Pero como dije anteriormente, la historia era "casi" irreal. No podía ser perfecta. Nada en este mundo lo era.
Un día las cosas empezaron a fallar. Él me empezó a fallar. Llegaron las mentiras, pero llegaron para quedarse. Se repetían una y otra vez. Se acostumbró a pedirme perdón y que siempre lo perdonara. Dejé de entenderlo. Dejé de ver en sus ojos lo que inicialmente me transmitía. Todas sus verdades se convirtieron en dudas. El amor seguía, pero lo empañaban otras cosas: los miedos, las inseguridades, los fantasmas. Empecé a ver una parte suya que hasta el momento desconocía. Y todo en mí comenzó a cambiar. Dejé de mirarlo embelesada por las noches. De esperarlo con la luz encendida para poder dormir. De extrañarlo. Dejé de necesitarlo, y cada día empecé a quererlo un poco menos. Todo ocurrió lento. Tal vez por eso, no sufrí tanto cuando acabó.
Pero para él no fue así. Nada fue así. No vio las señales, o tal vez no las quiso ver. Creyó que me inventaba excusas para romper con lo nuestro. Que solo eran exageraciones mías, que tenía solución, que no era para tanto. Pero llegó muy tarde. Ya no quería volver a intentarlo. Me había sanado de él. Lo había llorado demasiado y había terminado por resignarme. Me alejé sin hacer ruido, sin zapatos y en puntitas, para que no escuchara mis pasos. No tenía ganas de seguir luchando por salvar algo que estaba irremediablemente roto. Y que no rompí yo.
Tardó un tiempo, pero al final lo aceptó. Me pidió perdón una y mil millones de veces, arrepentido de verdad. Pero todo ocurrió tan lento, que no fui capaz nunca de sentir rabia ni odio hacia él. Solo dolor. Me dolía romper lo que habíamos construido juntos, romper nuestra historia que había sido tan bonita y tan perfecta a los ojos ajenos.
Dolor porque ya no seríamos "A&D" nunca más. Porque todas las promesas que nos hicimos se quedaron en el aire; y sería en otros brazos que las cumpliríamos. Le deseaba la mayor felicidad del mundo. Se la merecía, eso nunca lo dudé. Merecía triunfar y enseñarle al mundo su talento. Merecía cumplir sus sueños, aunque no fuera yo quien lo acompañara de la mano llegado ese momento.
Había vivido una fantasía, una burbuja ilusoria que explotó. No nos quisimos bien, ni llegamos a conocernos a ciencia cierta. Había partes de mí que desconocía, que incluso yo desconocía. Y él no había sido capaz de ver más allá. Pero yo tampoco supe hacerlo.
No solo fue su culpa. Yo dejé de emocionarme a su lado con las pequeñas cosas. Dejé de decirle "te amo" porque siempre defendí la idea de que son palabras que encierran mucho sentido y significado para quien las pronuncia. Por tanto, no deben ser dichas a la ligera. Y aunque tardé nueve meses en decírselo por primera vez, un día cualquiera dejé de hacerlo. Lo sustituí por un "te quiero" que para mí carga menos intensidad, menos sentimiento. No era consciente de esto en el momento, pero tampoco podía ser hipócrita. Ni siquiera pensaba en ello. No creía necesario decirle que lo amaba; pero sí que lo era, porque él sí me lo decía y muchas veces al día. Obtenía como respuesta un "yo también" o simplemente me hacía la que no lo escuchaba.
Con el tiempo dejamos de celebrar nuestros aniversarios y pasaban como un día más. Los recordábamos dos o tres días después. Dejamos de regalarnos detalles y momentos bonitos, de enviarnos cartas, de hacer cosas juntos. Dejé de interesarme por sus planes, por sus sueños y me centré en cumplir los míos. En los cuales dejé de incluirlo.
Las relaciones sexuales también empezaron a fallar. Cada vez eran menos frecuentes. Llegaron las excusas, los pretextos, las disculpas. Fuimos perdiendo la intimidad que al inicio creíamos tan especial. Todo se volvió gris. El tiempo, las tensiones y los problemas cotidianos nos pasaron factura. Perdimos la magia. Y todo acabó.
La costumbre hizo mella en nuestra relación. Fue una inquilina que se alojó dentro y no supimos cómo batallar contra ella. Llegó para quedarse y nos rompió. O eso me gusta pensar cuando intento buscar culpables. Pero es que quizás la culpa no fue de nadie. O puede que de los dos. No lo sé, pero ¿qué más da? Ya no importa.
Sin embargo, yo me quedo con la idea de que fuimos personas correctas que necesitaban encontrarse, cumplir una función en la vida del otro, enseñar(nos) algo. Y después soltarnos, dejarnos ir. El tiempo se encargó de separarnos, de poner a cada uno en su sitio.
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SERENDIPIA🤍
RomanceSerendipia. ¿Sabes lo qué es? ¿Has escuchado alguna vez esta palabra? ¿Conoces su significado? La primera vez que escuché a alguien pronunciar este término, (que realmente no puedo precisar quién lo hizo ni cuándo fue) recuerdo que me pareció muy b...
