Capítulo 5 Una luz al final del túnel

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Dylan

Había perdido la esperanza de que alguien se fijara en mí y me viera diferente al resto. Hasta que conocí a Ainara. Ella sí lo hacía. Creía en mí, a ciegas y se había equivocado muchísimo al hacerlo.

Que aceptara ser mi novia después de llevar meses deseándolo, fue la noticia más emocionante del día, del mes, de mi año. No podía creérmelo, y los primeros días a su lado fue inevitable no tener una sonrisa de completo idiota.

Era unos años menor que yo, y a pesar de que era bastante madura para su edad, su rostro aniñado la delataba. Era también muy ingenua, de alma tan pura y bondadosa, que era incapaz de ver la maldad en la gente. Y así me enamoré de ella, de su inocencia, de su timidez, de cómo sus mejillas se sonrojaban cuando la piropeaba, de cómo se mordía el borde de las uñas cuando estaba nerviosa, de lo impaciente que siempre era, de lo juguetona que se mostraba a veces, de lo mucho que nos reíamos juntos, de lo feliz que me hacía.

Recuerdo el día que me propuso tatuarnos nuestros nombres. Perplejo me quedé. Joder, era un tatuaje. Algo que nos marcaría de por vida. Yo no dudé ni un segundo. Tenía clarísimo lo que sentía hacia ella, y aunque aun era muy joven, quería estar a su lado para siempre.

Una noche, mientras me hablaba de sus planes futuros, mencionó el tema de irse a la Universidad. Sabía que ese momento pronto llegaría, y la espera empezaba a ser insoportable. La noté dudosa e inquieta, pero después de mucho insistir se atrevió a contarme lo que la tenía así, con la mirada perdida desde hace unos días. Se estaba replanteando cambiar de carrera, escoger otra para poder estudiar en la ciudad más cercana. No quería viajar hacia la Facultad de Psicología, solo por lo que la lejanía suponía para ambos. Estar alejados tanto tiempo, mantener una relación a distancia resultaba algo completamente nuevo e incierto para los dos.

Iría a la Universidad y estudiaría esa carrera por la que tanto se había sacrificado estudiando. De eso no tenía la menor duda. Yo no sería un impedimento para ella. Jamás hubiera pretendido obstaculizar su futuro.

Pero había alguien que eso no lo tenía tan claro. Su madre, que nunca me vio con buenos ojos, se acercó un día, cuando ya quedaban solo dos meses para que se marchara y me dijo:

Tú y mi hija son muy distintos. Yo no te quiero a su lado. No la harás feliz nunca. Así que, por favor, aléjate de ella.

Abrí los ojos sintiendo un calor intenso en mi interior <A esa mujer nunca le había agradado, pero había terminado por aceptarme en la familia, al ver que no podía hacer nada para separarnos> Apreté los dedos con fuerza. No podía creer lo que estaba oyendo. No reaccioné. No pude negarle nada de lo que decía; porque en el fondo y aunque me costaba horrores aceptarlo, era cierto.

A la mierda el dinero y las clases sociales. Eso quería gritar a todo pulmón. Pero era evidente que los dos pertenecíamos a mundos diferentes. Yo era un completo desastre y no quería hundirla conmigo. No tenía metas ni aspiraciones en la vida. No tenía nada que ofrecerle. Y ella tenía tantos sueños y se le veía tan ilusionada cuando me hablaba de su futuro, que no pude evitarlo. Tuve que tomar una decisión. La más difícil de todas. Pero lo haría por ella. Me alejaría para que fuera feliz.

Quise dejarla tantas veces. Lo ensayé repetidamente, pero cuando la tenía en frente era incapaz de decírselo. No tuve el valor. Y opté entonces, por decepcionarla tanto con mis actitudes que se alejaría ella sola. Irónicamente le daría la razón a su madre, de que se merecía algo mejor que yo. Y me dolía que ni siquiera me hubiese dado la oportunidad de ser mejor persona solo por ella. Su familia me la arrebató, la mía también. Nadie creía en mí, es que ni siquiera yo lo hacía. Me había acostumbrado a que nadie lo hiciese. Solo Ainara me veía diferente.

