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Lo supe desde el mismo instante en que ocurrió, sabía que mi vida nunca volvería a ser la misma. Esa insignificante hora, había puesto al revés mi mundo. Esa charla había conseguido que encontrará el rumbo de mi vida. Ese que llevaba años esquivando, convenciéndome a mí misma de que era una locura y algo inalcanzable, pero que en tan solo una hora, se había convertido en mi realidad.

Pero no nos adelantemos, esa semana era la última de instituto. Estaba a punto de cumplir los dieciocho y tenía que tomar la decisión. Esa que todos mis compañeros habían tomado desde hacía tiempo. Todos tenían planeada su vida a partir del año siguiente, todos menos yo. La mayoría seguiría estudiando en la universidad, eran pocos los que cada año optaban por ir a trabajar como aprendices en los oficios de la colonia.

Esas dos eran las dos únicas opciones en mi colonia, lo único que no estaba permitido era no hacer nada. Desde pequeños, sabíamos que teníamos que ser útiles para la colonia, para eso habíamos sido educados. Rara vez, alguien optaba por aventurarse fuera la de la colonia. Supongo que eso también formaba parte de nuestra cultura, nos habían inculcado la idea de que no podíamos encontrar nada fuera que no pudiéramos encontrar allí. Pero lo cierto es que había muchas cosas que en nuestra colonia, no podíamos hacer. Sobretodo trabajos relacionados con el ocio. El ocio estaba bien visto para el tiempo libre, pero no como trabajo.

Mi destino estaba escrito, no era un secreto que me encantan las ciencias, lo llevaba en la sangre, mi padre ahora y antes mi abuelo dirigieron el centro de investigación de mi colonia. Todos pensaban que yo sería la siguiente en hacerlo. La verdad es que el centro científico es como mi segundo hogar, cuando era pequeña era mi sala de juegos. Solo me faltaba elegir la especialidad, lo cierto es que me gustaban todas, pero ninguna de ellas me gustaba por encima de las demás. Cada verano desde que tenía diez, había estado haciendo prácticas allí, primero con mi abuelo y cuando él murió junto a mi padre.

Durante el último mes habían pasado por nuestra aula un sinfín de lo que llamamos "Expertos", en muy diversos ámbitos. Habían pasado médicos, profesores, ingenieros y técnicos en mecánica, habían venido expertos en agroalimentación y biocultivos y no se cuantas especialidades más. Todos ellos nos contaron sus experiencias, como era su trabajo y como colaboraban en el buen funcionamiento de la colonia.

Pero el día 23 de junio del año 2316, fue diferente. Vinieron a darnos una charla dos personas, ataviadas de forma rara, distinta de lo que estábamos acostumbrados. Estaba claro que no eran de la colonia. En nuestra colonia todos vestimos igual, con un traje de una única pieza en color azul, realizado con tejidos sintéticos, mezcla de fibroína sintética, parecida a la fibra de seda de las arañas, flúor y cloro. Lo que lo hace muy resistente y a su vez nos permite aislarnos del frío regulando nuestra temperatura. Pero esas ropas eran distintas, no podía reconocerlas, era de un tejido desconocido para mi. Aunque no solo el tejido las diferenciaba, también la forma y el color. Su trajes son de dos piezas. No sé como explicarlo, era como si hubieran cortados nuestros monos por la mitad a la altura de la cintura. Algún tiempo después descubriría que sus nombres eran pantalón y chaqueta.

El hombre mayor tendría algo más de cincuenta años, fue el que comenzó la charla. Su pelo canoso y sus penetrantes ojos marrones, le daba un aspecto de seriedad.
—Hola a todos, gracias por acogernos y darnos la oportunidad de presentarles nuestro proyecto. Soy el coronel Lorenzo Lands y venimos de la colonia Cristalesfera que está a 156 millas náuticas de aquí. ¿No sé si la conocerán?

