Capítulo 9: La promesa de un Guardián

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El Viejo Sabio observó esto con una mirada de aprobación y giró sobre sus cuatro patas, iniciando una carrera a galope tendido que no detendría hasta dejar muchas leguas atrás.

***

Fueron cuatro días.

El primer día Scarlett lo dedicó a atender a las constantes visitas de los viejos amigos de la familia Chevalier. Las opiniones eran dispares: algunos veían el obvio parecido, otros aseguraban que tenía de noble lo que ellos de criadores de cerdos.

Fuera como fuese, las instrucciones que la joven recibía eran las mismas: mantente callada, para que no te juzguen por tu manera de hablar. No te muevas mucho, mejor permanece sentada, para que no critiquen tu forma de caminar. Sonríe, no demasiado, lo suficiente, para que no pongan pegas a tu carácter. Así dictaba normas el capitán, y así obedecía ella. Sin embargo, las precauciones del buen hombre de poco servían, pues los nobles conocían sus orígenes y parecían oler el hedor a plebeya.

Dáranir se disculpaba por sus malas maneras cuando los nobles ya habían salido por la puerta, pero nunca los regañaba cuando la juzgaban sin piedad. Scarlett observaba este tipo de comportamientos, y tomaba nota. No conocía el mundo de la nobleza, pero aprendía rápido. Y por ahora la lección principal estaba clara: las apariencias son sagradas. Así que se esforzaba por poner la sonrisa, la pose y el silencio adecuados.

Durante el segundo día, ningún noble visitó la casa. Scarlett pidió permiso para ir a ver a Larissa, pero el capitán se lo negó. Al verla decaída, la tía Ren le pidió ayuda en la cocina, y al poco rato se unió María, e incluso Mark. Los Geneviev eran una familia tan dulce como los platos que preparaban y se esforzaban mucho por levantar el ánimo de Scarlett. Esta, por su parte, disfrutaba de su compañía, aunque la familia notaba que aún tenía sus reservas.

La mañana del tercer día fue un caos. Un marqués que aseguraba ser primo lejano del abuelo materno de Scarlett, Énezor, pidió hablar con ella a solas. La conversación acabó con los gritos indignados del marqués, acusándola de estafadora y buscadora de fortuna. Ella corrió a intentar disculparse, pero fue detenida por Julian con una mirada que decía «no lo estropees más».

Scarlett estuvo demasiado avergonzada como para compartir el comedor con el resto de inquilinos, así que se quedó en su habitación, apoyada en el alféizar de la ventana y pensando en qué había hecho mal exactamente. No sabía hablar como una noble, pero creía que había sido educada. Las vistas desde la ventana la incomodaron de repente. No era su río, su huerto y su gran colina con el bosque de las ninfas y los sauces de fondo. Era un jardín de hierba cortada y pulida, sin flores ni plantas silvestres que creciesen con libre albedrio y sin un solo animal rondando, aparte de los escasos pájaros. Y lo que más le extrañaba: ni un solo ente, por diminuto que fuera, se acercaba a la casa. Para ella, que estaba acostumbrada a ver duendecillos correteando por las malas hierbas y cíclopes trayendo la leche cada día, esto era una anomalía.

Entonces, ocurrió algo sorprendente. Un enorme caballo negro que le resultaba vagamente familiar comenzó a dar coces contra el portón principal. Este tembló y la madera produjo un crujido. Abajo se montó un ligero alboroto y lo siguiente que vio fueron las puertas abriéndose y el caballo entrando. Kira salió en ese instante de la casa y se acercó al animal. Ahora que los veía juntos, Scarlett reconoció a la bestia. Era la montura del ex-preso.

Kira intentó acariciarle el hocico, pero recibió un cabezazo a cambio. El caballo no parecía de muy buen humor. Kira se frotó la cabeza riendo y le dio unas palmadas en el cuello, que esta vez, fueron bien recibidas. Scarlett pensó que debía ser un animal muy inteligente si había encontrado el camino hacia su dueño en apenas unos días. De pronto, cual felino guiado por un instinto, el joven hombre giró la cabeza y él y Scarlett cruzaron miradas. Scarlett sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Había sido tan repentino, por un segundo se había sentido un ratoncillo siendo descubierto por una serpiente. Pero la sonrisa ladina de Kira y el saludo que la siguió, incitando a Scarlett a bajar, no pertenecían a ninguna serpiente. A pesar de esto, aún abochornada por los sucesos de aquella mañana, y sin saber cómo explicarle que lo había estado espiando, devolvió el saludo rezando para que su rubor no se notase en la distancia, y se apartó de la ventana.

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