Capítulo 3.

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Debby observaba, asomada por una rendija en la ventana, como se alejaba Zack.

Después de amenazarla, el hombre terminó de vestirse, se tomó de un trago su café y comió un par de trozos de pizza antes de marcharse. No le dijo nada al salir de la cabaña, solo le dedicó una mirada tosca mientras tomaba su morral colgado junto a la puerta de la cocina, que daba al exterior, y se colocaba su desgastada gorra.

Ella se mantuvo en silencio, junto a la encimera, y con los brazos cruzados en el pecho, hasta que él cerró la puerta. Esperó unos minutos antes de correr a la ventana, para asegurarse de que en realidad, se iba.

Al quedar sola, se derrumbó en uno de los sillones de la sala de estar. El polvo voló a su alrededor cuando su peso cayó en el mueble y le produjo tos. Miró acongojada el lugar, que estaba hundido en la suciedad y las sombras, tan abandonado como ella. No pudo evitar que de nuevo, sus ojos se llenaran de lágrimas y su mente se atormentara con amargos recuerdos.

Minutos después, cuando la sensación de hambre superó a la pena, se levantó del sillón y se dirigió al refrigerador. Adentro, solo había sobras, algunas tenían mal olor, otras, mal aspecto. Se atrevió a tomar un par de trozos de la pizza y se sirvió los restos del café que había dejado en la cafetera. Comió de pie, en la encimera, con la mirada fija en la pared de piedra. No tenía la más mínima idea de lo que tenía o quería hacer.

No podía quedarse allí. No había logrado una buena relación con el cuidador de la cabaña, pero no tenía a dónde ir. No estaba dispuesta a volver a su casa, ni tenía fuerzas para buscar otro refugio. Zack, al menos, no la había corrido. Solo le exigió que fuera más cortés, aunque, el verdadero desagradable y falto de modalesallí, fue él.

Debby respiró hondo y arrugó el ceño. ¿Qué le había pasado a su vida? Unos días atrás, disfrutaba de la estabilidad que aportaban un negocio propio, una casa y un matrimonio. Ahora, no tenía nada, la despojaron de todo, y para completar, el sitio que eligió para expulsar sus penas, estaba invadido por un ogro antipático y prepotente.

Golpeó la encimera con un puño y se encaminó con paso decidido a la segunda habitación que estaba abierta en la cabaña. No se marcharía, Zack tendría que acostumbrarse a su presencia, el tiempo que fuera necesario mientras elucubraba un plan para recuperar sus pertenencias y su dignidad.

Se introdujo en el cuarto, apartó la cortina para permitir la entrada de los rayos del sol y comenzó a limpiar y a ordenar. Ese espacio, a diferencia de la habitación principal, no tenía una cama de dos plazas, sino dos de una, colocadas a cada costado. En medio, una mesa de centro estaba ubicada bajo una ventana. Y varios jarrones, sillas individuales y otras mesas, las habían arrumado en los alrededores. Ella sacó todos esos objetos al pasillo, para luego, conseguirles un lugar.

Pasó toda la mañana en esa habitación y parte de la tarde, limpiando la cocina. El trabajo la ayudó a mantener la mente ocupada y alejarse de los malos recuerdos. Trasladó los cinco jarrones que estaban guardados en el dormitorio a la sala de estar, pero uno de ellos —un recipiente de cristal, largo y delgado, repleto de canicas de vidrio—, resbaló de la mesa y se hizo añicos en el suelo.

—Maldita sea —murmuró Debby. Estaba ansiosa por darse un baño antes de preparar la cena, pero ahora, debía recoger las estúpidas canicas. Con rapidez, barrió los fragmentos del jarrón y guardó las piedras en una caja de zapatos. Se agachó para sacar algunas que habían caído bajo uno de los sillones, justo en el momento en que tres de ellas pasaron por su lado en dirección al pasillo de las habitaciones.

Ella las miró confundida, hasta que se detuvieron cerca de la puerta que nunca había podido abrir. Sin modificar su posición, comenzó a evaluar la cabaña. La única manera de que las piedras rodaran era que alguien las moviera, pero estaba sola. Aunque las ventanas se encontraban abiertas la brisa era suave. Se levantó del suelo, sin dejar de otear los alrededores. De pronto, la puerta trasera se abrió, y Debbyno pudo evitar gritar y agitar la caja por su sobresalto. Varias canicas volvieron a caer al suelo.

—¿Está loca? —preguntó Zack parado inmóvil en la puerta.

Colocó la caja sobre una mesa y se frotó el pecho, mientras intentaba controlar su respiración.

—Me asustó.

Él entró mascullando palabras, o quizás, maldiciones, y dejó sobre la encimera una bolsa de papel llena de comestibles.

—¿Desocupó mi habitación? —le preguntó con brusquedad. Debby le asintió con la cabeza, aún, con los nervios de punta.

Zack dejó su morral sobre otra encimera y repasó la cocina. Ella esperaba que dijera alguna palabra de agradecimiento, o tal vez, de ánimo. Sin embargo, no dijo nada, se dirigió al refrigerador y al abrirlo, su rostro volvió a tornarse iracundo.

—¿Qué le pasó a mi comida?

—Mucha de ella estaba en mal estado. —Él la fulminó con la mirada—. La boté —le confesó con soberbia y levantó el mentón para demostrarle que no le importaba su opinión. Pero Zack, solo cerró el refrigerador y comenzó a caminar hacia su habitación, con el rostro crispado.

Debby respiró hondo y antes de que se encerrara en su cuarto, quiso proponerle una tregua. Al fin y al cabo, él había comprado los víveres.

—Lo invito a cenar.

Se detuvo en el pasillo, de espaldas a ella, parecía considerar su invitación.

Debby lo observó asentir y luego, se marchó. A su paso, pateó las canicas que se habían detenido frente a la puerta sellada. Ella no apartó la mirada de él hasta que entró en el dormitorio, finalmente, se acercó para revisar el contenido del paquete. Halló latas de salsa, pasta y algunos vegetales, pero en el fondo, se encontraba una pequeña caja de chocolates.

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora