Capítulo 14 Bonita casualidad

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Ainara

Llegó un momento en mi vida en que todo había perdido el color. Estaba en un estado absoluto de desgana, donde todo carecía de sentido. Mis días se volvieron rutinarios, ir a la universidad, llegar a casa, ducharme, comer, dormir y volver a la universidad. Así pasaron unos cuantos meses, en los que me fui secando, mientras me imaginaba un imposible. Nada me hacía ilusión, me sentía tan vacía.

Los hombres para mí habían perdido su encanto. Al inicio creí que todos tenían un cartel en la frente que decía: Cuidado, zona de peligro. Eran bombas de tiempo destinadas a destruirte. Hasta que les perdí el miedo, me enfrenté a esas bombas y terminaron por decepcionarme. No explotaban, no hacían daño, solo leves cosquillas. Estaba tan rota, que nadie podía dañarme. Ya lo había hecho uno grande, y aprendí de él. Imité sus tácticas y mejoré la estrategia. Usaba los hombres a mi antojo, hasta que me aburría de ellos. A más de uno ilusioné por el simple gusto de verlos humillados después. Era mi puñetera venganza y contrariamente a lo que pensaba, no me sentía mejor al hacerlo. Debería experimentar cierta satisfacción egoísta en esos momentos, mas no era así.

Hasta que entendí que nada de aquello tenía sentido. Yo no era así y tampoco quería convertirme en una hija de puta. Así que la abstinencia a los hombres fue mi mejor remedio. No logré sanar mis heridas del todo, pero el tiempo se encargó de cicatrizarlas, al menos de forma superficial.

Hasta que un día casual lo vi entre tanta gente. No era de esas que creían en lo de mirar a los ojos, pero los ojos de ese hombre se posaban en los míos de una forma singular.

Eran oscuros, indescifrables y sentía como si me desnudara el alma, como si pudiera adivinar lo que estaba pensando... y temblé. Juro que sentí cómo se me paró el corazón, dejó de latir por un segundo. Y acto seguido, comenzó a latir frenéticamente, parecía desbocado.

Y ahí estaba el flechazo que siempre había soñado. Mi sueño de niña haciéndose realidad. Y llegó justo cuando había desistido de encontrarlo.

Dicen que cuando nos enamoramos de una persona a primera vista, es porque esa persona fue tu amor en otra vida. Pues si esto realmente era cierto, quería que se repitiera en esta vida y en todas las que nos siguen. Fue entonces ahí cuando lo supe. Había llegado el momento de columpiarme en el vértigo y saltar sin miedo; porque aunque sabía que podía terminar estrellándome y nuevamente con el corazón a trozos, no lo dudé un segundo. Lo enamoré, y en el proceso, me perdí en su mirada una y mil veces más.


Realmente no quería volver a pasar lo mismo. Las ganas, la ilusión, las mariposas en el estómago, y la decepción. Todo parecía un ciclo que se repetía sin cesar en mi vida. Y en ese ciclo parecía no encontrar salida. Pero sentía que merecía una oportunidad. No él, yo. Yo merecía ser feliz. Llevaba mucho tiempo sola, sin sentir nada más que apatía por todo lo que me rodeaba.

Volví a tropezarme en el camino con los dos anteriores. Buscaba a uno, cuando necesitaba estar en paz conmigo misma y no pensar en nada. Me transmitía la calma que tanto añoraba; pero ya no habían ganas ni deseos sexuales de por medio. Sabía que sus ojos brillaban diferente cuando me tenía cerca. Lo sentía temblar cada vez que nos besábamos, y yo no sentía nada similar. Era triste, mas no me importaba. Me volví insensible a su dolor.

No le daba falsas esperanzas, le hablé claro desde un principio. Y él sabía que si lo buscaba era porque no había aprendido a estar sola todavía. Hablábamos durante horas, como viejos amigos. Y a veces nos besábamos. Sin embargo, nunca llegamos a acostarnos. Era una raya que había dibujado entre nosotros, y prometimos no pasarla por alto.

Al otro recurría cuando necesitaba una emoción en mi vida, un placer que me consumiera y que sabía que solo podía darme él. Lo llamaba y si estaba libre, nos veíamos. No eran citas románticas de salir a cenar o conversar un rato. Simplemente él llegaba a mi habitación, o yo a la suya y nos desnudábamos con prisas. Nos follábamos como animales y no parábamos hasta estar saciados. Él seguía siendo el pecado al que no podía abstenerme. Pero ya no lo quería. Al menos no de la misma forma en que lo veía antes. Me costó mucho, me dolió aún más. Pero terminé por superarlo. Lloré muchas veces por todo lo que pudimos haber sido y nunca llegamos a ser. Hasta que dejó de importarme.

Y así me movía, entre el bien y el mal, sin encontrar un equilibrio en mi vida. Pero desde que me tropecé con este chico misterioso, lo supe. Que antes de él hubo varios, pero después de él no iba a existir más ninguno.

Me aferré a la opción de intentarlo, y sí que funcionó. Fue como si de pronto todo hiciese clic en mi vida, cada pieza del puzzle volvía a su lugar y encajaban de manera perfecta. 

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