Once años después, el Mundo Mágico había cambiado demasiado. El Ministerio de Magia era fuerte. Las leyes eran respetadas y nada ni nadie amenazaba la estabilidad de los magos. Nadie temía salir de noche a las calles o enviar a los estudiantes a las escuelas mágicas. Sin embargo, el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas permanecía intacto en el tiempo. Era extraño. Debía de ser cosa de magia.
Neville Longbottom era un niño tímido y torpe. Era bajo de estatura y tenía una complexión delgada. Su pelo siempre estaba desordenado y habitualmente vestía con ropa desaliñada. Como muchos niños antes que él, su primer año en la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería estaba a punto de comenzar.
Al igual que cada verano transcurrido desde que Neville tenía recuerdos, iba con su abuela a visitar a sus padres al hospital. Aquel verano llegaba al final, y pronto debería recorrer el Callejón Diagon en busca de materiales para la escuela. Sin embargo, si algo tenía Neville claro, era que sus padres siempre serían lo primero.
Las yemas de los dedos le temblaron cuando accedió al ala de Permanencia del hospital. Su abuela Augusta le seguía con un ritmo pausado, vigilante, e imperioso. Neville llevaba todo el verano nervioso debido a que iba a comenzar sus estudios. No solía tener demasiado control sobre su cuerpo. No tenía amigos para contarle sus problemas e inquietudes.
Su abuela solía ser bastante dura en sus entrenamientos mágicos. Cuando era más pequeño, Augusta Longbottom pensaba que él era un squib, una persona no mágica nacida de un progenitor mago.
Hacer honor al nombre de la familia era el deber de Neville, eso le había quedado bien claro. Según su abuela, alcanzar el poder mágico de sus padres le resultaría imposible. Pero aquel no era el temor de Neville, su miedo era entrar en la escuela y que todo el mundo opinara de él lo mismo que su abuela.
—Buenos días, jovencito —saludó la sanadora Clearwater cuando le vio en el rellano de la puerta.
—Hola —dijo Neville, cuya atención estaba centrada en los dos pacientes que había en el interior de la habitación.
Frank Longbottom se encontraba de pie, observando a través de la ventana. Era imposible descubrir lo que ocurría en el interior de la mente de Frank, pero algo en el exterior parecía haber captado su atención.
Alice se encontraba sentada sobre su cama. Miraba hacia la blanca pared que tenía enfrente. La voz de su hijo fue como el despertador que es imposible no escuchar. Alice giró su rostro. Su mirada conectó con la de su hijo. Sonrió, y desvió su mirada hacia la vieja fotografía que tenía en la mesilla de noche. Un pequeño bebé jugaba con una varita sin dejar de reír.
—Hola, mamá —saludó Neville.
Alice no dijo nada. Miro a su hijo, y continuó sonriendo. Augusta Longbottom accedió a la habitación en aquel momento. Saludó a la sanadora y observó a su hijo y a su nuera. Su rostro era férreo y severo, pero su corazón se estremeció como cada vez que entraba en aquel lugar.
—¿Algún avance, sanadora? —preguntó.
—Seguimos descubriendo ápices de emociones —informó la sanadora—. Nada relevante respecto a su última visita.
—Muy bien —dijo Augusta—. Estaré en la cafetería Neville. Volveré en media hora.
Neville Longbottom ignoró a su abuela. Como si lo tuviera por costumbre, se sentó en la cama de su madre y apoyó su cabeza sobre el hombro de ella. Ningún músculo se tensó en el cuerpo de Alice. Ella solo se limitaba a sonreír. Frank seguía mirando por la ventana, sin percatarse de nada.
—Frank —llamó la sanadora—. ¿No saludas a tu hijo?
Frank no prestó atención. La sanadora Clearwater sonrió y fue en su busca. Le cogió del brazo con facilidad y le alejó de la ventana. Frank Longbottom no se resistió. Su recuperación era más lenta que la de su mujer. Sus avances eran inapreciables. Extraña era la ocasión en la que un sentimiento se reflejaba en su rostro. La sanadora le acercó a la cama y le ayudó a sentarse junto a su hijo.
—Hola, papá —dijo Neville.
