Capítulo 9: La promesa de un Guardián

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Típico.

-Tengo órdenes directas de entregar esta carta. No puedo marcharme sin cumplirlas.

Chelsea rió para sus adentros. No habría nada que fastidiase más al clan que la perspectiva de una humana, y no solo eso, una Guardiana, paseándose por sus tierras sin intención de irse.

-De acuerdo, Guardiana. Entregadme la misiva y se la haré llegar al Gran Anciano.

-Me ordenaron entregarla al Viejo Sabio en persona.

Eso molestó al centauro.

-Os he dicho que no puede ser molestado.

-Puedo esperar.

Eso lo molestó aún más. La conversación no continuó; sus flancos quedaron libres de escolta y el centauro que parecía estar al cargo dio media vuelta y marchó al galope. Chelsea bajó de su montura. No le importaba estar en una posición inferior en altura, mientras ella supiera quién tenía la autoridad, bien podrían haber sido gigantes de las montañas.

El Viejo Sabio se tomó su tiempo en regresar. Para ser una raza que superaba en velocidad a los mejores sementales, hacían las cosas con excesiva calma. Tenían sus prioridades claras, y, por mucho que le pesase, la Guardia no era una de ellas.

Al fin, apareció un centauro de ondulada melena blanca y piel morena, con el rostro más arrugado que Chelsea hubiera visto jamás. No obstante, cuando habló, salió de su garganta una voz profunda y fuerte.

-Chelsea Monger, de las filas del capitán Ahelod... Siempre recuerdo una cara que haya visto, y la tuya no se encuentra en los laberintos de mi memoria.

Ella no dudaba de esa afirmación. Mientras entrenaba para convertirse en Guardiana había estallado la guerra entre Ozirian y Regardezt, guerra en la que tuvo que convertirse en soldado a la fuerza. Anterior a eso... su pasado no merecía ser recordado. Al convertirse en Guardiana oficialmente, Dáranir la reservaba para patrullar o le encargaba los trabajos más peligrosos o confidenciales. El carácter pacífico por naturaleza de los centauros era un factor clave en el hecho de que no tuviera contacto con ellos.

-No he tenido el placer de conoceros antes, Viejo Sabio. Confío en que hayáis recibido la misiva de mi capitán-dijo, dirigiendo una discreta mirada hacia el centauro que lo había ido a buscar.

El Viejo Sabio hizo girar la carta entre sus dedos.

-Una misiva peculiar, sin duda, pero no por eso menos insustancial. A nuestro pueblo poco le interesan las idas y venidas de las Casas Guardianas.

-Es la nieta de Selendre Chevalier. Amiga vuestra.

El centauro a su lado alzó las cejas.

-La amistad es algo difícil, vicecapitana. Difícil y valioso. Nuestro pueblo no la otorga sin pensárselo dos veces.

-Disculpad mi indiscreción. Tenía entendido que le teníais aprecio, supongo que estaba equivocada.

El Viejo Sabio sonrió, e infinitas arrugas se arremolinaron en sus mejillas.

-No lo estabais. Selendre era una humana excepcional, y no por las razones tan sumamente banales por las que era conocida. -Dio un paso hacia ella, una señal que podría interpretarse como intimidación. Chelsea se mantuvo firme-. Su progenie, sin embargo, no es de nuestra incumbencia. La sangre solo es sangre, Chelsea Monger. Los humanos tendéis a olvidarlo.

Chelsea agachó la cabeza como reverencia y despedida. Le habían ordenado que entregase la carta y que explicase la situación, no que insistiera. Los centauros se tomaban su tiempo para reflexionar; quizá necesitaban un poco de espacio.

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