sonreír a Luke. A veces era él quien se pasaba a su cama, la mantenía contra él en un abrazo toda la noche y se dormía con el sonido de su respiración contra su cuello y la calidez de sus cuerpos juntos.
Pero esa noche Phoebe no estaba en la cabaña; él mismo la había visto salir. Intentó dormir sin ella, pero se le hizo imposible. Phoebe era como un hábito que ya no podía romper. Sin saber qué más hacer, salió a buscarla.
Ella estaba en la playa, acostada sobre su espalda y con la vista sobre el cielo nocturno. A Phoebe le encantaba mirar las estrellas; era algo que Luke sabía muy bien. Le gustaba el cielo nocturno, la soledad de la noche y la luz de la luna.
Luke fue hacia ella, como si una atracción magnética lo obligara a estar junto a ella, como si ya no pudiera soportar no tenerla cerca.
Se acostó a su lado en silencio; ella también se mantuvo callada sin apartar la mirada del cielo, pero con el corazón palpitando más rápido con cada segundo. Luke estaba ahí con ella y Phoebe sentía como si pudiera volver a respirar una vez más.