Capítulo 15 Mi verdadera serendipia

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Ainara

El chico del que les hablo se llama Lucas. Apenas nos tropezamos, me interesé en conocer acerca de él. Sí, cuando me lo proponía, podía llegar a ser muy insistente.

Resulta ser que era un nuevo vecino de mi barrio. Mi barrio, creo que nunca les había hablado acerca de él. Pues es un sitio muy simplón, de gente muy sencilla. Un lugar en el que siempre ocurría lo mismo, las mismas gentes, los mismos chismes, las mismas caras de toda la vida. Y yo siempre pensé que ese lugar ya no era para mí. Por eso también fui a la Universidad, a conocer otro mundo muy diferente al mío.

Abandoné mi zona de confort para escribir nuevas historias en mi vida. Sin imaginarme jamás, que encontraría el amor en una persona de ese mismo lugar del que tanto deseaba escapar. Me demostró lo equivocada que estaba. Yo pensando que debía conocer mundo, cuando realmente a quien debía aprender a conocer era a mí misma.

Este chico era un experto en esconderse tras una apariencia fría. Era callado, algo tímido, introvertido y divertido a ratos. Su color predilecto era el negro; eso lo sabía sin necesidad de preguntárselo. Llevaba tatuajes en los brazos y algunos orificios en su rostro que indicaban que anteriormente había tenido piercings. Había mucho dolor en su mirada, una historia llena de errores (y puede que también, horrores) con los que cargaba. Pero cuando lo conocí, solo me fijé en lo bonita que era su sonrisa. Sin dudas, la más bonita del mundo. Y aunque no sabía mucho acerca de su vida, insistí en querer conocerlo.

Fui yo quien tuvo la iniciativa, quien escribió primero, quien se declaró primero. Recuerdo que al inicio mirar su foto de perfil se convirtió en un toc para mí. Lo hacía compulsivamente varias veces al día, casi sin percatarme de ello. Y aun lo sigo haciendo, aunque ahora no está solo en esa foto. Una chica está a su lado, y parece feliz. Está riendo, con su pelo alborotado y sus ojos negros. Parece que se hacen bien, mutuamente. Y sí, soy yo la chica que lo acompaña.

Poco a poco, me adentré en su vida. Empecé a ocupar un sitio en su espacio personal. Él dice que yo llegué para poner su mundo de cabeza y romper con todas sus reglas. Que derribé, ladrillo a ladrillo, el muro que se había encargado de construir durante toda su vida. Cree que lo salvé de su pasado, de sus fantasmas, de su oscuridad. Pero lo que no sabe, es que fue él quien me salvó.

Con su amor me sanó, reconstruyó mis alas y me empujó. Me hizo volar. Darme cuenta de todo lo que valía como mujer y como persona.

Fue capaz de ver la niña que escondía en mi interior. Porque a todos les atraía la mujer fuerte y bonita en la que me había convertido. Pero nadie jamás había amado: mis berrinches, mi cursilería, mi risa estrepitosa, el calor de mis manos, mis insomnios, mis lunares, las imperfecciones de mi cuerpo, mi voz desafinada al cantar, la rapidez con que camino, las muecas que hago cuando algo me desagrada, mis sonidos de satisfacción, mis deseos, mis metas, y todas esas pequeñas cosas que son perceptibles solo para aquella persona que tenga real interés en descubrirlas.

Y él lo hizo. Fue capaz de reconstruir esos rincones que quedaron devastados después de la tormenta, y amarme así. Simplemente por ser yo. La chica simple, pelirroja, que llevaba gafas y muchos sueños.

Él es mi verdadera serendipia.

El chico de los lunares, de la mirada fría y distante fue un total descubrimiento para mí. Lo encontré en el camino y me hizo encontrarme a mí. Que sin saberlo, llevaba tiempo perdida.

Encontrarlo. Encontrarme. Encontrarnos.

Y no soltarnos nunca. Esa fue la promesa. 

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