Capítulo 4.

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La mesa estaba puesta con total dedicación. Debby se ocupó de que todo quedara perfecto: la pasta, la salsa, el queso y la ensalada; hasta la posición de los cubiertos y servilletas parecían estar calculadas. Esa había sido su especialidad durante muchos años, organizaba fiestas privadas, reuniones de negocios y cenas especiales junto a su amiga Jimena. Pero después de lo ocurrido, perdió a sus mejores clientes. Ahora, su empresa estaba sentenciada a la quiebra.

Respiró hondo para apartar los malos recuerdos, podía escuchar los pasos de Zack que se aproximaban al comedor. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero esperaba que el hombre no lo notara. Al alzar el rostro sintió un ramalazo en el vientre. Se había afeitado la barba, podía notar su rostro de mandíbula cuadrada, labios carnosos y nariz ancha. Pudo detallar, incluso, el color de sus ojos. Eran de un marrón oscuro, moteado de verde, que parecían agotados y furiosos.

En dos zancadas atravesó la cocina, estaba vestido con su habitual jeans y una camisa de cuadros, con las mangas arremangadas en los brazos. El cabello negro lo tenía húmedo, algunos mechones le caían en la frente, sobre el ceño fruncido.

Ella se aclaró la garganta mientras alisaba, con disimulo, sus cabellos. Sentía que no se había vestido acorde a la ocasión, su blusa abotonada, pantalón capri y sandalias bajas, la hacían sentirse sosa.

Zack se detuvo frente a la mesa, con las manos guardadas en los bolsillos, y la observó como si estuviera evaluando un auto. Ella comenzó a ponerse nerviosa, no sabía si le gustaba lo que había preparado. Le señaló la silla donde él se sentaría, para indicarle que tomara su puesto, pero Zackno se movió hasta que ella no se ubicara primero. Debby respiró hondo y se sentó con movimientos toscos. Comenzaba a odiar la estúpida actitud del sujeto.

—Espero no sea alérgico a alguno de los alimentos —le escupió. No podía disimular su incomodidad.

Él pareció mascullar algo mientras se sentaba, pero ella no pudo escuchar nada. Se mantuvieron en silencio durante toda la comida. Debby lo observaba, de vez en cuando, buscando un tema de conversación. Zack la ignoraba por completo, comía como si estuviera solo en la casa.

—Encendí el televisor, pero la señal es muy débil. —Lanzó las palabras al aire para ver si alguien las atajaba.

—La antena está movida —comentó él sin mirarla a los ojos.

La comida continuó como si nadie hubiera hablado. Debby estaba a punto de perder la paciencia.

—¿Cómo puedo arreglarla?

Él alzó la vista por unos segundos. Su mirada parecía ser de sorpresa. Quizás, pensaba que ella no era capaz de hacer una labor como esa.

—Tiene que subir al ático y sacar medio cuerpo por una de las ventanas del lateral derecho. A menos de un metro, está la antena que mira en dirección a la montaña, debe dirigirla hacia el lago.

Después de decir aquello volvió a quedar en silencio. Debby se rindió. Era imposible mantener una conversación con ese hombre. Se concentró en terminar su cena, con una amarga sensación de dejàvu en el pecho. Así solían ser las comidas en su casa, aunque en la mayoría de las ocasiones, estaba sola.

Los ojos volvieron a inundársele de lágrimas. Aceptó por tres años esa costumbre para no empeorar la situación. No quería ser una esposa irritante, que no le daba descanso al marido en ningún momento. Ahora, se daba cuenta que aquel comportamiento digno no le había dejado nada. Se quitó la servilleta del regazo, la lanzó sobre la mesa y miró decidida a Zack.

—¿En qué trabaja?

Él la observó con los ojos abiertos como platos. Quedó inmóvil en la mesa, por su repentina reacción.

—Soy guía de senderismo en el Solbakken Resort.

Debby quedó sorprendida al recibir una respuesta sincera, y no un reclamo por su comportamiento fuera de lugar. Eso la dejó muda.

Zack esperó inmóvil a que ella continuara el interrogatorio, pero su rostro triste y sus ojos llenos de lágrimas, le confirmaron que la mujer estaba nuevamente, sumida en su pesar. Dejó los cubiertos en la mesa y se levantó con lentitud.

—Son para usted.

Ella tuvo que salir de su melancolía para observarlo confundida.

—¿Qué?

—Los chocolates. Son para usted —le aseguró Zack y se retiró a su habitación.

Debby se quedó allí, mirando cómo se alejaba, con los ojos brillantes, pero con un sentimiento de alivio recorriéndole el pecho.

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora