Capítulo 13 Talvez en otra vida

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Josh

Escuché a alguien decir que la gente que está herida, ama diferente. Pero yo soy de los que cree, que ese diferente no es suficiente. No puedo quererla como merece. Soy incapaz de cuidarla (del mundo y hasta de mí mismo) y hacerla feliz. No merecía mi cariño, era muy poco para ella. Aun así, no entendía por qué me empeñaba tanto en que lo tuviera.

Me costaba horrores admitir que Jaime sería el novio ideal para Ainara. Era mejor persona que yo, le regalaría flores y chocolates, citas románticas, le dedicaría canciones, la trataría bonito... con él tendría todo lo que quería y se merecía.

Pero era un egoísta y no podía permitirme dejarle el camino libre sin más. Así que sin darle tantas vueltas al asunto, la llamé. Le pedí vernos esa noche, con la esperanza de que aceptara y así me demostrara que seguía dejando todo de lado por mí. Pero no, no aceptó. Y no me quedó de otra que ir a por ella. Con ese sabor amargo en los labios de no entender por qué me descontrolaba tanto la idea de perderla. Cuando no había sido capaz nunca de tenerla, de sostenerla, de no dejarla caer... Talvez ya era tarde, pero necesitaba intentarlo. No renunciaría a ella esta vez.

Cuando estuve a punto de tocar el timbre de su apartamento, mi móvil vibró en el bolsillo del pantalón. Era un mensaje y de la persona que menos me interesaba saber en ese instante. Pensé en no abrirlo y eliminarlo como había hecho hasta ese momento con todos los anteriores. Porque esto estaba siendo un déjà vu, una historia repetida que conocía perfectamente. Y me había cansado ya de Kailani, del poco amor propio que se tenía, de lo sumisa que era, de todas sus mentiras y su manipulación. Pero esta vez decidí leerlo. Talvez que me haya enviado ese mensaje, justo en el momento que iba a abrir esa puerta, podría significar algo. Una señal quizás. Y vaya que lo fue.

Leí el mensaje y juro que tuve que sostenerme fuerte del borde de la puerta porque sentía que el suelo se movía. Empecé a ver imágenes borrosas mías sosteniendo un bebé en brazos, con mi pelo castaño, con mis mismos ojos saltones y juro que me mareé más todavía. Esto no podía estar pasando. No a mí. Y no en este momento.

ESTOY EMBARAZADA DE TI. He intentado contactarte de todas las maneras posibles, pero te has dedicado a declinar todas y cada una de mis llamadas. Necesito que lo hablemos cuanto antes.

Ese había sido el mensaje. No sabía cómo me hacía sentir eso, aparte de sorprendido. Me senté un rato en las escaleras, ni siquiera fui consciente del tiempo que estuve allí. Saludé a algunos vecinos que subían a sus respectivos pisos, los cuales ya me conocían. Tuve que sentarme y sopesar un poco lo que haría a continuación. Y entonces, tuve que tomar una decisión. Otra decisión.

Qué ironía. Yo, el chico que iba a su aire por la vida, actuando sin medir las consecuencias, aquí estaba tomando decisiones cada dos por tres, que cambiarían el rumbo de mi vida radicalmente. Supongo que a esto es a lo que se refiere la gente cuando habla de madurar. Te pasas el día decidiendo cómo gestionar o manejar diversos aspectos de tu vida, que no solamente te afectan a ti, sino que también pueden haber otras personas implicadas. Poco se habla de que todo esto además de restarte mucho tiempo, resulta muy agotador.

Toqué el timbre y en cuanto me abrió, algo extraño se alojó en mi pecho. Estaba desnuda. Bueeeno, técnicamente iba envuelta en una toalla blanca, que se ceñía demasiado a su bonito cuerpo. Pero yo solo pude imaginar que debajo no llevaba ropa interior. Pensar en eso me aceleró las pulsaciones a 300 por segundo. La conduje hacia su habitación. Le haría el amor, como siempre había querido y nunca me pidió. Le concedería antes de irme, ese deseo. Me detuve a admirarla, a sentirla, a escucharla jadear, gemir mi nombre, besarla, acariciarle su pelo largo, besar sus ojos cerrados... me centré en tocarla a consciencia, para grabármela a fuego en la memoria. Porque esa sería nuestra última vez.

