Capítulo 22 Un chico con suerte

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Lucas

Llegué a su encuentro y pretendía simplemente decirle "Hola" y sentarme a su lado. Pero me sorprendió dándome un beso rápido en los labios. Lo hizo como si fuera lo más normal del mundo, y luego me dijo:

- No, no te sientes <con mi trasero ya sobre el banco> Caminemos > y me agarró de la mano. Entrelazó sus dedos con los míos con una naturalidad sorprendente.

Mi mente simplemente se quedó en pausa, y fui incapaz de reaccionar. De reprocharle, de aclararle las cosas. De impedir que se ilusionara, de decirle la verdad. Me limité a seguirla, a dejar que hiciera conmigo lo que quisiera.

La sensación de sentir sus manos pequeñas junto a las mías tan grandes, me hizo no querer soltarla nunca. Cuidarla. Fui consciente en el acto de que echaría de menos ese simple gesto. Y sabía que me dolería el día que no pudiese tenerla más.

Estuvimos caminando un buen rato. Ella hablaba sin cesar, y yo me conformaba con escucharla. De vez en cuando añadía algo, pero la mayoría de las veces eran monosílabos. No era de hablar mucho. No se me daba tan bien como a ella.

La miré de reojo y me sorprendió pillarla observándome. De pronto, se paró a mitad de camino, se soltó de mi agarre y con actitud altanera, me dijo:

- Eres un chico con suerte, ¿sabes? <a la vez que me guiñaba un ojo y reía con chulería>. Yo no pude hacer más que suprimir una sonrisa, y pensar: ¡Vaya que lo soy!

Nos sentamos sobre un pasto verde, y allí se desnudó ante mí. No se deshizo de su ropa, pero sí de sus miedos. Me contó su historia. Las cicatrices que tenía en el alma. Dejé de ver a la mujer fuerte y risueña, y conocí a la niña tímida e insegura.

No lloró, ni siquiera se le aguaron los ojos. Pero hablaba con el corazón en la boca y yo fui capaz de sentir su dolor, y me dolía. Deseé sanarla, despojarla de todas esas inseguridades con las que batallaba a diario.

Y supe que desde ese día, me quedaría prendado a ella. Había sufrido mucho. Joder, ¿quién podía ser tan tonto de hacer sufrir a semejante ángel? Ella merecía mucho. Lo merecía todo.

Y yo quería dárselo. No sabía cómo hacerlo. No sabía si sería suficiente. Tenía miedo a romperla. A volver a fallar en el intento de cuidar a alguien. Pero es que no podía dejarla escapar. Era increíble la fortaleza que tenía. La imaginé siempre tan frágil, tan tierna. Y lo que me estaba mostrando realmente era la capacidad de resiliencia tan grande que tenía. No había dejado de creer en el amor, a pesar de que había fracasado en encontrarlo. No dejaba de sonreír, y parlotear como loca, como si no estuviese rota por dentro.

Me volví un maldito blando a su lado. Llegó de la nada y puso mi mundo patas arriba. Pero me propuse algo y lo cumpliría. La ayudaría a crecer. Le sumaría. Le haría ver que era un cabrón partidazo. No tenía ni puta idea de cómo hacerlo. Pero mejoraría por ella. Si me lo permitía.

Me animé a contarle mi historia también. Nos sinceramos. Pensé que se asustaría, y se alejaría. Sin embargo, me abrazó. Es increíble la tranquilidad con que recibió mis más oscuros secretos. Y me regaló uno de esos abrazos que te reconstruyen y que llevabas tiempo necesitando, sin saberlo.

Esta chica se convirtió en mi todo, mi más, mi siempre. Nuestras diferencias parecían complementarse entre sí, en una forma mágica y perfecta. Sabía que las promesas de amor eterno le asustaban. Le habían hecho daño. Y yo me había propuesto hacerla feliz, sustituir cada lágrima por un montón de risas. Demostrarle que los príncipes azules están sobrevalorados, y ella no estaba para aceptar que no la quisieran con todo lo bonito que se merecía.

Lograba sacar lo mejor de mí. Y es que desde que empecé a preocuparme por alguien que no fuera yo mismo, mi vida adquirió un nuevo sentido. Me protegía de mi oscuridad. Me hacía querer ser mejor persona, solo por ella. Ni siquiera sé cómo lo hizo. Pero es que se apareció con esa fuerza arrolladora y esa belleza tan atrayente que poseía, que era imposible no quererla. Brillaba por sí sola y me hacía sentir vivo. 

Y me enamoré sin saberlo, sin pensarlo, sin quererlo. Mi niña bonita.

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