CAPÍTULO 5

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Las lágrimas le inundaban el rostro. El corazón le dolía. Su alma se desmembraba con el paso de los segundos. La oscuridad había caído sobre ella. Alice Longbottom no podía dejar de mirar a su marido, o lo que quedaba de él. Los ojos de Frank oteaban las vigas de aquel lugar en ruinas. El suave brillo que caracterizaba sus pupilas se había apagado para siempre. No se movía, apenas respiraba, y su magia se había ocultado del mundo.

Alice cayó de rodillas. Se arrastró hacia Frank, dejando un rastro de dolor a su paso. Ningún mortífago se lo impidió. Bellatrix reía bajo la sonrisa de sus aliados. Ominis Black se ocultaba en las sombras. Parecía esforzarse por mantener su corazón en la oscuridad.

—Frank... —llamó Alice, mientras cogía el rostro de su marido y atusaba su cabello.

Él la observó, pero no dijo nada. Alice intentó incorporarle sin éxito. Frank era un peso muerto, alguien sin identidad, sin motivo alguno para existir. Frank era el resultado del cenit de la maldición torturadora. Resistió, no reveló información alguna, y pagó el precio.

—Es tarde para él —indicó Bellatrix Lestrange—, pero no para ti. Puedes sobrevivir. Puedes regresar con tu hijo. Tan solo tienes que decirme lo que quiero saber. El Señor Tenebroso, ¿dónde está?.

—El mal nunca vencerá —murmuró Alice, con el corazón fijo en su marido.

—No existe el mal, tampoco el bien, solo existe el poder. Eres de sangre pura. No tengo por qué hacerte daño. Solo dime lo que quiero saber.

A pesar de la insistencia de la Bruja Negra, Alice Longbottom no volvió a articular una palabra. Era una Auror muy poderosa. Conocía bien la magia negra, la había combatido durante largo tiempo, y sabía lo que sucedería a continuación.

Cuando escuchó la voz de la mujer oscura pronunciando la maldición imperdonable, su ser se transportó al interior de la mente de Frank. Las chispas rojas golpearon su torso y la agonía comenzó. Alice se retorció en el suelo. Permaneció agarrada a la mano de Frank. Los gritos retumbaron en las paredes de hormigón y las vigas metálicas.

Cientos de recuerdos invadieron la mente de Alice. Caminaba por Hogwarts vestida con su túnica de estudiante. El león de la casa Gryffindor brillaba en su pecho. Volvía a ser una niña. Frank estaba allí. Llevaba el cabello castaño enmarañado como siempre. Ambos subían las escaleras de la torre de astronomía. Aquella noche volverían a ver las constelaciones.

Fue así como Alice se ocultó de su dolor. No había magia en el mundo más poderosa que el amor. Solo el amor podía derrotar a las maldiciones imperdonables. Alice fue torturada al igual que su marido. Ambos resistieron y pagaron el precio de la locura. La maldición Cruciatus cinceló sus entrañas. Su identidad desapareció.

Solo cuando su mirada fue dirigida hacia la nada, Bellatrix Lestrange concluyó el hechizo. Las chispas rojas se apagaron, y la penumbra regresó al abandonado lugar.

Se escuchó un sonido hueco. Barty Crouch se desapareció con rapidez. Ominis Black le siguió. Bellatrix observó a su alrededor. Parecía asustada. Algo estaba a punto de acontecer. Sentía una magia poderosa. Se acercaba veloz.

¡Expelliarmus! —exclamó una voz envejecida, pero férrea y muy poderosa—. ¡Reducto! ¡Immobulus!

La varita de Bellatrix Lestrange salió despedida y se perdió entre las piedras que invadían el desolado lugar. Rodolphus fue golpeado por el hechizo aturdidor y perdió el conocimiento. Rabastan quedó congelado.

—¡Dumbledore! —exclamó Bellatrix Lestrange, con una ola de temor que estrangulaba su fino cuello.

¡Incarcerous! —recitó Albus Dumbledore.

De su varita salieron dos cuerdas que apresaron a la Bruja Negra. Junto a Dumbledore aparecieron dos magos, dejando un haz de luz blanca en la zona. El más alto vestía con una túnica azulada y gozaba de una piel bronceada. El otro era más joven, y su rostro había sido mancillado con una gran cicatriz.

—Remus, Kingsley —llamó Albus Dumbledore—. Asegurad la zona.

Mientras los dos magos protegían el lugar y aferraban las cuerdas de los mortífagos, Dumbledore corrió hacia Frank y Alice Longbottom. Ambos permanecían tirados en el suelo, el uno al lado del otro, agarrados de la mano. Dumbledore cayó a su lado. Pocas veces las lágrimas habían ensombrecido la mirada del profesor, y aquella fue una de ellas.

—Alice —murmuró con la congoja y el dolor recorriendo sus venas, y agitando su respiración—, Frank.

El pecho le ardía como un fuego eterno. Su corazón sangraba. Había perdido a dos grandes amigos hacía unos meses, y acababa de fallar a otros dos.

—No, no, no. Por favor, por favor, no —suplicó, cerrando los ojos que habían sido regados por las lágrimas—. Toda la magia que hay en mi interior, tomadla.

Apoyó una mano en la frente de Frank y otra en la de Alice. Sintió una vibración extraña en las yemas de los dedos, pero nada sucedió, o eso es lo que Albus pensó.

Lo cierto era que ni siquiera el mago más poderoso del mundo pudo reparar los efectos de una maldición imperdonable. De nuevo, Albus Dumbledore no consiguió salvar a sus amigos, algo que le apenó durante el resto de su existencia. Sin embargo, tanto el legado de los Potter como el de los Longbottom había sobrevivido y, en aquel oscuro momento, se juró a sí mismo que protegería y ayudaría a esos dos niños hasta que su alma y su cuerpo fueran reducidos a polvo estelar.

Longbottom: La capturaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora