Capítulo 20 Una diosa en mi cama

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Lucas 

Nunca antes había llevado a nadie a mi apartamento. Me follaba a las demás en cuartos de alquiler. O donde me agarraban las ganas. Pero ahí iba. Rumbo a ese rinconcito del mundo, que era tan íntimo, tan mío, que no pensaba compartir con nadie.

Y la estaba llevando a ella. A la chica atrevida pelirroja que había visto por primera vez hace dos semanas y la había conocido hoy. Justo hoy. Y solo le bastaron dos horas y tres besos para romper con una de mis reglas.

Llegamos al apartamento. Vivía solo y era un maniático del orden. Todo estaba correctamente colocado y limpio. El lugar era bastante impersonal, no había fotos, ni colores vivos. Abrimos la puerta y al entrar, le echó un vistazo rápido a todo lo que la rodeaba.

Wao. Me lo imaginé justo así, ¿sabes? <dijo dando una vuelta sobre sí misma, mirando con ojos curiosos cada rincón, y su comentario me hizo reír> Tonalidades oscuras por toda la casa. Luces, las necesarias. Y todo impoluto. Así como tú. Solo llevas desordenado el pelo; y no sé cómo la verdad.

¿Tan observadora eres? <le dije acercándome. Quería tenerla ya entre mis brazos. Sentir su piel desnuda sobre la mía. No podía seguir aletargando el momento>

Pues sí <prosiguió ella. Y en vez de querer callarla e ir al tema. Me quedé escuchándola embobado con una sonrisa en mi rostro imposible de disimular. Y es que la escucharía hablar toda la maldita noche> Sé que no te conozco. Pero las dos veces que te he visto ha sido suficiente para sacar ciertas conclusiones. Y digamos que tres, si contamos la foto de perfil <me dijo riendo con picardía> Siempre llevas la camisa perfectamente abotonada y sin arrugas, los zapatos con sus cordones intactos, y las uñas cortas y limpias. Es poco, pero lo suficiente para suponer que eres compulsivo con la limpieza. Aunque a decir verdad <me miró rara, como si fuese a confesarme algún secreto oscuro> me quedé con las ganas de ver alguna foto de un Lucas pequeñito <y me hizo un puchero comiquísimo, al terminar de decir aquello>

Me reí ante sus ocurrencias y quise abrazarla. No entendía qué me pasaba con aquella chica. ¿Por qué me costaba tanto controlar mis impulsos cuando la tenía cerca? Pero desde luego, después de esa noche no debía volver a verla. Me la follaría. Le daría el placer que antes me había pedido. Y mañana olvidaría hasta su nombre.

Una vez más me sorprendió. Me tomó de la mano, y me hizo sentarme a su lado. Se sentó a horcajadas sobre mí, dejando sus ojos a mi altura, clavándomelos en el alma. Los posó sobre los míos, desafiantes y me sonrió de lado. Con la misma chulería de la primera vez. Me perdía en su mirada. Sentía que podía manejarme a su antojo si se lo proponía. Y yo no podía permitirme ceder el control.

La apreté contra mi cuerpo. Me apoderé de sus besos, de sus caricias. Quería hacerla mía y no podía seguir esperando. Quise demostrarle quien era el que mandaba. Le restregué mi dura erección. Aquella que ella provocaba solo con mirarme. No entendía qué me estaba ocurriendo. Me descontrolaba a niveles inexplicables.

Le quité el vestido rosa que cubría su contorneado cuerpo. Esa mujer sin ropa era un maldito pecado. No llevaba sostén y lucía una tanga roja diminuta. No pude evitar mirarla, sin disimulo, con descaro. Era demasiado perfecta. Su cabello rojizo era muy largo y le cubría la espalda. Parecía una diosa. Desnuda, con sus labios rojos e hinchados, sus mejillas sonrosadas, sus ojos pícaros y más negros que de costumbre. Aquella imagen se quedó grabada a fuego en mi memoria.

En un santiamén me hizo despojarme de mi ropa. Se agachó ante mí estando yo sentado, y me quitó el bóxer negro que aún llevaba. Dejó expuesta mi erección y la llevó hasta su boca. Lo acarició con suavidad y lo besó inocentemente. Moría por sentir su lengua en mi glande. Ver cómo sus gruesos y diminutos labios se apoderaban de todo mi sexo, me excitaba demasiado. Verla así. Siendo tan inocente, y moviendo esa lengua <que parecía no callarse nunca> sin despejar sus ojos de mí, era la situación más jodidamente excitante que había sentido. Estaba a punto de correrme. Si seguía así, no iba a aguantar más. Así que la detuve. Acuné su rostro entre mis manos, y la recosté sobre el sofá.

Se quejó. Estaba hambrienta de mi sexo y quería seguir dándome placer, pero yo no podía más. No quería acabar en su boca, no sin antes sentirla. La penetré duro, como estaba ansiando hacerlo desde que entramos por la puerta. Bueno, a decir verdad, desde que la vi por primera vez con aquel short diminuto.

Quise arrancárselo en el acto. Recuerdo que esa misma tarde al llegar a mi apartamento me masturbé pensando en ella. No la conocía. Ni siquiera sabía su nombre. Pero sus ojos negros, su sonrisa traviesa, su cabello rojo, sus manos pequeñas, y aquel mini-short, fueron suficientes para llevarme al éxtasis.

Se quejó de dolor cuando estuve dentro de ella. Me quedé quieto unos segundos para que se acostumbrara al tamaño, y me miró desconcertada.

¿No pensarás parar ahora, no? <Me preguntó incrédula>.

Obvio que no enana, esto recién empieza.

Suspiró con alivio y me regaló otra de sus sonrisas. "Enana" ¿qué había sido eso? Jamás le había puesto un mote cariñoso a nadie. ¿Por qué la había llamado así?

Bloqueé estos pensamientos y seguí en lo que estábamos. Ya tendría tiempo después para torturarme con ellos. Mi prioridad en ese momento era darle placer a esta chica, y marcarla para siempre. Haría que nunca se olvidara de mí. Lo que no supe es que después de esa noche, yo tampoco la olvidaría.

Ella estaba debajo y sus diminutas manos no se estaban tranquilas. Me agarraba fuerte los brazos, me acariciaba el pene, se masturbaba ella, lamía sus senos, me enterraba las uñas en la espalda, me agarraba fuerte del cuello, me halaba con fuerza del cabello. Me lamía las orejas. Me mordía el labio inferior y se mordía el de ella. Me abofeteaba. Me pasaba la lengua por el cuello y hasta por la cara.

Jodeeeer, no se estaba quieta. Había parado más de 15 veces, no iba a poder controlarme. Y para colmo, jadeaba de una manera que haría correrse a cualquiera solo de escucharla. Sentir cómo se corría conmigo dentro, era adictivo. Esta chica iba a ser mi bendición y mi perdición al mismo tiempo.

Estaba acostumbrado a infligir dolor, a no correrme, a llevar siempre las riendas. Y sentía que esta mujer me sometía a mí. Me manejaba a su antojo sin apenas esforzarse. Me pidió que me corriera en su boca y eso hice. Al fin, pude perder el control y dejarme llevar. No aguantaba un segundo más. Fue extremadamente electrizante, excitante y agotador. 

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