Si lo escuchó, Frank no reaccionó. En cambio, sí que dirigió su mirada hacia la fotografía de la mesilla, y así se quedó durante media hora. Neville disfrutó del tiempo junto a sus padres, abriendo ranas de chocolate y comiendo chucherías. Alice probó unas cuantas, al contrario que Frank.
—Si no me equivoco, este año comienza sus estudios —dijo la sanadora al cabo de un rato.
—Sí, iré a Hogwarts —murmuró Neville, agachando la cabeza, recordando sus miedos.
—No debe preocuparse, joven. Hogwarts es la mejor escuela del mundo. Le irá bien.
—¿Cómo puede estar tan segura, sanadora Clearwater?
—Lo lleva en la sangre, señor Longbottom —sonrió ella—. Harry Potter destruyó a quien no debe ser nombrado, todo el mundo lo sabe, sí. Pero algunos dicen, que el alma del Señor Oscuro aún vaga por el mundo, reducida casi a la nada. Y fue gracias a sus padres, que los seguidores del Señor Tenebroso no consiguieron encontrar el paradero de su amo.
—Vaya... —dijo Neville.
—Parece sorprendido, señor Longbottom.
—Es que... —murmuró Neville observando a su madre, quien volvía a mirar fijamente a la pared que tenía en frente como si se encontrase sola en aquella habitación—. No lo sabía.
—Sus padres evitaron el retorno de la oscuridad...
—Dudo que alguien conozca esa historia en Hogwarts.
—Jovencito, ¿quién cree que me informó?
Neville no dijo nada, tan solo se deleitó observando el envoltorio de una chuchería que su madre le había entregado. El pequeño de los Longbottom guardaba en una caja todos los restos que su madre le entregaba cada vez que iba a verla. Era su peculiar manera de mantener abierto el vínculo. No entendía cómo, pero aquellos envoltorios conseguían reforzar el poder mágico que le unía con su madre.
—Gracias, mamá —dijo unos minutos después, cuando ella le entregó un segundo envoltorio.
Alice le observaba como si tuviera delante a uno de los fantasmas de la casa de Gryffindor. Neville vio la tímida sonrisa de su madre. Expresar ese tipo de emociones voluntarias era el mayor avance que habían logrado en once años. El jugo de nenúfar africano, mezclado con esencia de Belladona, una gota de Amortentia y eucalipto dorado del Amazonas, había dado resultados increíbles. La doctora Clearwater lo tenía claro, la Herbología era el futuro para la curación completa de sus padres.
—Neville, es hora de irnos —espetó Augusta Longbottom, quien había regresado de la cafetería. Su abuela vio los envoltorios y frunció ligeramente el ceño—. Tira eso, probablemente tu madre ya te dio suficientes para tapizar tu habitación.
Neville volvió a observar los regalos de su madre, y su corazón se aceleró.
—Sí, abuela —dijo.
Sin embargo, cuando Augusta dio media vuelta, Neville guardó los envoltorios como quien guarda su tesoro más preciado, con delicadeza, seguridad y suma protección.
Abandonó la habitación con una sonrisa. Sabía que no volvería a ver a sus padres en varios meses, pero ellos vivían en su corazón y estaban siempre a su lado.
—Adiós, mamá. Adiós, papá —dijo, aunque sabía que ellos no responderían, pero la sanadora Clearwater, tan adorable como siempre, lo hizo por ellos.
—Nos queda un largo camino, Neville —indicó Augusta mientras bajaban la gran escalera del hospital—. Aún tenemos que comprar tus libros, plumas, un caldero y el uniforme tradicional de la escuela.
—Y una mascota —añadió Neville.
—¿Mascota? Oh, ni hablar —gruñó su abuela—. Ya tienes a Trevor. He perdido la cuenta de la edad de ese sapo, pero estoy segura de que vivirá siete años más....
...FIN...
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Longbottom: La captura
FanfictionSi bien la valentía trágica de la familia Potter es ampliamente conocida en todo el Mundo Mágico, hay otra historia del mismo coraje que sigue sin contarse... hasta ahora. Esta es la historia de la confrontación de la familia Longbottom con el sirv...