Pero era por su alma tan ingenua, porque no conocía las mierdas en las que andaba siempre metido. La alejé de mi mundo, la encerré en una burbuja y se lo oculté todo durante años.

No cambié, no lo dejé todo de lado por estar con ella. Y es lo que realmente me hubiese gustado, pero no pude. Estaba tan enganchado a toda la basura que me proporcionaba ese mundo, que no intenté siquiera salirme. En ocasiones sí que fantaseaba con la idea de poder ser el novio ideal, con el que ella soñaba de pequeña; y sopesaba la posibilidad de escabullirme de todo. Pero siempre regresaba, por cualquier razón que yo creía que era justificable.

A medida que el tiempo pasó, las cosas fueron a peor. Digamos que gané reputación entre la banda de mi hermano, y ya se hablaba de mi nombre. No como siempre había soñado, sino por ser el gran hijo de puta en el que me estaba convirtiendo. Me gustaba tener esa fama y no ser conocido como "el hermano de..." Luché por tener mi espacio y lo logré. Y eso me hacía sentir orgulloso. Sin embargo, pensar en la carita de decepción de Ainara si se enteraba, me mataba por dentro.

Era como tener dos vidas paralelas. Para ella yo trabajaba en la construcción o en cualquier oficio que se me presentara. Obviamente haciendo esto no era el mejor novio, ni de lejos. Pero al menos lo intentaba cuando estábamos juntos. Me hubiese gustado demostrarle que éramos el mejor equipo. Que podíamos enfrentarnos al mundo entero, de ser necesario. Y sin embargo, opté por la opción más fácil. Como el gran cobarde que fui.

La dejé plantada en varias ocasiones, le mentí, invalidé sus sentimientos, dejé de prestarle atención, de invitarla a salir, de escribirle mensajes románticos. Dejé de mostrarme afectuoso con ella y la evitaba la mayor parte del tiempo. En fin, que la cagué. Un montón de veces. Pero ella seguía aferrada a la posibilidad de intentarlo hasta que las cosas fuesen distintas. Hasta que un día se cansó de mí, y fue increíblemente doloroso ver la decepción en sus bonitos ojos negros. Jugué tan bien mi papel que dejó de quererme. Y yo me moría cada vez que la tenía cerca.

Joder, me arrepentí en el acto de haberle fallado. De haberle mentido. De haberla traicionado. Porque aunque ella no me merecía, menos todavía merecía el daño que le causé. Me arrepentí tantas veces de todo, que perdí la cuenta. Le pedí perdón en enésimas ocasiones. Intenté cambiar, de verdad, por ella; pero mis intentos fueron en vano. Ya era demasiado tarde. La había perdido para siempre.

Fui un egoísta, que no supo cómo gestionar sus inseguridades. Que me sentía tan pequeño a su lado, que quise minimizarla y emparejarla conmigo; pero no me lo permitió. Rompió con la relación y a los pocos días, se recompuso y volvió a iluminar a todos con su sonrisa tan bonita. Y yo fui un jodido cabrón con ella. No pude con tanto.

Le enseñé lo peor de mí. Lo que ella no se merecía conocer por parte de nadie. Le demostré que estábamos mejor separados. Y me sentencié a buscarla en otros cuerpos, en otros rostros, en otros labios, en otras sábanas. No podía sacármela de la cabeza. Me follaba a otras pensando en ella. Y me hervía la sangre al imaginar que otras manos la tocaran. Pero me tocó resignarme, después de entender que ya no había nada que pudiera hacer para enmendar mis errores.

Fallé en mi decisión de alejarla. Quise salvarla de mí, de mi mundo, de mis mierdas; y terminé ahogándome yo. Ella era mi pedacito de cielo entre tanto infierno que me rodeaba. Fue la luz al final del túnel, esa que veía mientras soñaba y me despertaba justo antes de llegar a ella. Me quedaría con su nombre tatuado en la piel y en el alma. Jamás podría olvidarla, porque Ainara sería mi primer y único amor, en esta vida y en las que vengan después. Esa fue mi condena, lo que tuve que pagar por romperla.

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