PRIMER ACTO

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El sol hacía horas que se había apagado y la aldea descansaba en el silencio más absoluto de la noche. La oscuridad campaba a sus anchas a excepción del porche de los Black, en el cual el viejo Sethgood hacía guardia mientras sujetada firmemente un par de velas que iba recambiando según se consumían. Eran tiempos oscuros y el mal podía presentarse en la peor de sus formas, y dormir era algo de lo que muy poca gente podía disfrutar.

En aquel momento el hombre estaba enfrentándose a la negrura que había a su alrededor, una vieja enemiga que había acabado por convertirlo en el hombre que era, dispuesto a defender a su familia de cualquier ataque de los Indios a pesar de su ceguera y de su cuerpo ya inútil y marchito. Enfrentarse a la noche constantemente acabó por convertirlo en un hombre sin miedo, y los hombres sin miedo eran los únicos que podían permitirse no dormir.

Aquella era la décima noche tras el ataque ocurrido más al norte. Muchas familias fueron atacadas de forma hostil en mitad de la noche y prácticamente nadie pudo evitar la masacre, así que James Sethgood tenía bien claro que ellos podían ser los siguientes debido a la cercanía entre ambas aldeas. En un intento desesperado de sentirse útil decidió permanecer en el porche de la vivienda de su hija para poder alertar a ella y su familia de cualquier movimiento o sonido que pudiese suponer una amenaza, y así poder huir de los hombres de tez oscura antes de que les dieran caza.

James sujetaba las velas encendidas no para facilitar su propia visión que era prácticamente nula, si no para ser visto desde lejos. Si los indígenas se atrevían a atacar tenían que tener presente que había alguien despierto capaz de alertar al resto, y atacar a una aldea despierta significaba la derrota aplastante de los Indios frente al pueblo de Salem.

Hacía bastante frio y todo estaba en silencio. El viejo Sethgood aguantaba con la valentía propia de un hombre la brutal pisada del sueño y sus parpados se mantuvieron impasibles sin cerrarse ni por un instante. Notó un escalofrió breve que lo alertó, y enderezó su figura que por un breve lapso de tiempo se había relajado. Escuchó a su alrededor intentando buscar algo que identificar en señal de alarma; Una pisada. Una respiración lejana. El crujir de alguna rama... Pero lo que escuchó no fue nada sutil.

El grito desgarró la mudez de la escena y James Sethgood se levantó con el corazón al borde del colapso. Rápidamente bajó de la planta superior su hija Helena y el marido de esta, Cora Black, y tras ellos la pequeña Elisea de apenas cuatro años de edad que se rascaba los ojos hinchados por el sueño.

— ¿Qué ha sido eso? — preguntó la mujer, mientras recogía una de las velas sin prender de la enorme pila que había en el suelo y la encendía gracias a las candentes mechas que sujetaba su padre.

— Un grito... — dijo él, intentando agudizar el oído.

Cora Black dio varios pasos al frente y se posicionó lo más alejado posible de la puerta principal pero sin descender los escalones hasta el jardín. No vio nada, pero de nuevo se escuchó un grito ensordecedor que llegaba desde la vivienda de sus vecinos los Rosemary. En aquel instante Helena salió corriendo dirección a la impávida noche y cruzó la oscuridad hasta llegar frente al portal de sus iguales, y golpeó la puerta fuertemente para conocer el motivo de que se produjeran aquellos chillidos en mitad de la madrugada.

Abrió la puerta Ramsey Rosemary, cuya silueta se dejó escapar tras el umbral y recibió a sus invitados con una sonrisa extraña dibujada en sus labios. Estaba sudando, y a juzgar por la escasa claridad con la que pronunció sus siguientes palabras Helena detectó también nerviosismo en su vecino.

— Hola... Buenas no-noches, ¿qu-qué hacen aquí señor y se-señora Black? — saludó Ramsey mientras se abrochaba la camisa de algodón.

— Hemos escuchado gritos, ¿va todo bien?

— Oh, sí, perdonen, es mi hija. Sufre de un terrible dolor de estómago... — se excusó Ramsey conteniendo la mirada a Helena. — le di hace unos instantes un pañuelo para que ahogara sus gritos...

— ¿Quiere que hagamos llamar un médico? Esos chillidos no son en absoluto normales...

— No, no hace falta, señora Black. Tenemos todo bajo control... Espero que no se alerten si escuchan algo extraño en las cercanías a mi hogar, hasta que mi hija no supere la enfermedad los dolores continuarán y ella no podrá evitar quejarse...

— Disculpe nuestra intrusión, señor Rosemary, le aseguro que mi esposa tan solo quería ayudar... — dijo Cora agarrando firmemente del brazo a su mujer y alejándose del porche ajeno dirección a casa. — Espero que su hija mejore, buenas noches.

— Buenas noches señor y señora Black, que duerman bien. — se despidió Ramsey mientras se ocultaba de nuevo al interior de la oscura vivienda.

Sintió la adrenalina recorrer su cuerpo como un estímulo extraño que no supo identificar. Se secó la frente y respiró profundamente mientras los Black se alejaban por el jardín, y cuando ya estuvieron lejos Ramsey subió las escaleras hasta la habitación de su pequeña hija Loine. Una vela descansaba entre las manos de su esposa y la ligera llama encendida producía una tenue luz que iluminaba la habitación. Los pasos del señor Rosemary se dirigieron hasta uno de los extremos opuestos a la puerta por la que acababa de entrar, donde una niña pequeña yacía en su lecho totalmente amordazada, convulsionando y moviéndose de manera hiperactiva. Su padre la observaba temeroso, él mismo la había atado con aquellas cadenas de cuerda. Se acercó a su hija lentamente hasta tenerla lo suficientemente cerca como para poder acariciar su rostro. Los ojos de la infante se depositaron en los de su padre y pareció tranquilizarse, pero instantes después volvió a intentar gritar. Mordía las telas que se hundían en su boca a la fuerza y forcejeaba agresivamente para liberarse de las mordazas que la mantenían inmóvil.

— Hija mía... — susurró Ramsey con tristeza. — Hija mía tienes que parar...

Pero la niña no paraba, presa de una rabieta innecesaria y del todo ilógica. Lloraba desconsoladamente y si no hubiese sido por que estaba atada de pies y manos seguramente se hubiese arañado el rostro o golpeado a sí misma.

— Hija mía has de parar ya... — volvió a insistir el padre con el corazón encogido.

— Es una bruja... — se escuchó detrás.

La señora Rosemary permanecía inmóvil al otro lado de la habitación con el rostro compungido, tenía la mirada a rebosar de lágrimas y agarraba con su mano desocupada un rosario que colgaba de su cuello.

— No digas esas cosas, mujer. ¡Nuestra hija está enferma!

— No, esposo... — susurró apenada. — Mírala detenidamente... Nuestra hija es una bruja...

LAS CADENAS DE LOINE¡Lee esta historia GRATIS!