Ainara
Pasó el tiempo. Volví a retomar el control de mi vida y tuve que aprender a estar sola. Lo logré, sin dudas que sí. El primer y gran paso que di fue empezar en la universidad.
Opté por Psicología, ya que desde pequeña fui muy curiosa y veía más allá de lo que el resto veía. Me costaba mucho entender el comportamiento humano, el por qué las personas actúan de determinada manera ante cierta circunstancia, y creí estar más cerca de descubrirlo, si estudiaba esta ciencia. Me enamoré también de la idea de poder ser una ayuda para la gente, un alivio para quien necesite calma, un rayito de sol en un día de invierno. Porque sí, no me imaginaba haciendo otra cosa. Siendo tan emocional como lo era, viviendo los sentimientos tan a flor de piel, definitivamente nací para ser psicóloga.
El comienzo en la universidad era algo que me aterraba, en la misma medida que me emocionaba. Debía ingresar a una beca y vivir alejada de mis padres y mi casa que quedaba a cientos de kilómetros. Supuso un gran reto para mí, ya que nunca antes me había alejado de ellos, ni había salido de mi pueblo. Sin embargo, lo asumí como lo que era, un reto ante el que debía crecerme. Y así fue.
El inicio fue muy triste. Bajé varios kilos, a pesar de que siempre me he mantenido bastante estable en mi peso. Casi no dormía de la nostalgia y comía con mucha angustia. Solo quería regresar, dormir en mi habitación y seguir compartiendo con mi familia como antes. Pero yo misma me alentaba y me negaba a hacerlo.
Extrañaba muchísimo a Dylan, para qué negarlo. Y ya no como pareja, sino como mi compañero de vida, de aventuras, el que siempre estaba ahí para escucharme y darme ánimos. Muchas noches reprimí las ganas que tenía de llamarlo. Quise contarle cómo me iba, que nada estaba saliendo como esperaba. Que me hacía mucha falta. Pero nunca lo llamé, era lo mejor para ambos.
Pasaron los días y seguía sintiéndome fuera de lugar entre tanta inmensidad de ciudad y personas desconocidas. Creía que era una pieza redonda en un mundo cuadrado. Hasta que encontré varias piezas redonditas escondidas por ahí. Mis chicas, mis salvadoras. Compartíamos habitación y un poco el dolor que todas sentíamos por estar lejos de nuestros hogares. Así al menos, se sentía más liviano. Pasaron días, semanas, meses hasta que nos acostumbramos tanto a aquella residencia, que hasta la extrañábamos. Queríamos que el fin de semana en casa acabara rápido para volver a vernos y hacer de las nuestras.
Salíamos juntas por ahí, siempre que el estudio nos lo permitía. Conocimos muchos lugares; y degustamos infinidad de platos con sabores desconocidos y con nombres rarísimos. Creamos un sinfín de recuerdos que llevo grabados en mi memoria para siempre. Fuimos cuatro desde el inicio hasta el fin. Cubriéndonos espalda con espalda, llorando y riendo juntas en la misma medida. Fueron, sin dudas, las mejores amigas que me regaló, no solo la universidad, sino la vida.
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SERENDIPIA🤍
RomanceSerendipia. ¿Sabes lo qué es? ¿Has escuchado alguna vez esta palabra? ¿Conoces su significado? La primera vez que escuché a alguien pronunciar este término, (que realmente no puedo precisar quién lo hizo ni cuándo fue) recuerdo que me pareció muy b...
