Todas las noches antes de dormir me imaginaba a mi príncipe azul: rubio, alto, ojos azules e increíblemente guapo. Sí, algo típico, pero culpemos a las películas de Disney por ello. Recreaba la escena cliché que nos mostraban en las pelis: tropezábamos en la escuela, mis libros caían al suelo, pedíamos perdón a la vez por haber sido tan torpes, me ayudaba y sujetaba mis manos sin querer, hasta que sus ojos se encontraban con los míos y nos quedábamos mirando embelesados. Todo sucedía en cámara lenta, y sonaba una melodía romanticona de fondo.
Soñaba con un flechazo, pero este nunca llegó. Sin embargo, sí que había un muchacho.
En una ocasión, comencé a fijarme en un chico que conocía desde hacía tiempo. Siempre habíamos vivido en el mismo vecindario, pero nos movíamos en círculos completamente distintos. Hasta que empezamos a tropezarnos en el camino más seguido que de costumbre.
No era uno de esos que van por ahí robando suspiros, pero tenía algo, algo que me atraía. Ni siquiera se ajustaba al prototipo que siempre me había imaginado. Era muy alto <eso sí>, unos años mayor que yo, moreno y delgado. Sus rasgos eran masculinos y desprendía fuerza, ilusión, ganas de comerse el mundo.
Un día, sin más, nuestras manos se juntaron y se sostuvieron tan fuerte, que demoraron años en soltarse. Con él experimenté muchas primeras veces. Los nervios del primer beso. La ilusión del primer amor. Porque sí, me enamoré de él, perdidamente. Mi primera relación sexual y la torpeza que la acompañó. Mis primeros celos, las malditas mariposas. Le compartí mis miedos e inseguridades y me besó levemente cada uno de ellos.
Todo empezó como una simple y bonita amistad. Estuvimos frecuentando los mismos sitios ya que teníamos varias amistades en común. Recuerdo que, en un inicio me parecía un chico muy agradable y simpático. Pero con el paso de los días se despertó en mí la necesidad de tener algún contacto físico con él, un mínimo roce, sentir una caricia suya.
Tenía 15 años y aun no había dado mi primer beso. Esperaba ese momento con ansias y deseaba que fuera con él. Después de muchos nervios resultó ser desastroso. No puedo olvidar esa noche <jaja ojalá pudiera>
Recuerdo que su aliento era fresco y excitante, olía a menta. Se acercó con suavidad a mí, me sostuvo la nuca y se acercó levemente. Primero me dio un beso corto en los labios, casto, casi imperceptible. Tanto, que no sabía si lo había hecho para romper el hielo o había sido yo la que me lo había imaginado. Siempre creí que al llegar este momento, solo debía cerrar los ojos y dejarme llevar. Pero no. Ahí estaba yo con los ojos más abiertos que un búho, sin saber qué hacer. Introdujo su lengua y cuando rozó la mía se me encogió el estómago. Jamás había sentido una sensación similar. Aquello estaba lejos de ser asqueroso, pero de que era raro y completamente desconocido para mí, sin dudas lo era. Y yo no supe qué hacer con la mía, me quedé inmóvil, pero en sentido literal. No podía mover mis labios, mucho menos mi lengua inexperta. No sabía cómo hacerlo, y la vergüenza de hacer el ridículo me carcomía por dentro.
Se separó de mí con la misma suavidad que se había acercado, y me besó en la frente.
⁃ "No pasa nada nena, aquí estaré para repetir esta primera vez hasta que sea suficiente".
Supe lo que quiso decir sin necesidad de que dijera más. Desde ese día era mi novio, pero desde hace unos meses atrás se había convertido en mi mejor amigo. Conocía el miedo a fracasar que tenía, la necesidad de tenerlo todo bajo control y mi habilidad para evitar situaciones embarazosas. Así como también, que sobrepensaba las cosas demasiado y esta escena me la había imaginado cientos de noches antes de dormir. Le agradecí con la mirada su comprensión, me puse de puntillas y me atreví a besarlo, disipando la tensión que me embargaba. Fue uno rápido, pero mi atrevimiento lo sorprendió.
Se rió y me tomó de la cintura. Y nos dimos nuestro segundo primer beso. Cerré los ojos esta vez, dejé que me guiara y me atreví a seguirlo. Imité sus movimientos y profundizamos el beso. Y fue perfecto. Era adictivo sentir la calidez de su lengua junto a la mía.
Decidimos formalizarnos como pareja, jugárnosla a ver qué pasaba. Aprender a querernos diferente, después de que se había despertado entre nosotros la pasión del deseo. Descubrirnos, y aceptar lo que encontráramos en el camino.
Me enamoré de su voz, porque cantaba como los dioses, y de cómo yo era la musa de todas sus canciones. De esos simples momentos en los que nos sentábamos de noche en la azotea, él con un cigarro entre sus dedos y yo en su regazo. Me encantaba escucharlo tararear alguna melodía que inventaba y escribía en el aire. Observarlo mientras componía llegó a convertirse en algo rutinario entre nosotros, pero a la vez, muy íntimo y especial.
Buscaba una relación profunda, duradera y exclusiva con una sola persona; y él se convirtió en la persona ideal para mí. Sabía, a pesar de mi poca experiencia, que las relaciones en la adolescencia tendían a ser poco duraderas; y me indignaba muchísimo ver lo reemplazables que éramos las personas. A pesar de eso, yo estaba obsesionada con vivir un amor de pingüinos, una relación para toda la vida. Y Dylan era el candidato perfecto.
Construimos una historia mágica, casi irreal. Nos tatuamos sin tinta infinidad de risas, de ilusiones, de momentos compartidos. Incluso, nos tatuamos con tinta, no las iniciales, sino nuestros nombres con todas sus letras. Fue una locura adolescente <Es obvio, lo sé> Pero la mayor locura que hice por amor, y de la que no me arrepentiré nunca; porque sé que si regresara en el tiempo lo volvería a hacer, una y otra vez. Porque el primer amor es así. No entiende de lógica ni de razones. Y el mío así fue: impulsivo, emocional, visceral, con mucho sentimiento de por medio.
El tiempo hizo que creáramos un vínculo demasiado fuerte, una conexión brutal. Dylan me conocía como nadie. Era yo sin miedo a parecer idiota con mis ideas sin sentido <Porque sí, las preguntas curiosas no me abandonaron nunca. Mis teorías un poco absurdas y la lógica que intentaba encontrarle a todo, eran parte importante de mí>
Y yo, lo conocía mejor que a cualquier otra persona. Sin embargo, siempre supe que no era del todo él, que escondía muchas cosas bajo su mirada. Muchos miedos a los que no les ponía nombre. Inseguridades que no me contaba. Y a veces sentía que, estando a mi lado estaba a kilómetros de mí.
ESTÁS LEYENDO
SERENDIPIA🤍
RomanceSerendipia. ¿Sabes lo qué es? ¿Has escuchado alguna vez esta palabra? ¿Conoces su significado? La primera vez que escuché a alguien pronunciar este término, (que realmente no puedo precisar quién lo hizo ni cuándo fue) recuerdo que me pareció muy b...
