Capítulo 16.

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Caminaba de un lado a otro por la sala. La noche se asentaba, una suave lluvia caía sobre la cabaña y Zack, aún no había llegado. De vez en cuando Debby echaba una mirada precavida hacia las escaleras que dirigían al ático.

Había llegado a Lutsen con una evidente depresión, que podía producirle cualquier tipo de alucinaciones, pero lo que había vivido en esa casa superaba sus expectativas. No creía que su cerebro fuera capaz de inventar sensaciones tan vividas: el rodar de las canicas, el roce cuando colgaba de la ventana del ático, la caída del cuadro ubicado sobre la chimenea, el revoloteo del pájaro...

Pensaba y pensaba sin descanso, algo debían tener en común esas situaciones. Para ella, nada pasaba por casualidad. La misteriosa sombra que veía en las fotos de aquel chico tenía que estar relacionada con esos hechos. Todo era confuso y terrorífico, pero no estaba dispuesta a que volvieran a echarla a patadas de algún lugar. En esa ocasión, llegaría al fondo del asunto. No se dejaría dominar por miedos irracionales.

Se quedó parada frente a las escaleras, con las manos apoyadas en la cintura y la mirada fija en la puerta cerrada del ático.

—No me iré —dijo, en el preciso instante en que Zack abría la puerta de la cabaña.

Él observó su postura y miró hacia las escaleras con el ceño fruncido.

—¿Con quién hablas? —preguntó, pero ella lo ignoró y se acercó a él, aún con las manos en la cintura y el rostro serio.

—¿Por qué tardaste tanto? Me dejaste sola con esos hombres peligrosos rondando la cabaña.

—Nadie estaba cerca —notificó con sequedad, cerró la puerta y se dirigió al refrigerador.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Lo estoy y punto.

Ella emitió un bufido de hastío y lo siguió para continuar con el interrogatorio.

—¿Quiénes eran?

Él se giró y le apuntó la cara con un dedo acusador.

—Un problema que tú trajiste.

Debby quedó muda e inmóvil mientras él le daba la espalda y abría el refrigerador para sacar una botella de agua. Sabía que Zack no le daría respuestas con facilidad, era un hombre hermético. Tenía que darle algo a cambio.

Cruzó los brazos en el pecho y comenzó a mecerse de un lado a otro. Su rostro abandonó la apariencia altiva para proyectar la vergüenza y la pena que tenía tatuada en el alma.

—Mi esposo me traicionó. Desde siempre lo ha hecho. —Zack la observó con irritación. Sus oscuros ojos se clavaron en ella—. Me hacía la desentendida con la esperanza de salvar mi matrimonio, hasta que él se cansó del juego y me escupió la verdad en la cara.

Ella tenía la mirada en el suelo, eso aumentaba la cólera en Zack, que hacía un gran esfuerzo por mantener la boca cerrada.

—No quería seguir con la mentira, me dijo que necesitaba reiniciar su vida. Para eso... yo tenía que irme.

Los ojos de Zack estaban inyectados de sangre. Apretaba el botellín de agua como si se tratara del cuello del idiota del que hablaba la mujer. Debby alzó los húmedos ojos hacia él, miró por unos segundos su rostro tenso.

—Ahora tú.

Zack se irguió y dejó la botella de agua sobre la encimera.

—¿Quieres hacer de esto una terapia de autoayuda? Yo no juego —dijo mientras se dirigía a su habitación. Ella se desesperó. No podía seguir sin respuestas, sumida siempre en intrigas.

—¿Estás muerto? —Él quedó paralizado. Segundos después, se giró con una lentitud pasmosa. Su rostro se tensó aún más y su mirada se volvió amenazadora.

—¿Qué dices?

Ella dudó. Era un absurdo lo que decía, pero eso logró que él le dedicara de nuevo su atención.

—Eres el niño de la fotografía, ¿cierto? El hijo de los Kerrigan que murió. —Ella sabía que lo expuesto no tenía ningún tipo de lógica, pero de alguna manera tenía que obligarlo a confesarle algo.

Al contrario de lo que imaginaba, la reacción de Zack a sus estúpidas preguntas fue diferente. Su postura se relajó y la miró con una tierna condescendencia. Se acercó a ella y le tomó la cabeza con las manos, hundiendo los dedos en sus cabellos.

—¿Te parece que el hombre que te desnudó esta mañana estaba muerto?

Las órbitas de los ojos de Debby se ampliaron, al mismo tiempo que su corazón. Zack se inclinó y la besó con efusividad. Acariciaba cada rincón de su boca con la lengua. Se degustaba con su sabor y con su inocencia.

—Las manos y los labios que te acariciaron, ¿te parecieron fantasmales? —le habló a milímetros de sus labios. El cuerpo de Debby se alió con las pretensiones del hombre. Se amoldó a la perfección cuando él la apresó entre sus brazos, estremeciéndose con el roce de su piel.

Zack le tomó una mano y la frotó sobre su miembro hinchado.

—¿Crees que un muerto puede ponerse así cada vez que te ve? ¿Cada vez que estás cerca, escucha tu voz o siente tu aroma?

Ella gimió. Los labios de Zack comenzaron a besarle con frenesí el cuello, al tiempo que sus caricias se metían por debajo de su blusa.

La guió hasta la mesa mientras se encargaba de sacarle la camisa. Le miró los pechos con lujuria antes de quitar de su camino el sujetador.

—Maldita sea, eres hermosa. No puedo controlarme —gimió al encerrar sus senos entre las palmas y masajearlos. 

Debby se sentía abrumada al verlo satisfacerse con su propio cuerpo. El deseo le nublaba el entendimiento. Nunca imaginó que podía lograr eso en un hombre.

Zack volvió a besarla, con urgencia, mientras sus manos se desesperaban por deshacerse del pantalón deportivo de la mujer y su ropa interior.

—Sí, me asesinaron, pero ni siquiera la muerte me quería.

Al tenerla desnuda la sentó en el borde de la mesa y le abrió las piernas devorando con la mirada su sexo expuesto.

—Por eso, estoy aquí. Vivo. Frente a una de las criaturas más bellas de la tierra.

Debby gemía, no podía hacer nada más. La pasión se había apoderado por completo de sus acciones. En pocos segundos Zack se quitó la camisa y se bajó los pantalones. Ella amplió los ojos al verlo tan excitado y ansioso por anclarse en su interior.

—Olvidemos por un rato, Deborah. Piensa solo en mí. Dame la vida que necesito.

Sin más dilataciones se hundió en ella en medio de jadeos y estremecimientos. Los besos y abrazos se intensificaron y las caricias rodaron por las pieles húmedas y erizadas. La cabaña adquirió de pronto, un agradable calor, que le daba más poder al fuego abrasador que los consumía.

Ella se recostó en la mesa. Su cuerpo se arqueaba ante las profundas acometidas de él. Zack la observaba enfebrecido. Le fascinaba verla rendida, entregada en cuerpo y alma. Un poderoso sentimiento de pertenencia le otorgó más ímpetu.

Al quedar embriagados por el placer, se dejaron llevar. El culmen los ahogó en la dicha y los volvió ajenos a sus cuerpos, exprimidos y sin fuerzas, pero con una sensación de satisfacción indescifrable.

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora