Capítulo 2.

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Abrió los ojos al sentir un ardor en el rostro. Algunos rayos de sol se colaban por las rendijas de la gruesa cortina, anunciando la mañana.

Se levantó con dificultad. Se sentía débil, los huesos y el corazón le dolían en igual proporción. Sentada en el borde de la cama se frotó la cara con las manos, para despejarse la visión. Tenía los pómulos hinchados, los ojos enrojecidos y los cabellos enmarañados.

Dio un repaso a la habitación donde se encontraba. El cuarto, a pesar del polvo, era hermoso. La cama estaba ubicada en el centro, cubierta por finos edredones. No tenía cabecero, solo un vistoso cuadro de marco dorado, que mostraba un bosque vivo. A los lados, estaban ubicadas dos ventanas alargadas; y en un costado, una mesita de madera clara sostenía la lámpara de aceite, pero la caja de cerillas había desaparecido.

El movimiento de una sombra la obligó a girar el rostro y mirar con recelo hacia el baño, ubicado frente a la cama y junto a un gran armario de madera. Podía jurar que alguien había entrado. La puerta se encontraba abierta y la luz del interior estaba encendida. Cuando llegó en la noche, la oscuridad era total. Ni siquiera había verificado si la casa tenía energía eléctrica.

Se asomó con sigilo, pero no había nadie. El baño estaba limpio, tanto el aseo como la ducha/bañera. Regresó a la habitación, se alisó los cabellos con los dedos y suspiró hondo. Antes de viajar de Mineápolis a Lutsen, Jimena le aseguró que aquel lugar estaba abandonado desde hacía dos años. Nadie iba, ni siquiera, a realizar mantenimiento. Pero era evidente que se había equivocado. O la residencia estaba tomada por invasores.

Abrió la puerta y salió al pasillo con precaución. El olor a café recién hecho le inundó las fosas nasales. Intentó agudizar la vista e identificar las sombras que se movían en el área de la cocina. La oscuridad se lo impedía.

Al llegar, divisó la espalda ancha de cintura estrecha de un hombre, que parecía manipular una cafetera eléctrica. Tenía el torso desnudo y unos pantalones vaqueros que le quedaban holgados, pero no podía detallar bien su anatomía, mucho menos, el color de sus cortos cabellos.

Con inseguridad, se aclaró la garganta mientras el sujeto se giraba hacia ella con una taza humeante en la mano. Su rostro anguloso, estaba invadido por una descuidada barba de tres días, y sus ojos, que parecían ser negros por la oscuridad, la observaron de pies a cabeza con indiferencia.

—Buenos días —expresó Debby con voz ronca. La garganta la tenía irritada de tanto llorar—. ¿Quién es usted?

El hombre bufó y sus labios se curvaron en una media sonrisa, dando a entender que reprobaba su indagación.

—¿No le parece que esa debería ser mi pregunta? —dijo y se acercó a ella como un felino, sin apartar la vista de su rostro— Aunque, mis palabras serían: ¿Qué demonios hace usted aquí?

Intimidada por el acecho del hombre, Debby retrocedió un paso, y pegó la espalda de la pared.

—Soy Deborah Adams y... me alquilaron esta casa —mintió.

El sujeto se detuvo a pocos metros de ella y apoyó una mano en la encimera de granito que dividía el área de cocina de la zona de estar.

—¿Se la alquilaron? —Inquirió poco convencido— ¿Jhon Kerrigan le alquiló esta casa?

Ella solo pudo afirmar con la cabeza, nerviosa por el escrutinio del hombre.

—¿Él, en persona, le entregó las llaves? —Debby se quedó muda e inmóvil. No iba a confesarle la verdad. El hombre volvió a emitir un bufido y dibujó de nuevo, una media sonrisa. Le dio la espalda y se dirigió al refrigerador, para sacar una vianda de aluminio.

Debby no sabía qué hacer, cruzó las manos en el pecho, pero luego, las bajó. Se acercó con timidez a la encimera y la puso como muro de contención entre ella y el desconfiado sujeto.

—Usted, ¿quién es?

El hombre le dedicó una mirada de pocos amigos, luego, se caminó a la mesa del comedor, se sentó en el único puesto que estaba libre de polvo, abrió la vianda y comenzó a comer con las manos lo que parecían ser trozos de pizza.

—Zack —le respondió con la boca llena de comida.

A Debby le molestó su falta de modales, apoyó una mano en la cintura y con los dedos de la otra, golpeaba la encimera.

—¿Zack, qué? Además, ¿qué hace aquí? Me notificaron que la casa estaba abandonada, así que, puedo considerarlo un invasor. Por tanto, debo advertir a las autoridades. —Se cruzó de brazos y levantó el mentón con altanería, mientras él la fulminaba con una mirada llena de advertencias.

—No es necesario, señora... Adams —expresó con reproche, sin apartar los ojos de ella—. Fui contratado por la señora Kerrigan para cuidar la casa, suelo quedarme aquí algunos días. Para que los vecinos piensen que está habitada.

—Podría limpiar un poco —le espetó, alzando las cejas—. Con solo ver el estado de la terraza uno puede notar los años de abandono que tiene la vivienda.

Zack lanzó en la vianda el trozo de pizza que tenía en la mano, dejó la taza humeante en la mesa y se levantó con una postura desafiante.

—¿Por qué no lo hace usted? A fin de cuentas, es la verdadera invasora. —Se acercó hasta quedar frente a ella. Apoyó las manos en la encimera y se inclinó, para aproximar su rostro al de ella—. Es imposible que Jhon Kerrigan le haya entregado las llaves, es una mentirosa. No sé de dónde las sacó, pero estoy seguro que los dueños no están al tanto de su visita. Si no quiere que la denuncie, entonces, muéstrese más cortés.

Después de decir aquello, se marchó hacia las habitaciones. Y la dejó ahí, temblando de ira.

Por una maldición del destino estaba reviviendo lo ocurrido el día anterior. De nuevo, le escupían en la cara su triste posición en la vida. El corazón se le achicó en un puño y las lágrimas volvieron a invadirla, pero ya estaba harta de llorar, de rendirse y, sobre todo, de escapar.  

Los secretos del corazón (Borrador completo)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora