Capítulo 24 Por siempre juntos

11 0 0
                                        

Lucas

En mi niñez se formó y se reforzó la creencia (incorrecta por cierto) de que no merecía recibir amor ni afecto. El rechazo, el abandono y el desapego emocional con el que crecí fomentaron esa creencia, que se veía reforzada cada que vez que tenía que reprimir mis sentimientos y emociones. No llorar para no parecer débil, no decirle "te quiero" a mamá porque ella no me lo decía tampoco. No solo crecí sintiéndome rechazado, sino también ignorado.

Cuando conocí a Ainara, yo no era feliz. Nunca pude experimentar esa sensación de sentirse pleno. Solo conocía algunas cosas que te proporcionaban un chute de felicidad, pero de forma temporal. Entre esas cosas se encontraban: el sexo, las drogas, el alcohol, las peleas. Cuando el efecto de estas pasaba, volvía a estar seco, solo y triste. Por tanto, mucho menos, sabía cómo hacer feliz a alguien. No alcancé a entender cómo funcionaba eso. ¿Cómo podría buscar la felicidad, y encontrarla? Sin embargo, aprendí a amarla desde mi propio vacío, porque así estaba antes de ella. Estaba roto y fue la luz que se coló entre las grietas. Mi pedacito de cielo en la tierra.

Mi culo inquieto <así comenzaba el discurso del tan esperado día> Gracias por aparecer esa tarde. Por mirarme y sonreírme. Por despertar en mí sentimientos que desconocía. Por ser tan atrevida y enamorarme. Tan perseverante, tan fuerte, tan intensa. Gracias por creer en mí cuando ni yo mismo lo hacía. Por arriesgarte y apostar. Fuiste un ángel que llegaste y me salvó. De mi oscuridad. De mí mismo. No te alejaste cuando descubriste que eras demasiado buena para mí. Calmaste mis demonios, solo con tu voz. Como una canción de cuna para bebés. 

Te convertiste en la droga de la que nunca tengo suficiente. Mi adicción, mi único vicio. Solo tú eres capaz de calmar el dolor que a veces llevo. Gracias por entenderme sin preguntar. Por no juzgarme. Aceptarme, dejarme ser y estar.

Eres única y no podría describir tu perfección, por más que lo intente. Cualquier persona estaría dispuesta a ir hasta el puto fin del mundo por ti. No sé cómo aun no te das cuenta de ello. Y sí, te acepto como esposa, hoy y SIEMPRE. Prometo amarte y cuidarte... hasta que la muerte nos separe"

Del otro lado estaba ella, increíblemente guapa, regalándome esa sonrisa genuina y contagiosa. Mirándome con sus ojos cristalinos y llenos de pestañas húmedas. Estaban cayendo lágrimas por su rostro, y no pude hacer más que sonreír de tanta dicha. Era felicidad en estado puro lo que estábamos experimentando.

Ese fue el único intervalo de tiempo que la noté serena. El resto se le veía ansiosa. Estaba incómoda en aquel vestido tan ajustado. Demasiado maquillada para su gusto. Me la imaginaba queriendo callar al padre que nos estaba casando. Y por dentro seguramente, estaría diciendo "bla bla bla" mientras duraba la ceremonia. Nada de aquello para ella tenía sentido. Había renunciado a ese sueño de casarse de blanco algún día. No creía en el "por siempre juntos". Pero desde que la conocí, soñé con este momento. Algo demasiado cursi, lo sé, pero era cierto. Me la imaginaba entrando al altar sonriente, maquillada (como nunca estaba) y luciendo un hermoso y extravagante vestido blanco con sus velos y sus encajes. Sin embargo, mi imaginación no le hacía justicia a lo hermosa que iba ese día.

A los pocos días de conocernos, formalizamos nuestra relación y decidimos irnos a vivir juntos. Yo insistí en que lo más sensato sería comprarnos una casa más grande, pero fue imposible convencerla. Era inútil discutir con ella, pocas veces daba su brazo a torcer.

Quiso mudarse para mi apartamento, y no era para nada fácil llevarle la contraria.

El apartamento era perfecto para mí, pero no para nosotros. Era demasiado pequeño. Sin embargo, lo decoró a su gusto y parecía cobrar vida con ella dentro. Dijo que no quería cambiar mi mundo, quería colarse en él. Formar parte de mi vida sin hacer mucho desorden. Pero vaya que lo hacía, en sentido literal. Era un completo desastre, y yo no podía hacer otra cosa que adorarla así con todo el caos que llevaba siempre encima.

Adoptamos una perrita, ese había sido uno de sus sueños de niña. Era un husky siberiano y lo llamamos Luna. Sin dudas, tenía una persona favorita y no era precisamente yo. Se pasaba la mayor parte del tiempo restregándose en los pequeños y bonitos pies de Nara (así me gustaba llamarle cariñosamente). 

Le pedí casamiento la noche en la que celebrábamos nuestro tercer aniversario juntos. Se quedó paralizada en el acto. No supo qué responder. Le di su tiempo, y aunque tardó varios minutos, me dijo que "Siii" pletórica, dando saltitos de felicidad, con sus ojos llorosos y abrazándome con tanta fuerza que apenas podía respirar. Agregó:

- Sabes que para mí nada de esto tiene sentido, amor. Pero si tengo que darle un último voto de confianza al "para siempre" quiero que sea contigo. Yo mejor le llamaré "ahora", muchos ahora. Porque aunque no te necesito, te elijo todos los días para vivir mi presente. Quiero demostrarle al mundo que puede que esa chorrada del hilo rojo sí sea cierta, y nosotros seamos la prueba de ello. Gracias por todo y por tanto. Por tu amor sano y bonito. No sabes lo orgullosa que me siento de que hayamos creado el amor que merecemos. Así que sí, acepto ser tu esposa, la señora Martínez  <sonrió orgullosa>

Había cumplido mi promesa. Era feliz a mi lado y yo era el hombre más afortunado del planeta al tenerla. 

SERENDIPIA🤍Donde viven las historias. Descúbrelo ahora