El último retrato de la señorita Blackthorne

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William caminaba con dificultad por el empedrado, resbaladizo por el verdín que crecía bajo la penumbra perpetua de esa zona de la ciudad. El aire olía a leña quemada: el fuego intentaba espantar una humedad que lo impregnaba todo. En invierno, el frío y la humedad eran más generosos que el pan entre los pobres; nunca faltaban.

Heredó el estudio de fotografía de su tío, un hombre hosco y enjuto, que prefería pasar hambre cinco días a la semana antes que gastar un chelín innecesario. Excepto en lo que respectaba al estudio: en eso no escatimaba. Adquiría las mejores lentes que podía pagar, encargaba trípodes a medida y seguía con devoción cada nuevo adelanto del oficio.

Empezó como aprendiz siendo apenas un crío, y al principio odiaba el trabajo: le parecía lento, tedioso, desesperante. Para hacer un retrato decente había que esperar demasiado, y al final, muchos clientes ponían cara de decepción cuando su imagen salía borrosa. William sabía que era culpa de ellos, por no quedarse quietos, pero su tío no le permitía decirlo en voz alta.

—Los clientes son el tesoro más valioso de cualquier negocio, Will. Nunca debes hacerles ver que la culpa es suya, porque no te pagarán y jamás volverán. Ni ellos, ni sus amigos, ni sus muertos.

Le costó años pensar como su tío, pero al final lo logró.

El viejo Elmer, único fotógrafo en cien kilómetros a la redonda, acabó encariñándose con su sobrino. William llegó al estudio con nueve años, poco después de quedarse huérfano, y el taller se convirtió en su hogar. Elmer nunca fue un hombre cálido —más bien lo contrario— pero terminó haciendo el papel de padre, aunque sin abrazos ni palabras dulces. William lo entendía. Lo quería igual.

Fue pocos meses después de cumplir trece años cuando Elmer, sin previo aviso, lo condujo al laboratorio fotográfico de la trastienda. Hasta entonces, aquel cuarto había sido territorio prohibido: su mundo era la tienda, donde limpiaba, ordenaba y atendía a los clientes como un autómata obediente. La trastienda, en cambio, tenía otro aire. Otro silencio.

La trastienda estaba sumida en la penumbra, sin ventanas, y el aire denso olía a productos químicos. Placas, papeles y frascos se amontonaban en estantes y mesas como si nadie los hubiera tocado en años. El desorden era tal que Will creyó, con resignación, que tendría que empezar a limpiar también ese caos. Pero su tío tenía otros planes.

Elmer se acomodó en un taburete y, sin decir una palabra, tomó una maleta vieja, con las esquinas despellejadas y el asa descolorida. Le bastó una mirada para que Will se sentara a su lado y guardara silencio.

—Will —dijo con voz grave, mientras abría la maleta—, ha llegado el momento. Ya no eres un aprendiz. Desde hoy, eres fotógrafo.

Will no estaba convencido. Dudaba que las cosas cambiaran realmente, por mucho que su tío dijera lo contrario. Pero no tuvo tiempo para pensar: Elmer abrió la maleta. Un olor denso a productos químicos escapó al aire, y la bisagra chirrió como una advertencia. Dentro, cuidadosamente ordenadas, había docenas de placas de cristal. Escenas familiares, retratos sin pretensiones... o eso parecía. Algo no encajaba.

—Coge una, muchacho.

William tomó una de las placas con cautela. La observó un momento, luego levantó la vista y se encontró con los ojos de su tío.

—¿Qué te parece?

—¿La foto? No sé... son dos niñas. Nada raro.

—Te hacía más espabilado, chico. Mírala bien.

—Son las hijas de Hebert Miles. Una de ellas murió el año pasado, de fiebres.

—Cierto.

—¿Qué quiere que vea?

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