La Dama del Guadiana

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En cada verso que intento,

en cada rima que escapa,

busco tu esencia y me pierdo

en la maraña de una despedida

que no sé cómo empezar.

He escrito tu nombre, Catalina, mil veces,

y mil veces lo he borrado,

porque ninguna letra merece definirte.

Gustavo detuvo su pluma. Una gota se deslizó por la punta y se desprendió manchando la última palabra. Furioso, partió el que fuera el último regalo de Catalina, el que le hizo el día que marchó a filas. Dejándose guiar por el arrebato, hizo trizas el papel sobre el que pretendía, sin éxito, despedirse de ella, de su luz, de su aliento.

—¿Hoy no fluye la tinta, maestro? —le dijo el bodeguero, que barría sin cuidado del polvo que levantaba el suelo plagado de palillos y restos de pan—. ¿El ejército no te ha quitado las ganas de escribir?

—No es noche de abrir el alma, muchacho —le espetó el cocinero desde la puerta. Iba arremangado a pesar del frío y cargaba con un cubo de basura que acababa de vaciar.

—Esta noche las ánimas están revueltas, deja eso para mañana y vete a descansar.

Gustavo recogió sus papeles, los rotos y los enteros y guardó la pluma partida en el bolsillo de su chaleco sin importarle que la tinta fresca en la punta lo manchara.

—¿Qué se debe? —dijo mientras rebuscaba monedas en su bolsa.

—Invita la casa —el bodeguero retiró el vaso de vino, intacto de la mesa—. Tómalo como mi regalo de bienvenida a Badajoz.

Gustavo le agradeció el gesto. Abandonó la bodega cuyo nombre honraba al patrón de la ciudad. Se frotó los brazos, su capa, vieja y maltrecha, que el abuelo de Catalina le regaló al partir a la universidad, ya no abrigaba como antes.

La plaza, vacía, a excepción de las agujas del reloj que rozaban las doce y los pocos se atrevían a permanecer fuera esa noche, le daban un toque triste al lugar. Unos por temor, otros por respeto, hacía tiempo que descansaban al resguardo de la noche. La niebla ganaba terreno y serpenteaba por la calzada hasta casi tocar la Plaza Alta.

Era tarde, sí, pero no para él, que sentía la necesidad de escribir, pero no lograba juntar las letras. El dolor que sentía era demasiado intenso. Todo lo que esperaba al regresar, se había tornado en vacío. Miró a su alrededor, anhelando algún local abierto en el que poder calentarse mientras escribía. Todo estaba cerrado. Apenas se veía la luz de alguna farola, que luchaba contra la niebla. Se giró hacia la iglesia más cercana y se encaminó hacia ella.

—Buenas noches, señor Mendoza —le saludó el sereno al paso—. Me alegra ver que ha vuelto. ¿No debería un poeta descansar en una noche como esta? Las ánimas podrían aprovecharse de un muchacho como usted.

—Poco me importa, señor. El mundo de las ánimas tiene más que ofrecerme ahora que el de los vivos.

El farolero no supo qué contestar y permaneció en silencio. Gustavo siguió adelante. Algo llamó su atención. Una luz, apenas un destello. Al fondo, tras la silueta de la Iglesia de San José no se veía nada. La niebla ocultaba de la vista el río, que fluía impasible al dolor y a la alegría de una ciudad como Badajoz.

El poeta alcanzó la portada de San José y se detuvo. La puerta, entreabierta, dejaba escapa el aroma del incienso que superaba el olor a frío y humedad que impregnaba la niebla. Gustavo respiró profundo. Su alma rota necesitaba algo que ese olor a incienso parecía esconder. La pluma parecía una buena medicina, aunque no sentía que las palabras lograran hallar el orden en el que abandonar su mano y fijarse en el papel. Cerró los ojos, apretó los párpados y trató de no pensar en ella, Catalina.

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