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11. Julia y José

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El segundo fin de semana que fuimos a ver a Nick, solo fuimos los chicos y yo. Cuando llegamos a la habitación nos encontramos allí con los padres de Roberto. Se les notaba que era gente de pueblo, eran educados pero con nivel cultural medio - bajo.

Sus padres eran hombres de campos. Tienen una pequeña granja de animales: ovejas, cabras y un par de vacas. Su padre se llama José y tiene la piel curtida por los años al sol. Se le notaba que era mayores para tener un hijo tan joven, estarían entorno a los sesenta y cinco años. Debieron a tener a Roberto a muy avanzada edad. Su mujer que tendría entorno a los sesenta se llamaba Julia. Roberto era el pequeño de seis hermanos: tres chicas y dos chicos, todo ellos muchos mayores que él. Fue el hijo tardío, que ya nadie esperaba. El único que todavía permanecía en casa con ellos, ya que el más pequeño de los mayores se acababa de casar en ese año. Su madre era una mujer bajita y algo regordeta. Muy dispuesta no paraba quieta, que si colándole la ropa, que si estos papeles tendrían que estar en un cajón, que si esta cama no esta bien hecha, que si déjame que te ahueque la almohada, hasta tenia aguja e hilo en el bolso y le estuvo remendando un par de calcetines y unos botones del pijama que decían que estaban sueltos. Luego se fue al baño y estuvo un rato no se que haría allí. Mientras su marido nos relataba el susto que les había dado, el pequeñajo como el le llamaba cariñosamente.
- ¡Que susto nos dijo el pequeñajo! - comenzó a decir José
- Papa, no me llames así. - le replico Roberto
- Cuando llegue y te encontré inconsciente en el suelo. Llevaba como una hora allí tendido. Yo estaba dando de comer y limpiando a los animales y cuando llegue al granero. ¡Dios mío!

El hombre estaba a punto de echarse a llorar.
- Venga papa, no sigas. - pero el hombre siguió
- Un par de días antes se había caído por el peso una parte del altillo que tenemos, yo no había tenido tiempo de arreglarlo. Ya estoy mayor y me canso más rápido que antes y mi hijo por quitarme trabajo, se puso a arreglarlo al salir del instituto. Con tan mala fortuna que una de las maderas estaba podrida y al pisarla cedió bajas sus pies y se vino abajo. Cuando llegue estaba todo ensangrentado la cabeza, las manos, las piernas, se las había arañado con los restos de las maderas rotas. No os podéis imaginar que angustia no sabia si moverlo si dejarlo ahí e ir a buscar ayuda. ¡Maldita sea! Porque votaría yo en contra de poner una antena de móviles en el pueblo. La casa estaba al otro lado de la finca, tarde casi media hora en llegar para llamar a los médicos. Me dijeron que no le tocará. Volví con el hasta que llegaron los médicos, tardaron casi una hora en encontrar el sitio. Roberto, ya se había despertado, pero no hacia mas que desvariar. No he pasado más angustia e impotencia en mi vida. Miento, no se si fue peor o igual cuando me dijeron que tenia dañada la medula y que tenían que operarle. Menos mal que dimos con un buen hombre Un doctor no recuerdo su nombre. ¿Cómo era hijo? - no espero respuesta - Algún día voy a tener que volver al hospital para agradecerle todo lo que hizo. No solo por el increíble trabajo que hizo con mi hijo. Ese era un hombre honrao y buena persona. ¿Cómo se llamaba?
- Doctor Martín. - le respondió Roberto.
- Eso es, el doctor Martín del hospital Virgen del Rocío de Sevilla.
- Ángel Martín. - dijo Nick
- Un ángel de hombre. Lo conoces hijo mío. - le dijo a Nick
- Si es el padre de estos chicos. - añadió Nick
- ¿Vuestro padre? Darle las gracias. Julia has oído eso.
- Si lo he oído. La próxima vez que vengamos os vamos a traer un regalo para el. Por lo bien que no trato y la paciencia que tuvo con nosotros. - dijo Julia
- No hace falta que le regalen nada. Solo estaba haciendo su trabajo. - dijo César.
- No, no todos son como tu padre. En urgencias nos trataron fatal. Nadie nos contaba nada y cuando lo hacían, usaban una palabra pa gente culta y no para gente de pueblo como nosotros. En cambio vuestro padre, nos lo explico estupendamente. Nos dio mucha tranquilidad. Se lo contareis a vuestro padre.
- Claro no se preocupe se lo diremos. - le conteste
- ¡Que chica más buena! Eres como tu padre. Cuida muy bien a Nick. Él te necesita y aunque no siempre te lo diga, le haces muy feliz solo con tu presencia aquí. Los hombres no dicen esas cosas. Pero se le ha iluminado la cara al verte. -me dijoJulia, miré a Nick. Y el me devolvió una sonrisa.
- Gracias.
- Hijo mío, a ver si aprendes y eliges bien.

Casualidades de la vida apareció Clara por allí. Entre estos dos había algo. Siempre estaban juntos, donde iba uno, iba la otra.

- Hola, no sabia que estaban aquí tus padres. ¿Venia a ver si os bajabais? Luego más tarde nos vemos. - dijo Clara un poco cortada por la situación
- ¿No, nos la vas a presentar? Hijo mío
- Ella es Clara. Una compañera.
- Eres una chica muy guapa. Esta es el tipo de chica del que te hablaba.
- ¡Mama!

Decidimos dejarlos solos e ir a dar un paseo por el jardín. Nos sentamos al lado la piscina que se estaba fresquito. Al igual que la semana anterior Nick nos contó sus avances en esa semana.
- ¿Cuántas veces haces ya seguidas en ejercicio de la semana pasada? - le pregunté
- Unas quince o así. Ahora lo vamos combinando con otro ejercicio el que había que llevar la cadera a un lado y al otro. - nos contó
- Y ¿Qué tal? ese tiene que ser más duro
- Al principio era capaz de bajar la cadera hasta llegar al suelo, pero era horrible tener que volver a subir, si no llega a ser porque Mario nos ayudaba al principio no hubiéramos sido capaces. Ahora ya soy capaz de hacerlo solo, cinco veces a cada lado, en cada serie.
- ¿Qué más ejercicios hacéis? - le preguntó Luis
- Sobretodo ejercicios con los brazos y con las muñecas. Tenemos que fortalecerlas, porque son las que nos permiten suplir el moviendo de las piernas. También hacemos bastantes abdominales para fortalecerlos, y vienen muy bien para la espalda.

A pesar de que hablaba con Nick todos los días por teléfono, siempre me quedaba la cosilla de que no me contaba toda la verdad. Me daba la sensación de que edulcoraba sus vivencias un poco. Los días que me decían que habían sido durillos, podía notar en su voz que lo habían sido de verdad. Estaba cansado y su voz temblaba a veces, como si estuviera apunto de llorar. Conforme pasaban el tiempo más lo echaba de menos. Para mí, todo era lo mismo, iba a los mismos sitios, y notaba su ausencia a cada paso. A veces incluso, mi madre tenía que obligarme a salir aunque fuera a comprar con ella.

Un alto en el camino [Finalizada]¡Lee esta historia GRATIS!