Esperó unos segundos, todos nos miramos pero ninguno había oído hablar de ella. Miro al chico que le acompañaba y él le devolvió un gesto de desazón. Así que como nadie respondió siguió hablando.
—Cristalesfera es un proyecto que se empezó a forjarse hace diez años y desde hace tres se convirtió en una realidad. Es una colonia escuela donde se cursan estudios equivalentes a una carrera universitaria. No es una carrera específica sino que englobaba ámbitos muy distintos, como son geología, biocultivos, botánica, zoología, arquitectura, mecánica, piloto de submarinos y vehículos,... — enumeró un sinfín de actividades más. — A partir del cuarto año, en función de un exámen de aptitud, se especializarán en la que estuvieran más cualificados. —hasta este momento había bastantes interesados en el tema. —Ahora es cuando os estaréis preguntado ¿para que los preparamos? La respuesta es para la Misión Terranáuta. ¿Supongo que no habréis oído hablar de ella?

Esta vez ni siquiera espero respuesta.
—Como saben hace ahora trescientos cincuenta años que nuestros antepasados se vieron obligados a abandonar tierra firme para sobrevivir, construyendo las diecisiete colonias. Y la especie humana sobrevivió a la era glaciar y a las posteriores guerras alrededor del mundo que la precedieron. Pero nuestras colonias se están quedado pequeñas y en pocos años comenzaremos a tener problemas de espacio. Nuestro proyecto consiste en formar a un grupo de militares con los conocimientos necesarios para volver a tierra firme y estudiar las probabilidades de supervivencia. Los primeros terranautas, se encargarán de traer hasta nuestras colonias, todo lo que nos pueda resultar de utilidad. Después nuestro proyecto de futuro consistirá en crear la primera colonia en tierra firme y estudiar si la vida en tierra firme es viable. Si lo es, refundaremos las ciudades.

Hizo una pausa para contemplar nuestra incredulidad. Algunos se miraban como pensando que estaban locos, que era una misión suicida. Solo unos pocos, estábamos interesados en conocer más detalles.
—Este año reclutaremos a un grupo de veinticinco estudiantes, al final del primer curso permanecerán los quince alumnos más aptos para la misión. Divididos en dos grupos: científicos y médicos por un lado y pilotos y seguridad por otro. Buscamos jóvenes aventureros con intereses en ciencias y tecnología.
—Viene conmigo el cadete de segundo año, Uriel Ríos. Es experto en pilotaje de submarinos y vehículos terrestres y en técnicas de combate.

Uriel Ríos tendría unos veinte años, era alto y con cuerpo atlético. Todos dirigimos la mirada hacia él. Él nos miró, con gran aplomo, como aquellos que se sienten orgullosos de lo que hacen y presumen de ello. ¿Algún día conseguiré yo alcanzar ese tipo de seguridad? El chico se dispuso a hablar.
—Estoy aquí para hablaros de mis dos primeros años en la colonia Cristalesfera. Este es mi segundo curso en la academia, he estado cursando ciencias, tecnologías, mecánica, pilotaje y técnicas de combate. Puedo aseguraros que no me he arrepentido en ningún momento de la decisión que tome, abandoné mi hogar, mis amigos para unirme a este gran proyecto. Y ha sido la mejor decisión que he tomado en mi vida. En Cristalesfera he encontrado una profesión que me apasiona. Allí somos todos una gran familia, que nos apoyamos y nos ayudamos unos a otros. Los intrépidos que se nos unan, no se arrepentirán, os lo aseguro.

Miré de reojo al comandante que miraba entusiasmado al cadete, pero no pude desviar del todo mis ojos de él. Había algo en él que me cautivaba y me intimidaba a la vez. No sabría decir lo que era. Nunca antes me había sentido así.

Volvió a hablar el comandante.
—Durante una semana Uriel estará en la colonia, a vuestra disposición para aclarar dudas y contaros lo que queráis saber. Los interesados tenéis hasta el lunes, para inscribiros. Uriel os indicará como hacerlo, después estudiaremos vuestros expedientes y si pasáis la primera criba pasaréis unas pruebas físicas. Y los veinticincos más aptos nos veremos las caras en septiembre.

¿Qué decidirá la protagonista? ¿Tendrá alguna oportunidad de entrar a formar parte de esta escuela? ¿Algún día llegará a convertirse en terranauta? Dejarme vuestros comentarios y si os ha gustado dejarme una estrellita.
Y nos vemos en el siguiente capítulo.

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