El caos de El grito

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Sayri_Mc

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Sayri_Mc

Mi ser se difuminó en el cuadro de "El Grito", y en un instante me encontré sumergido en un mundo onírico y caótico. Como si hubiera sido arrebatado por un remolino de tonalidades y percepciones, una amalgama de gritos silenciosos y disonancias en las figuras. La zarigüeya habitaba en algún rincón de ese desorden, y por lo tanto, me interné en su seno.

Con el órgano que late a un ritmo acelerado, mis ojos observaban con atención cada fracción de ese escenario ignoto. Los pigmentos eran un festival de tonalidades refulgentes que danzaban al compás de una brisa imaginaria, mientras las formas se contorsionaban en una danza desordenada que amenazaba con engullirme. Los susurros se entrelazaban en una sinfonía misteriosa y estruendosa, una sinfonía que mi alma no podía aprehender.

Con cada andadura que adelantaba, el sustrato temblaba bajo mis plantas y se despedazaba en fragmentos inverosímiles. Y a pesar del riesgo que acechaba con cada pisada, mi alma estaba resuelta a encontrar a la zarigüeya que vine a buscar. La contemplaba en la lejanía, oculta tras los jirones de un velo irisado, y mi anatomía se movía con una intención propia para acercarme a ella.

Caminé por un camino serpenteante que se retorcía entre formas contorsionadas, cada vez más cercano al marsupial. Las imágenes en la pintura parecían cobrar vida, susurrando cosas inquietantes y arrojando miradas gélidas e inquisitivas en mi dirección. El cuadro parecía tener un alma propia, y yo, como si fuese una mosca atrapada en su tela, me encontraba hechizado por su embrujo.

La atmósfera se tornó sombría, impregnada de un aura oscura que hacía estremecer mi espíritu. Los colores, anteriormente vivaces y alegres, se transmutaron en tonalidades lúgubres y siniestras.

A mi derredor, las sombras se agitaban, tomando vida propia, danzando en torno a mi como si quisieran arrastrarme hacia su negrura. Me encontraba extraviado en un cosmos de pesadumbre, donde la certeza y la fantasía se confundían, y el tiempo parecía petrificado.

Al fin, arribé al meollo del cuadro, allí donde la zarigüeya yacía. Parecía presa de un miedo inenarrable, y sus menudos ojos negros se fijaron en mí con anhelo mientras forcejeaba por liberarse de las garras de una figura grotesca y desfigurada que intentaba capturarla. Tan tenebroso era aquel ente, que parecía más una criatura sacada de los más oscuros ensueños que un ser humano corriente. La zarigüeya, por su parte, temblaba de manera espasmódica, su pelaje erizado como si un viento polar la hubiera traspasado, mientras el ser malformado se acercaba, sus dedos en garra alargándose como tentáculos para atrapar a su presa.

Sin meditarlo, afronté la figura, combatiendo por liberar a la zarigüeya. Pero la sombra resultó excesivamente recia para mí, y me envolvió en un velo de temores. Guardé en mi mente cómo se desvanecía en el caos la pintura, y por un momento, concebí haberme extraviado en perpetuidad.

El caos interno que me apresó fue de tal magnitud, que los pensamientos se entrecruzaban como espadas en justa medieval, y cada sensación era más aterradora que la anterior. El temor se apoderó de mi espíritu, y la incertidumbre, como un huracán desatado, sacudió mi alma.

No obstante, el marsupial entonó un extraño himno, una balada de libertad y anhelo que acogió mi alma en la búsqueda del camino de retorno a la veracidad. Su voz me amparó cual bálsamo sagrado en las brumosas llanuras del desconcierto, y paulatinamente empecé a desasirme de la pintura. Al fin, tras ardua faena, logré redimir al animal y emergí de la obra pictórica, extenuado y aturullado, cual peregrino extraviado que retorna de una azarosa travesía.

Las sombras se congregaban al caer de la noche y el fulgor de la luna prodigaba su místico resplandor. La zarigüeya, con su mirar centelleante, me observaba en silencio con el corazón colmado de gratitud. Así nació nuestra alianza, sellada por el destino en esa fría noche otoñal.

No quedaba más artilugio ni engaño, la veracidad había emergido cual fénix de entre las cenizas. Empero, una interrogante pavorosa aun rondaba mis cavilaciones: la libertad de la zarigüeya, ¿era acaso real, o tan solo otro espejismo fraguado por mi atribulada mente? La duda se abría paso en mi pecho cual dolorosa espina.


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