Capítulo 12.

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Al regresar a la cabaña, Debby preparó un almuerzo sencillo. Luego de comer dejó servido en la mesa la parte que le correspondía a Zack y se encerró en su cuarto. Ya había limpiado toda la casa, no tenía nada que hacer. Ahora, se hallaba en la situación que había querido evitar desde que llegó a la casa: quedarse sin responsabilidades.

La falta de quehaceres le otorgaba a los recuerdos la posibilidad de trastornar de nuevo a su afligido corazón. En Mineápolis tenía a su trabajo para ahogar las penas, en Lutsen, en cambio, se sentía desarmada. Nada la protegía de los ataques depresivos que en los últimos meses la estaban invadiendo.

Lloró por horas, abrazada a la almohada. Maldecía su testarudez, su ignorancia y su falta de malicia. Siempre tuvo en mente ser la "chica buena" y la "esposa ideal" de un hombre que desde el principio, nunca le había prometido amor... ni siquiera recuerda la última vez que él le había dicho "te amo", si es que alguna vez se lo dijo, o al menos, un "eres maravillosa".

Pasaron las horas, hasta que comenzó a sentir repulsión de su aflicción. No podía seguir llorando como una idiota. Se enjuagó la cara en el baño, se cambió de ropa y salió a la cocina con el rostro hinchado. Allí encontró a Zack, apoyado en la encimera cortando tomates y cebollas en rodajas. Ella ocultó una mueca de desagrado al verlo. Por su rostro abatido él se daría cuenta de su sufrimiento y no quería eso. Fue a refugiarse a una casa abandonada justamente, para esconder su dolor. No quería tener más testigos de su desdicha.

Con el rostro serio caminó en dirección al refrigerador y sacó un botellín de agua.

—Hoy me tocó preparar la cena —comentó él con voz cortante y sin apartar su atención de las hortalizas.

—No era necesario.

—Claro que sí —expuso con sequedad—. Usted ha limpiado toda la casa y ahora, debe salir a comprar los víveres. Yo tengo que encargarme de algo.

Ella lo observó apoyada en una segunda encimera. Lo repasó de pies a cabeza detallando su ancha espalda, sus nalgas abultadas y sus piernas. Su pie se encontraba en mejores condiciones, ya no cojeaba.

—No tengo nada qué hacer. Necesito una distracción. —Tomó un sorbo de su bebida con la mirada puesta en las estrechas caderas del hombre sin poder evitarlo. Él le atraía—. Quizás, mañana limpie el ático.

Zack se giró de manera imprevista y alzó las cejas al notar cómo ella lo observaba. Debby se ruborizó y le dio la espalda. Se reprendía internamente por su comportamiento adolescente.

—Haga lo que quiera —dijo el hombre de mala gana, y se dirigió al fregador donde tenía las hojas de lechuga en remojo—. Vaya al bosque y pode cada árbol que se atraviese en su camino, o póngase a restregar las piedras de la montaña —expuso mientras unía, con movimientos toscos, las hortalizas en un bol y las aderezaba con aceite, sal y pimienta—. Si me lo pide, puedo buscarle algunos perros callejeros para que se pase las horas sacándole las pulgas.

Las quejas de Zack sorprendieron a Debby. Ella se giró para observar cómo el hombre abría con irritación el horno para sacar de allí una bandeja con rodajas de pan tostado que distribuyó con enfado en dos platos.

—Solo hágame un favor. —La mujer amplió los ojos al ver que él tomaba un cuchillo y la señalaba con la filosa hoja—. Deje-de-llorar.

Ella se quedó de piedra mientras él la traspasaba con una mirada desafiante. Luego, Zack se dirigió al refrigerador para sacar una pieza de jamón serrano y la colocó con brusquedad sobre la encimera con intención de cortar algunas lonjas.

Los ojos de Debby se llenaron de lágrimas. Sentía que la vergüenza la haría expulsar sangre por los poros.

—Ese... miserable no se merece sus lágrimas —argumentó Zack entre dientes, al tiempo que emplataba la cena y guardaba lo utilizado.

—¿Cómo... sabe... qué...? —tartamudeó ella avergonzada.

—¡¿Cree que no la escucho llorar?! —exclamó con enfado— ¡¿Suplicar perdón a un retardado con problemas en la vista?! ¡Sus gimoteos se deben escuchar hasta en Canadá!

Un par de lágrimas de vergüenza escaparon de los ojos de Debby, pero las limpió con una mano y endureció el rostro. Era suficiente la humillación que había recibido. No estaba dispuesta a soportar más reclamos.

Zack suspiró hondo al ver cómo ella luchaba por controlar el dolor. Cerró los puños y apretó la mandíbula por su falta de tacto.

—Lo siento... yo...

—No se preocupe, tiene razón. Le prometo que no volverá a escuchar mi llanto —prometió en medio de quejidos.

Zack volvió a llenarse los pulmones de aire y apoyó los puños en la cintura. Observó con furia las maderas del suelo por un minuto, antes de dirigir su mirada abatida hacia ella.

—Puedo jurar que tiene una sonrisa hermosa. —Sus palabras sobresaltaron a Debby y le alborotaron cientos de mariposas en el estómago—. Haga uso de ella. Estoy seguro que le dará a esta casa el brillo que hace años perdió.

Después de decir aquello, se retiró a la habitación con su cena en la mano. Ella no se pudo mover por mucho rato, tenía un torbellino de sentimientos desatado en el pecho. La rabia, la vergüenza, el dolor y hasta la alegría, reclamaban su dominio.

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora