2. Arroz

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Cada paso era más tortuoso que el anterior desde que sus dedos comenzaran a entumecerse por el frío, dificultando el movimiento. Dalia se sabía a puertas de la muerte, y su mente viajaba a tiempos mejores junto a su familia, en el calor y monotonía de su hogar. Las memorias de su madre Filipa, de sus hermanos Miguel, León, Adela, Pedro, Mariana, Fernando, Lurdes, Ricardo, Esteban y Estela, se arremolinaban en su cabeza. En su memoria, las disputas familiares se revolvían con las bromas, tornándose indistinguibles unas de otras; todos eran buenos tiempos ahora que sus horas se reducían.

Dalia era la quinta de once hijos. El supervisor había dicho en referencia a ella 'Dos machos y dos hembras mayores, además otros cinco menores' cuando la sirviente llegó a su casa, sin contar la criatura que dormía en el vientre de su madre, un hermano que ella jamás conocería.

Se culpaba de las expectativas que su primer y tardío sangrado levantaron en ella. Soñó por largos días con la vida como humana de cría, movida por el inquebrantable deseo de permanecer cerca a su familia, al igual que su hermana mayor. Dalia ambicionaba su propia casa y sus propios hijos; para una mujer nada podía compararse en la vida con ser una fecunda matriarca como su madre. Pero ahora ya no importaba, nunca sabría si tenía buena o mala sangre para la cría, si era fecunda o infértil. Sus sueños de maternidad y liderazgo morirían con ella.

Temblaba como un perro mojado, el frío y el miedo se mezclaban para hacerla tiritar hasta los huesos. Temía a la muerte, al dolor y a un nuevo marcado. Resbaló los dedos sobre la cicatriz en el reverso de su muñeca y sintió las pequeñas elevaciones de su marca de propiedad. Ella pertenecía a las plantaciones Plantagenet, y esa era prueba de ello. Las solas memorias del marcado, le producían retorcijones, no podía imaginar un dolor mayor a ese, anticipaba con desolación las horas venideras.

Dalia, así como todos en la plantación, conocía el nombre de su dueño, aun cuando jamás le habían visto, ni a él ni a ningún amo. Ellos solo vivían en su imaginación, como monstruos de afilados dientes y profundos ojos rojos, señores de las oscuridad y de los hombres. Había cierta dignidad en la imagen que Dalia proyectaba en su mente, una dignidad sobrenatural.

Ella se sabía alimento, un alimento tan común para los amos como lo había sido para ella el arroz. 

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