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-La cena.- resonó la voz del señor Cambrig.

Los pasos se hicieron presentes en la escalera pero ella se quedó debajo de la cama. No tenía hambre y quería seguir escribiendo sin que nadie la molestara. Pero no fue así. Pasaron unos pocos minutos antes de que una mano la tomara del brazo y la sacara de ahí.

-A comer.- dijo el chico del cabello negro.- Todos.

-No tengo hambre.- susurró ella.

Le atemorizaba. La realidad es que muchos de los que residían en este lugar le inspiraban terror pero tenía prohibido decirlo. Sin dejarla decir nada más, la llevó a rastras hasta el comedor donde se sentó junto a ella.

-Emma,- llamó el anciano de los cabellos blancos y la vista cansada.- ¿podrías ayudar a la señorita Kimberly a traer la comida?

-Si, señor Cambrig.- respondió inclinando la cabeza y levantándose sin pronunciar nada más.

Emma llevaba tres meses en esa casa. No le gustaba estar allí pero no lo mencionaba. Nadie la abrazaba durante las tormentas ni le cantaba para dormir. Estaba sola. Siempre estaba sola. Cada día en esa enorme mansión la pasaba oculta, evitando los comentarios y haciendo oídos sordos a los insultos. Tenía tan solo diez años cuando comenzó la guerra. Era solo una niña atemorizada que lloraba en el asiento de un tren mientras mecía su mano saludando a la nada. Sus primeras semanas allí fueron muy duras. Ella no era un chico, no estaba acostumbrada a sus manías y a realizar la clase de trabajos que ellos sí. Emma era pequeña, y estaba sola.

Con dieciséis años de edad, había aprendido a hacer todo aquello que le ordenaran. Era sumisa pero fuerte y trabajadora. Poco a poco, se había vuelto la luz de los ojos del hijo mayor del señor Cambrig, Elthon. Él tenía 26 años y era el único que desafiaba a su padre y a todo el que se atreviera a meterse con ella. Pero había partido, había sido reclutado y, si lograba vivir, regresaría dentro de muchísimo tiempo. A menos que el anciano invirtiera una poderosa suma y lograra que él volviera a casa. Todos sabía que lo haría, todos menos Emma.

Entró en la cocina y la señorita Kimberly la esperaba con un enorme tazón. Sopa. Otra vez sopa. La chica de la piel blanca como la nieve y suave como la seda, lo tomó y volvió al comedor donde comenzó a servir plato por plato. En total eran 54 los jóvenes que residían en la casa y, al parecer, a ninguno le simpatizaba la chica. Poco pasó antes de que colocaran un pie en su camino y ella cayera, derramando la sopa por todo el suelo. No hubo risa alguna, sino un silencio que hubiera estremecido hasta al mas duro de los hombres. El anciano se puso de pie y miró a Jack Luston.

-Encargate de ella.- fue todo lo que salió de sus labios.

No hubo queja que escapara de los labios de Emma en cuanto el robusto chico la tomó violentamente y se la llevó de ahí. Todos sabían lo que seguía aunque nadie había buscado eso. Al parecer, el dueño de la casa había perdido por completo su paciencia.

Los golpes llegaban desde la habitación contigua mientras ellos comían en silencio, oyendo los lastimeros quejidos que escapaban de los labios de ella. Quizás sus bromas habían llegado demasiado lejos.

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