Capítulo 21 Rendido a sus pies

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Lucas 

Después de tener ambos un orgasmo devastador, me dejé caer sobre su pecho y sentí como su corazón latía frenéticamente. Siempre me separaba al terminar. Era otra de mis reglas. Después de follar, para mí las mujeres perdían su encanto. Era así de fácil. Pero ¿quién dijo que con esta chica algo iba a ser fácil?

Sentí cómo su respiración se volvía lenta, casi inaudible y me percaté de que se había dormido. Sin pensarlo, la tomé entre mis brazos y la llevé hasta mi habitación. Como la típica escena de recién casados. Lo que esta vez, la novia estaba roncando. Sus ronquidos eran leves y bajitos, y me reí al escucharla. La recosté con delicadeza sobre la cama, temiendo despertarla. Y la tapé con un edredón. Me acosté a su lado y apagué las luces.

Estaba mirando hacia el techo, y no podía dormir. No entendía cómo había acabado en aquella situación. Y todas las imágenes en las que aparecía Ainara comenzaron a reproducirse en mi cabeza.

Me preguntaba ¿qué demonios me estaba pasando? ¿Por qué estaba haciendo todo esto? Llevarla a mi apartamento. Dormir con ella. Mirarla tanto. Mirarla así. Y no poder dejar de hacerlo.

La miré. Creo que ese fue mi mayor error el primer día. Haberme fijado en la transparencia e inocencia de sus ojos. No merecía conocer mi historia. Sería muy fuerte para ella. Se merecía un chico bueno, de los que le regalan flores y promesas de amor eterno. Conmigo nunca lo tendría.

Sin embargo, era incapaz de apartar los ojos de su figura en la oscuridad. Era luz, toda ella. Brillaba y me atraía. Como un puñetero imán. Me acosté detrás suyo y tuve la osadía de abrazarla. Parecía un angel, y el leve sube y baja de su pecho al respirar resultó ser hipnótico para mí. Me concentré en eso, y en su olor tan femenino y exquisito. Olía a flores y a vainilla. Y caí rendido. Del sueño, y a sus pies.

A la mañana siguiente, me desperté y no estaba. Dejó una nota, que decía: "Gracias por el sexo y por cuidar de mí como nena pequeña. Nos vemos esta noche en el mismo lugar".

La escena me parecía surrealista. Esto no podía estar pasando. No a mí. Era yo el que se iba sin despedirse, en puntitas y sin dejar notas, claro. Y esta vez, estaba del otro lado. Sonriendo atontado por aquella chica, que parecía tan tímida y era toda una cajita de sorpresas. ¿Acaso no iba a permitir que me aburriera de ella?

Le había escrito un mensaje diciéndole que no podíamos vernos más, que todo había sido un error y que me disculpara por ello. Que gracias también por el sexo y que fuera feliz.

Pero joder, no se lo pude enviar. ¿A quién quería engañar? Yo no repetía con nadie. Era otra de mis condiciones, y con ella estaba contando los segundos para volver a verla. Llegué a cuestionarme la idea de que debía ser bruja o algo así, porque me tenía un poco hechizado.

Acordamos vernos esa misma noche en un parque cercano para ambos. La vi sentada a los lejos y sonreí. Quise imaginar lo que estaría pasando por aquella cabecita que parecía no descansar nunca. No se callaba, no se estaba quieta. Era la impaciencia en persona.

Y tal vez por eso me atraía tanto. Yo amaba la tranquilidad, la paz que me transmitía el estar siempre solo. Y ella era tan diferente a mí. La mirabas y era como imaginarte un mundo de colores a su alrededor, con mucha vida, música y mucho brillo, aunque ella parecía no disfrutar de ello. Quise conocerla ese día. Entender su historia. Aprender de ella. Y sobre ella. 

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