El Vidrio que se Desvaneció [Editado]

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~Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas~

El señor Dursley se veía enfermo, pero tal vez es por el hecho de no dormir, y todo por unas cartas...

Una semana atrás...

Habían pasado diez años aproximadamente desde el día en que los Dursley se encontraron con sus sobrinos en la puerta de la entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores, pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño, y en aquel momento
las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, peleando con su peliroja hermana, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí vivieran
otros niños.

Sin embargo, Harry y Kelsey Potter estaban todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.

-¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!

Harry se despertó con un sobresalto; pero no parecía que Kelsey se despertara. Su tía llamó otra vez a la puerta.

-¡Arriba! -chilló de nuevo.

Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto quevolaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.

Su tía volvió a la puerta.

-¿Ya están levantado? -quiso saber.

-Casi -respondió Harry

-Bueno, dense prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejarque se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.

Harry gimió.

-¿Qué has dicho? -gritó con ira desde el otro lado de la puerta.

-Nada, nada...

El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo? Harry se
levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso. Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormían él y su hermana.

Trató de despertarla, pero eso era casi imposible.

Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba
muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto. El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry, pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.

Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.
Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante. Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La
única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago. La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era
cómo se la había hecho.

Lyra Dursley [Libro 1] [Terminado] [Editando]¡Lee esta historia GRATIS!