Pensé en irme sin decirle nada. Pero estaba molesto y triste a la vez. La vida me la había jugado pero bien. Bueno, había sido yo quien la había cagado a lo grande. Y por un momento, descargué mi frustración con ella. Quise insultarla, hacerla sentir mal, porque ella estaba ahí, tan liviana, sin enterarse de nada. Y su única preocupación era elegir entre el vestido negro y rojo, para verse guapa para aquel imbécil. No lo era, ya sabía yo que era ningún idiota... pero la rabia y los celos me tenían cegado. No pensaba con claridad y no medía lo que decía.

Le dije que no la quería y fui capaz de ver cómo sus ojos se inundaron de lágrimas. Aun así, mantuvo la compostura y me respondió sin flaquear, su voz seguía estando increíblemente serena.

Me había mentido. Y la conocía lo suficiente para darme cuenta de eso. Cuando mentía se tocaba el pelo involuntariamente y movía las cejas de forma un tanto exagerada. Y justo en ese momento lo estaba haciendo. Yo sabía que me quería, que por su maldito orgullo no lo aceptaría jamás. Pero yo no era nadie para reclamarle nada. Porque yo también le estaba mintiendo. Yo también la quería. Pero no podía hacerla feliz. No después de enterarme que iba a tener un hijo. Con otra mujer. Eso cambiaba todo.

Me complicaba la vida. Y ya que de por sí, para mí estaba siendo bastante jodida. Una señal del destino quizás. Pero era algo que no podía pasar por alto.

Me despedí de ella, y esta vez para siempre. Quise contarle la verdad, que la quería, que fui a verla con la intención de empezar a hacer las cosas bien, pero no pude. Comenzaba una nueva etapa en mi vida, en la que ella no debía ser partícipe.

La conocía, sabía que si se lo contaba, me diría que no pasaba nada, me alentaría a ser el mejor padre y que se mantendría mi lado. Era de las personas buenas, y sabía perfectamente que esa sería su reacción. Pero no quería atarla a eso. Ella merecía conocer a alguien que pudiera darle todo lo que soñaba, quererla bonito, llevarla al altar algún día y tener dos bebés, como siempre quiso.

Sentí un vacío inmenso al cerrar la  puerta de su habitación. Hacerle el amor fue la manera más bonita que encontré de despedirme. Besé con infinita ternura cada parte de su cuerpo. Sabía a gloria. Toda ella. Y supe al irme, cuánto la extrañaría. Quise agradecerle su tiempo y el haber tenido el placer de compartir esos meses a su lado. De permitirme conocerla y apreciar todo lo bonita que es también por dentro. Quise decirle tantas cosas, pero me faltó valor.

No sería capaz de enfrentarme a su mirada triste. No hubiese soportado ver la decepción en sus ojos. Ni tampoco habría sabido qué responderle si me reclamaba algo. No tenía la fuerza suficiente para mirarla y decirle la verdad que me consumía por dentro. Por eso, opté despedirme de ella a mi manera. De la mejor forma que habíamos aprendido a comunicarnos.

La busqué porque tenía las cosas claras, pero de repente todo se torció y se tornaron confusas. Estaba tan cabreado con la vida por habérmela jugado de esa forma. Pero me fui. No sin antes soltarle la misma pregunta que llevaba rato rondando mis pensamientos. Tenía la esperanza de que ella tuviera la respuesta, o que al menos, me impidiera irme, pero no dijo ni hizo nada.

Iba a extrañarla como loco, pero de corazón deseé que encontrara todo lo que soñaba, que se encontrara a ella misma, que es lo que más deseaba. Y nos soltamos. Sin más. Y es que creo que hay amores que no están destinados a estar juntos. O que ella hubiese sido la persona correcta si hubiese aparecido en mi vida en el momento correcto. Antes, mucho antes. 

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