Capítulo 7 Por capricho del destino

25 1 0
                                        

Ainara

Fui inmensamente feliz, hasta que llegó él. Josh, un chico de ojos curiosos y aire bohemio.

El destino caprichosamente quiso que nuestros nombres se cruzaran en las redes sociales. Porque solo éramos eso: un nombre y una foto. No sabíamos nada de la otra persona. Pero desde el minuto uno en que chateamos, el resto sobró. No hacía falta saber nada más. Ni su fecha de cumpleaños, si era más de fresa o de chocolate, de playa o de montaña... o cualquiera de esas tonterías que procuramos preguntar en la primera cita; creyendo así que, tal vez, conocemos un poco más a la persona. <Boberías>

Con nosotros nada funcionó de esta manera. Éramos dos polos opuestos, en todo el sentido de la palabra. No teníamos absolutamente nada en común, nada que compartiéramos. Aun así, decidimos desafiar el destino y conocernos.

Desde el comienzo supe que no le iban los compromisos. Ese era su modus operandi, no complicar las cosas, sin reproches, sin mezclar sentimientos. Nada de protocolos absurdos, ni etiquetas. Y yo no era de esas. Él no lo sabía, pero yo sí. No obstante, acepté. Lo asumí como un reto (internamente) <Pues sí, como ya deben imaginarse, me pierden los retos>

El sexo sin amor, sin que fuéramos "algo serio" era algo que no tenía concebido. Siempre se me había inculcado, que para poder involucrarme en una relación sexual con otro chico, debía estar implicada emocional y psicológicamente con el mismo. Jamás había vivido una experiencia así, y su propuesta me parecía tan novedosa como atrayente. Por tanto, la curiosidad fue más fuerte que mi razón en ese momento y mandé al traste todas las enseñanzas de mi familia. Así fue cómo me metí en la boca del lobo sin saberlo.

Vivimos una historia efímera, pero intensa. Su paso por mi vida fue similar al de un huracán, que llega de la nada y arrasa con todo. La atracción que tenía hacía él era demasiado fuerte. Nuestros encuentros siempre fueron sexuales. No había promesas de por medio. Sin pensar en el futuro, solo vivir el presente. Ese había sido el trato.

Obvio que él jamás supo que para mí nada de aquello tenía sentido. Yo solo acepté porque me propuse algo, y era que se enamorara de mí. Que un día cualquiera me dijera que lo que sentía conmigo, no lo había sentido jamás por nadie. Que sin pretenderlo había caído en mis redes, y que a la frase "sexo sin amor" le sobraba el sin y le faltaba el con. Y al sustituir estas preposiciones, todo cambiaba. Pero esto nunca pasó.

Algo que agradecí en su momento, es que nunca llegamos a celebrar juntos algún cumpleaños, Navidad o días de los enamorados. Hubiese sido muy triste que su recuerdo empañara las siguientes fechas. Tenía el afán de rememorar antes de dormirme cada momento que compartíamos, ya sea una mirada, una conversación, un beso o los revolcones. Era una forma de fijar en mi memoria cada recuerdo suyo, por más tonto que pareciese. Sabía que esos momentos venían con fecha de caducidad y serían esos pequeños recuerdos los que se quedarían conmigo para siempre.

Si tuviera que hablar sobre nuestro momento más bonito, escogería sin dudarlo, la primera cita. Él escogió el punto en el que nos veríamos por primera vez. Irónicamente, fue el sitio más hermoso y romántico que he visto jamás. El sol se escondía en el horizonte, mientras yo lo esperaba agarrada al contén de metal que enmarcaba y protegía los bordes de un puente flotante. Estábamos sobre el mar, el cual estaba en calma y la zona estaba iluminada por muchas y diminutas farolas naranjas. Ahí sí me sentía viviendo mi propia película de romance.

Escogimos ese lugar con la principal intención de colocar entre los bordes metálicos, un candado con nuestras iniciales talladas y arrojar luego la llave al mar, como una forma de inmortalizar nuestro vínculo. Estuvimos un rato sobre el puente, admirando la belleza del lugar y sin poder establecer entre nosotros un diálogo fluido. Me sentía demasiado nerviosa para completar alguna oración de forma racional. Y él estaba igual, el movimiento involuntario de sus piernas, y las repetidas veces que se acomodaba el pelo, delataban la incomodidad que sentía. Sin dudas, fue la cita más bonita de mi vida, la más épica.

Pero era algo vacío, demasiado especial para dos personas que no encajaban juntas allí. 

SERENDIPIA🤍Donde viven las historias. Descúbrelo ahora