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Fueron cuatro días.

Dos de ida y dos de vuelta.

Cuatro días a caballo es lo que se tarda en ir hasta el bosque de Nihm desde la Casa Gris. Chelsea había hecho los cálculos a la perfección, y cuando partió el primer día sabía con exactitud cuál sería la fecha de su regreso. También había calculado de antemano la respuesta que recibiría de los centauros: una negativa rotunda. No eran unas criaturas dadas a desplazarse de su territorio sin un motivo de peso, y el rumor de una humana emparentada con una vieja amiga del clan no les importaría demasiado.

Eran unos seres extraños. Odiaban la guerra y toda forma de violencia hasta que uno de los suyos resultaba herido. No se preocupaban por su territorio, mientras tuvieran el suficiente espacio para galopar a sus anchas, y apenas habían opuesto resistencia a la fundación del Muro y la división de entes y humanos. Es más, probablemente les gustaba. Por eso eran uno de los pueblos entes que menos problemas les había causado a los Cuatro Reinos: no odiaban a los humanos, pero les molestaba su cercanía y la de otros seres que no fueran de su especie. Tenían como ley natural no mezclarse con otras razas, por lo que la orden de prohibición de relaciones entre humanos y entes la habían aceptado desde un principio. A lo largo de los años no habían causado muchos problemas, aunque Chelsea recordaba una revolución sangrienta hacía cuatro o cinco años, cuando un asesino arkiriano escapó de la cárcel y mató a media docena de potros. El clan de centauros lo cazó antes que la Guardia. Cuando un comando de Guardianes dio con él, apenas era reconocible. Lo habían desmembrado, tan solo quedaba el torso; extremidades y cabeza estaban separadas de él.

Por eso los reyes nunca utilizaban centauros para las ceremonias de cacería. Eran de las pocas tribus que aceptaban sin rechistar el régimen monárquico y la hegemonía humana. ¿Para qué alterarnos sin necesidad?

El bosque de Nihm estaba situado en el monte más extenso de Ozirian. Entre sus habitantes, destacaba la población de centauros, aunque también vivían allí algunos monstruos. Las aldeas de gnomos, al ser un pueblo tranquilo, convivían con los centauros sin mayor problema y compartían el terreno.

Chelsea no halló ninguna aldea ni gnomo extraviado al entrar en el bosque al segundo día de viaje, ni vio centauro alguno hasta pasadas varias horas. Cuando por fin creía divisar una cola de caballo entre los alcornoques, esta desapareció y no tuvo más remedio que espolear a su caballo para seguirle la pista.

Después de un par de miradas hacia atrás de su huidizo amigo y de unos cambios de dirección forzosos claramente intencionados, a Chelsea comenzaban a crispársele los nervios. ¿Acaso no reconocía el uniforme de la Guardia?

Cuando ya se disponía a gritar "¡Alto en nombre del rey!", se encontró de pronto flanqueada por dos centauros nuevos. Conformándose, dejó que la guiaran hasta la manada. Puso su mejor cara diplomática; no estaba allí como soldado, sino como intermediaria. Según se adentraba en su territorio, solo los más jóvenes se paraban a mirarla con curiosidad, mientras que los adultos o la ignoraban o hacían señales de hastío. Daba igual: la corona de oro atravesada por dos flechas en cruz sobre un campo plateado, el escudo de Ozirian, y el uniforme de la Guardia, le otorgaban una autoridad sobre ellos innegable.

Un centauro macho de larga cabellera negra trenzada salió a su paso, parando la comitiva.

- ¿La Guardia?

La pregunta no iba dirigida a ella. Chelsea no se alteró, pero tampoco dejó que hablaran por ella.

-Soy la vicecapitana de la Casa Gris, Chelsea Monger. Vengo como mensajera de mi capitán para entregar una misiva al Viejo Sabio.

Chelsea intuyó lo que vendría a continuación.

-El Viejo Sabio no puede ser disturbado hoy de entre todos los días. Namiria, el astro de la fertilidad, ha aparecido en un día de dos lunas.

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