Introducción

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Las clases altas jamás se habían llevado con las clases bajas. No era cuestión de pensarlo demasiado, sólo hacía falta acordarse de sus culturas opuestas para asegurar que una relación entre un magnate y un mago nunca funcionaría. Sin embargo, existían quienes se atrevían a enamorarse de sus contrarios, acabando bien la persona de mayores ingresos en muy escasas ocasiones. Sí, sólo esa persona; pues la otra sólo sufriría dependiendo del castigo impuesto al escéptico sin que éste se percatase.

A los mayores millonarios les esperaba una suerte maldita de la que muy difícilmente se darían cuenta si no aceptaban a la magia como un poder verdadero y no sólo como el elemento esencial de las leyendas. Eran pocos los que transformaban sus mentalidades y recuperaban con éxito sus vidas normales, aunque rara vez ocurría antes de un daño mayor causado por sus condenas.

Uno de estos infortunados valientes fue Florian Lancaster, único hijo de la dueña de la más grande marca de ropa de Fayden y, por lo tanto, el heredero del negocio. Su escepticismo era tan infinito que no les temía a los hechiceros y no le importaba interactuar con ellos, a diferencia de la mayoría de los de su clase. Incluso, a sus veinticuatro años, conoció por accidente a Snowring, una obvia maga; salió con ella durante semanas y llegaron al tan visto como imposible noviazgo.

Esto causó múltiples reacciones, casi en su totalidad negativas. Sus padres —especialmente su madre— desaprobaron la relación de todas las maneras por haber, varios de sus amigos lo creyeron loco, los empleados de Bogati's temían que la chica maldijera a la compañía si el amor se extinguía. Sólo unos pocos se mantuvieron neutrales.

La pareja sobrevivió mucho más de lo esperado, mas no se salvaba de ciertos roces que Florian supo detener. Él estaba encantado con su novia y hacía caso omiso a los persistentes reclamos de sus progenitores. Ellos, desesperados por convencer a su hijo, le encomendaron la tarea a su mejor amigo, pensando que él sí lo lograría; sólo que su usual indiferencia contrastaba demasiado con la actitud acusadora que debía adoptar en su acto y sólo daba lugar a confusiones.

Una tarde en la que se les encargó el trabajo de alguien más que había salido de viaje, y en la que ninguna de sus ideas fue lo suficientemente buena, acabaron discutiéndolo.

—Deberías ponerle fin a tu relación con Snowflake antes de que se fortalezca más —recomendó él.

—Es Snowring —corrigió—. ¿Por qué ahora tú también andas con eso? A ti no te importaba que saliera con una maga.

—Puedo cambiar de opinión, Floripondio.

—¡No cambies nombres! —reclamó aunque fuese inútil; su amigo siempre lo hacía—. ¿Qué te hizo cambiar de opinión tan de repente? ¿Comenzó a caerte mal?

—No. Snowflake sigue agradándome, su noviazgo no.

—¿Por qué? ¿Viste algo que ponga en duda nuestra estabilidad? ¡Dímelo de una vez...!

—Es riesgoso salir con ella —interrumpió.

—¿Porque me va a maldecir? —preguntó con ironía—. Bus, sabes que esas cosas no suceden en la realidad.

—No te arriesgues a que sí.

—Tendrás que darme una razón más convincente para que lo considere.

—Ah —exhaló, hundiéndose en su asiento antes de sacar su celular de una gaveta del escritorio—. La idea era no delatarlos, pero no me queda de otra.

—¿A qué te refieres? —Florian levantó una ceja que no descendió hasta leer el contenido de un mensaje en el celular de Buster—. ¿Qué...?

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