Capítulo cinco.

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Acabamos de desayunar. Ha pasado como una hora desde que bajamos, y quiero subir ya. No aguanto ni un segundo más aquí.

- ¿Subes?

- Voy a ir a casa a pegarme una ducha. Vendré esta tarde después de comer. ¿Quieres venirte?

- No, gracias. Me quedo aquí.

- Bueno, como quieras Lucía. Luego nos vemos.

Subo de nuevo con David. Espero que se hayan ido ya sus padres. Abro la puerta despacio.

- Ya volví amor, ¿ya se fueron tus padres? -me siento un poco idiota hablando, y más preguntando, pero siento que quiero hacerlo.

Muevo la "típica silla de hospital" que huele a hospital, y solo la puedes encontrar en un hospital, no hay olor que odie más, al menos ahora. No está como la dejé, así que seguramente se hayan sentado sus padres.

- ¿Qué tal con tus padres? ¿Como siempre, no? He desayunado un zumo de naranja y una manzana. ¿Me has echado de menos? He sido rápida.

Le sonrío, no me ve, pero no me importa.

- ¿Sabes? Cuando estaba desayunando he notado una patadita y no he podido evitar sonreír y acordarme de la primera vez que lo noté y te lo contaba entusiasmada.

Me levanto de la típica silla de hospital y despacio, con mucho cuidado, me siento en la camilla, acomodándome un poco a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro. Le tomo la mano derecha, la que no tiene la vía, y la coloco encima de mi tripa, acariciándole.

- ¿Lo notas? Te encantaba tocar mi tripa cada noche, mientras estábamos acurrucados. Siempre me decías que no notabas nada, pero aún así te gustaba. Te prometo que será así hasta que nazca.

Cierro los ojos, quiero sentirle. Quiero sentir a David, y a nuestro hijo, nada más. Así, con los ojos cerrados.

Decían unas voces en mi cabeza¡Lee esta historia GRATIS!